Por Laura Gutiérrez Franco
El arte de la paranoia política en Jalisco acaba de alcanzar alturas astronómicas. Lo ocurrido este domingo en la “Segunda Megamarcha por el Agua Limpia” no solo dejó una estela de paredes vandalizadas, humo de petardos y reporteros agredidos; dejó, sobre todo, una muestra magistral de cómo la lógica política en Guadalajara se lee al revés.
Apenas se sofocaban las llamas en las puertas del Congreso del Estado y se secaba la pintura roja en la fachada de Palacio de Gobierno, las voces de la marcha salieron a soltar su hipótesis estrella: que fue Pablo Lemus quien les envió al “bloque negro”.
Lea usted con detenimiento y trate de aguantar la risa. Según la brillante teoría conspirativa de los organizadores, al Gobierno le pareció una estrategia de comunicación sencillamente sublime mandar a un grupo de embozados a autoatacarse, pintar de grafiti hasta el último rincón de Palacio y prenderle fuego al Poder Legislativo y Ejecutivo.
Aquí les cuento: ¿En qué retorcida mente de estratega político ayuda a la imagen de un gobierno que le quemen las puertas a plena luz del día? ¿Qué tipo de “control de daños” consiste en armar un desmadre que grita a los cuatro vientos que la policía no puede resguardar ni tres cuadras del Centro Histórico? Si esa fue la jugada del poder, habría que entregarle el premio al auto-sabotaje del siglo.
Pero el espectáculo no terminó en la retórica. Conforme avanzó la tarde, la supuesta “protesta social” por el agua se quitó cualquier careta y se convirtió en un ataque directo y frontal contra el Gobierno del Estado.
Ya no se trataba de mantas ni pancartas: la consigna pasó a ser el choque puro y duro. A plena luz del día, la turba embozada arremetió contra Palacio de Gobierno, donde quebraron puertas, vandalizaron por completo la fachada histórica e intentaron incendiar el inmueble, convirtiendo el corazón institucional del estado en una zona de guerra urbana.
A la par del embate a los edificios públicos, el vandalismo se extendió sin piedad contra el entorno y quienes lo trabajan. El momento cúspide del “activismo” en las calles ocurrió en el cruce de Avenida Juárez y 8 de Julio, donde a tubazos y pedradas le destrozaron los ventanales a un conocido hotel de la zona, aterrorizando a huéspedes y comercios aledaños.
Y para rematar la faena, la agresión ruin contra la prensa: a petardazos, pedradas y tubazos atacaron a reporteros y fotógrafos de La Jornada y otros medios locales. Hay que tener una lógica verdaderamente torcida para salir a marchar pidiendo que la sociedad te escuche, mientras le rompes la cabeza al periodista que cubre tu evento, destruyes el hotel del vecino e intentas leñarle fuego al Palacio de Gobierno.
¿Y el saldo final de esta obra maestra del absurdo?
Un Palacio de Gobierno vandalizado e incendiado de sus puertas, un hotel destrozado en Juárez, la puerta del Congreso hecha cenizas, periodistas agredidos, los verdaderos agitadores disfrutando la impunidad… y dos tristes detenidos atrapados frente al Palacio Municipal, como si los policías hubieran jugado al “atínale al edificio”.
Entre la paranoia de quienes ven a Lemus financiando las molotov que le queman la casa, la cobardía de quienes incendian portones históricos y golpean reporteros, y la incapacidad policial que atrapa sospechosos en la manzana equivocada, a los tapatíos nos queda claro algo: en Jalisco el agua seguirá saliendo sucia o tal vez se arregle, pero el circo político y el vandalismo con disfraz de protesta jamás nos van a fallar.
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