Por Laura Gutiérrez Franco
Mientras en las conferencias mañaneras la Presidenta Claudia Sheinbaum insiste en culpar a las administraciones del pasado por el deterioro de Petróleos Mexicanos, los datos duros desmienten el relato oficial. En los últimos siete años, la autollamada Cuarta Transformación prometió rescatar la soberanía energética y convertir a la empresa pública en el motor de la economía nacional; sin embargo, las cifras operativas y financieras demuestran que lo único que lograron fue precipitar su colapso, convirtiéndola en la petrolera más endeudada del planeta y en una pesadilla fiscal para los contribuyentes.
Los resultados recientes son demoledores. En el primer semestre de 2026, la empresa acumuló pérdidas por más de 28 mil millones de pesos, echando por tierra cualquier discurso de recuperación. Las exportaciones de petróleo crudo cayeron a mínimos históricos: apenas 6.7 mil millones de dólares ingresaron en la primera mitad del año por envíos al extranjero, lo que representa una caída drástica frente a los 13.1 mil millones de dólares captados en el mismo periodo de 2018. En el último reporte operativo, las ventas al exterior cayeron a solo 275 mil barriles diarios, una contracción de casi el 45 por ciento interanual y un 47 por ciento por debajo de las propias metas fijadas por la Secretaría de Hacienda.
La caída acumulada en los últimos siete años refleja la magnitud del desastre. En 2018, Pemex extraía cerca de 1.8 millones de barriles diarios; hoy la producción se ha desplomado a 1.33 millones de barriles diarios, un retroceso de más del 25 por ciento. Pero la verdadera comparación histórica expone la falacia del discurso gubernamental: a principios de este siglo, durante los gobiernos del periodo neoliberal que tanto ataca la narrativa oficial, México producía hasta 3.4 millones de barriles diarios y Pemex se consolidó como la principal fuente de divisas y el sostén presupuestal del Estado, llegando a financiar hasta un tercio del gasto público total del país. Hoy, la petrolera no solo ya no aporta al desarrollo, sino que devora subsidios para sobrevivir.
A este desplome operativo se suma una montaña de deuda inmanejable que roza los 100 mil millones de dólares (más de 4 billones de pesos en pasivos totales), de los cuales miles de millones vencen de manera inmediata sin que la empresa tenga capacidad de pago sin la ayuda del gobierno federal.
La promesa de soberanía se redujo a destinar miles de millones de dólares a refinadoras ineficientes y a obras de costo sobrepasado como Dos Bocas, reduciendo la entrada de petrodólares e incrementando la dependencia del rescate gubernamental. La 4T no rescató a Pemex; estranguló su rentabilidad, quebró sus números y le heredó a las futuras generaciones una deuda exorbitante.
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