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Por Rubén Iñiguez.

Nuevamente ha quedado en evidencia la realidad del caudillismo mexicano, A Decir Verdad. El presidente se considera a sí mismo insustituible. Todos los demás son peones del tablero, aunque sean inteligentes, patriotas, tengan formación intelectual, universitaria, experiencia, todo ello se arroja al cesto de la basura a cambio de un sometimiento incondicional.

La renuncia del director del Instituto para Devolver al Pueblo lo Robado, el Lic.  Jaime Cárdenas, volvió a ser un torpedo que pegó en el centro del barco de la supuesta lucha anti-corrupción. Su documento y sus declaraciones son lapidarias: En el Instituto para devolver al Pueblo lo robado, hay que poner orden, porque los dirigentes de la 4T del primer círculo de AMLO están despachando con la cuchara grande. Es decir, están desapareciendo lo que deben devolver como resultado de haber sido robado por los “conservadores”.

Saqueos, alteraciones, rasuradas a las joyas, estafas, substituciones, claro por piezas de menos valor, subastas arregladas, tráfico de influencias, evaluaciones imprecisas, todo queda sujeto al interés del dinero que ganan los elegidos del presidente que saben tomarse la parte del león.

No es la república la que está ganando, y el pueblo menos el que reciba parte de lo que los “neoliberales” dicen que saquearon, o de los delincuentes organizados a los que se han incautado bienes diversos. El pueblo sólo recibe el discurso de ser el favorito del sexenio, lo que, en la realidad, nada significa, en realidad nada vale.

Triste debacle la denunciada por Cárdenas, a quién se acusó de falta de arrojo, incapaz, de entrega a la 4T. Para el emperador solamente hace falta obediencia ciega, actitud de compromiso total, no importa que leyes se quebranten, lo cual chocó con su ética profesional de abogado.

Cárdenas actualizó la fotografía de la 4T: Sin pies ni cabeza, con un liderazgo personal despótico, capaz de ordenar que se pase encima de la ley, sin freno al alguno. Al diablo las instituciones, decía en campaña, ahora lo exige de sus colaboradores.

A esta renuncia se suman la de Javier Jiménez Espriú, a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes (SCT), la de Asa Cristina Laurell, como titular de la Subsecretaría de Integración y Desarrollo del Sistema de Salud (SIDSS), la de Mara Gómez, a la titularidad de la Comisión Ejecutiva de Atención a Víctimas (CEAV), la de Candelaria Ochoa, como titular de la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (Conavim), la de  Mónica Maccise, a la presidencia del Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), la de Carlos Urzúa, como secretario de Hacienda de México, la de Josefa González Blanco, como secretaria de Medio Ambiente y Recursos Naturales, la de Germán Martínez, como Dirección General del Instituto Mexicano del Seguro Social, la de Tonatiuh Guillén, como titular del Instituto Nacional de Migración, la de Clara Torres, como responsable del Programa de Estancias Infantiles, la de Patricia Bugarín, como subsecretaria de Seguridad de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, o la de Simón Levy, como subsecretario de Planeación y Política Turística. Todos estos funcionarios, han preferido renunciar a la corrupción y complicidad que se les exige en aras de conservar el empleo, para seguir haciendo millones a la sombra del árbol de la pureza, del bien y del mal, que es derecho de AMLO.

Al renunciar han causado un severo daño quitando el esmalte que recubría una supuesta alta moral que distingue a la 4T y a su emperador, demostrando que la corrupción es igual y peor que la anterior, de los neoliberales, por una razón porque no se admite que existe, y se hace un farisaico manejo de la pulcritud ética, de la cual se carece.

El ejemplo es evidente de nuevo, pero el presidente lo soslaya, no le importa. Le es indiferente, para él solamente hay que cambiar una pieza del tablero y seguir. Piensa que sólo él es la república, el Estado, el Bienestar; sus funcionarios deben agachar la cabeza a riesgo de que se las corte. Sus comentarios deben elogiar al emperador. Dos ejemplos claros son el de Layla Sansores, ex perredista millonaria, heredera de los mafiosos del poder desde el PRI, convertida ahora en Morena, lo dijo: “Cada siglo nace un genio como López Obrador” o los continuos elogios del “camarada Noroña” que hasta rompe en llanto cuando habla de su compañero presidente, diciendo en pocas palabras, que AMLO es lo mejor que le pudo pasar a México.

De ese calibre para arriba hay que arrimar las alabanzas, al “Ser todo poderoso y toda perfección”. Tan es así que lució como un dictador de país bananero, un mesías tropical, con el cuello y la corbata desaliñada, con un discurso por demás ridículo y fuera de lugar ante los representantes de la ONU. Una constante muestra de la oratoria mañanera. Nadie se atrevió a advertirle la importancia del mensaje, el contexto mundial de sus palabras, nadie se atrevió a decirle que iba a meter la pata a nivel mundial.

Metió a cuento su rifa del avión, que rifó pero que no rifó, y que aún espera comprador; dijo que todo “va requetebién” que las remezas que mandan nuestros migrantes que trabajan en los Estados Unidos, son más y mejores. ¿Qué tiene que ver el gobierno mexicano con esa aportación a los ausentes de las familias que pasaron al extranjero para asegurar el pan, la salud y la educación de sus hijos, la mejora de la pobreza? ¿Por qué se fueron, si aquí estamos requetebién?

La pandemia de la cual se ufana como triunfador, siendo nuestro país el cuarto en el mundo en el renglón de más muertos por COVID-19, fue otra de las mentiras relevantes a los embajadores de la ONU.

La intervención del presidente de México, permitió a los demás la comprobación de lo que causa la risa en el mundo. Su estilo personal de promoverse, su ineficacia para gobernar, su perfil divisorio de los mexicanos es más que evidente. España e Inglaterra son frecuentes críticos en sus medios de difusión por la falta de preparación del presidente mexicano, de sus ataduras retrogradas al pasado y de sus fobias populistas.

Lo que en otras partes del mundo causa risa, a los mexicanos les causa llanto. Pérdidas de vidas, inocentes masacrados por la Guardia Nacional, como fueron los campesinos de Chihuahua; Estado que lucha por sus recursos naturales para salvaguardar su forma de vida, la agricultura.  Este gobierno no ha resuelto nada de su agenda, que no sea sembrar discordias.

Pérdidas de vidas a manos de la delincuencia, que cobra plaza, que adquiere mayor injerencia en la vida de las ciudades y poblaciones de México, que sigue causando matanzas colectivas.

Pérdidas del patrimonio nacional, vendido al mejor postor en subastas poco profesionales, en que, instrumentos de valor histórico nacional son llevados a coleccionistas del extranjero o de instituciones que los buscan como tesoros culturales, que inexplicablemente México les vende. El humilde que no aceptó un avión, ni una residencia oficial, pero vive en el lujo y pomposidad del Palacio Nacional.

Pérdidas de empleos, de ingresos, de establecimientos pequeños, medianos y grandes, por sus errores económicos que en forma contumaz sigue perpetuando.

Pérdidas de cordura y respeto, a la labor informativa, a los periodistas independientes y no a los complices que habitan sus mañaneras, a los que ridículamente les concedió un “doctorado honoris causa” expedido por la 4T.

Pérdidas de los mejores medios de México, que resisten en asedio, como Letras Libres, Nexos, La revista Siempre, Grupo Reforma y todos aquellos que se atreven a criticarlo.

Pérdidas de respeto a la disidencia, como los manifestantes de FRENAA, que tuvieron que evidenciar ante notario público los más de 100 mil manifestantes en contra de AMLO, pues las autoridades de la CDMX dijeron que solo habían sido menos de 5 mil los que tomaron el Zócalo capitalino, pues el presidente se comprometió a renunciar si la oposición podía convocar ese contingente en contra, y su promesa después de ver el resultado, quedará solo como un mal sabor de boca.

Este es el México, en donde han renunciado hombres y mujeres que prefirieron no caer en actos de evidente corrupción, porque no fueron a cumplir los caprichos del solitario de Palacio Nacional, que cada día parece más senil, pero a la vez más demencial, sino a desempeñarse con honestidad, con profesionalismo, con ética en las labores de servicio público, que son envilecidas por los manejos sectarios de la presidencia, a la que solamente le importan sus designios torcidos y el culto fervoroso a la personalidad enferma.

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo
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    manuel vazquez

    17 octubre, 2020 at 2:10 pm

    este pobre ojednep ha de ser un empleaducho mas del fascista de alfaro, lei la columna de este sujeto que publican en diario de juarez, y no puede estar mas llena de tonterias, ahora resulta que un movimiento que esta encabezado por un psicopata y dos descomunicadores que solo estan utilizando a gente necesitada para hacer bulto van a ser la salvacion del mundo, entiendo que no esten de acuerdo en muchas cosas de este gobierno, es valido, pero que lo tachen de tirano y dictatorial es una estupidez muy grande, hagan periodismo de categoria y dejen de tratar a sus lectores como si fueramos debiles mentales

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Asalto al Capitolio no fue golpe de Estado ni insurrección revolucionaria

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Carlos Ramírez*

Entre el silencio del expresidente Barack Obama como líder de la tibia ala progresista de los demócratas y la desaparición del presidente electo Joseph Biden sin control dominante sobre el Partido Demócrata, la reinaNancy Pelosi se ha erigido como la presidenta en funciones de los EE. UU. en los últimos quince días del periodo constitucional del presidente Donald Trump y con sus acciones ha definido el margen de maniobra estrecho de la próxima administración.

Lo de menos es que la reina Pelosi logre destituir al presidente constitucional; la parte más delicada del problema estadunidense se localiza en los grupos radicales y en el 47% del electorado que voto por Trump a pesar de la campaña en su contra y en el fermento de la guerra civil entre facciones existentes desde la fundación del imperio. Trump se ha fortalecido como líder de una fuerte y grande facción rebelde en los EE. UU. que seguirá en activo.

Lo grave del asunto era el cálculo político estratégico: ¿encabezaba Trump un golpe de Estado para quedarse en la Casa Blanca sin atender el proceso institucional electoral?

Los sucesos del miércoles 6 no llegaron a configurar indicios de un golpe de Estado porque ninguna institución civil o militar participó en ella ni tampoco mostraron el inicio de alguna revolución porque faltaban masas en las calles.

La candidatura de Trump en 2016 y 2020 se coló por los resquicios del sistema político-electoral, porque en ambos casos ganó la candidatura vía elecciones primarias, es decir, por el voto popular. Con ello, Trump asumió una representatividad de una parte de la sociedad –no sólo del electorado– estadunidense que funciona dentro del Estado y ausente en las votaciones: la parte social anti Estado capitalista.

La propia configuración de clases dentro de los EE. UU. ha permitido la existencia y funcionamiento de grupos radicales, todos ellos protegidos por la Segunda Enmienda constitucional que permite no sólo la compra libre de armas, sino la organización de milicias armadas al margen de controles del Estado. A lo largo de su existencia, el Estado estadunidense había sabido lidiar con esos grupos.

Un análisis frío de los sucesos del miércoles 6 en el Capitolio podrían llevar a escenarios diferentes a la narrativa de la reina Pelosi. Por principio de cuentas, no fue una insurrección; es decir, no se trató de un levantamiento popular para derrocar al gobierno y al sistema político; los grupos radicales convertidos en turbamulta irrumpieron en la sede del poder legislativo, hicieron destrozos, se tomaron fotos, deambularon por los pasillos, no secuestraron a los representantes y fueron atajados en algunas zonas del edificio por policías disparando. Horas después, los invasores abandonaron el Capitolio con tranquilidad.

Luego de la irrupción, ningún líder político se apropió de los grupos invasores, no hubo ninguna proclama directa de combatir por las armas, hasta ahora no existe ningún llamamiento a impedir el proceso constitucional de calificar elecciones, designar presidente electo y jurarlo el 20 de enero. Para el 20 se prevén choques de violencia, pero nada que tenga que ver con golpe de Estado para apropiarse del gobierno y del Estado.

La insurrección es el acto revolucionario, de derecha o izquierda, para organizar la destrucción de un sistema/régimen/Estado/constitución con el propósito de instaurar otro grupo y otro régimen en el poder. Trump sólo azuzó las pasiones de sus seguidores y el mismo careció de una propuesta de ruptura del orden constitucional para quedarse otros cuatro años o más en el poder. El acto de legitimación del presidente electo el miércoles 6 siguió su curso bajo la responsabilidad política del vicepresidente Mike Pence, a pesar de las insidias de Trump de que Pence debía de cumplir su tarea política de evitar ese proceso. No fue así. Todavía con el pánico a la violencia de horas antes, los representantes votaron el mismo día el ungimiento de Biden como presidente electo oficial y días después la moción de impeachment del presidente constitucional en funciones.

Lo que viene es el costo político de los resentimientos de la reina Pelosi. No se sabe hoy si se bloqueará, por proceso judicial, que Trump sea candidato a senador o a presidente, pero la crisis en realidad no se localiza en Trump sino en las masas sociales radicales de derecha a ultraderecha –el 47% del electorado– que ya probaron la fuerza de sus violencias y entendieron que el régimen actual estadunidense no les deja espacios para la lucha institucional.

El problema, por tanto, no es Trump, sino el régimen de un establishment que controla el gobierno de los EE. UU.

 

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Política para dummies: La política está en los dobleces.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Asalto al capitolio, falla de seguridad; ni terrorismo ni insurrección miliciana

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Carlos Ramírez*

Una vez que los grupos radicales rompieron la valla de seguridad del Capitolio y se enfrentaron a pasmados y paralizados agentes –no de miedo sino de ausencia de entrenamiento y sin protocolos–, los grupos invasores nosupieron qué hacer y se dedicaron al chacoteo, a tomarse fotos en los escritorios importantes y a regodearse de su hazaña.

En este sentido, el asalto al Capitolio el miércoles 6 de enero no fue un ataque terrorista interno ni una insurrección armada ni una guerra civil encabezada por milicias. Los responsables, que se quitaron la máscara que ocultaba su rostro, se mostraron sin rubor para las fotos y salieron tan campantes como entraron. Por eso uno a uno han sido arrestados con cargos inflados que pudieran ser de terrorismo e insurrección, pero sólo para ayudar al proceso político de la reina Nancy Pelosi en su obsesión por derrocar al Donald Trump que se le ha escurrido entre los dedos de la mano.

Otra cosa podría ser lo del domingo 17 al miércoles 20. Un volante impreso de un cuarto de tamaño carta está circulando con avisos ominosos: convocan a una “marcha armada” hacia el Capitol Hill de la capital de la nación en el corazón de Washington DC y similares contra todos los edificios de Capitolios de las capitales de los estados. La cita es a las 12 del día del domingo 17, tres días antes de la protesta de Joseph Biden como presidente de los EE. UU. en una ceremonia a cielo abierto a la mitad de las escaleras del Capitolio, luego habría un almuerzo del nuevo presidente con el poder legislativo y más tarde el famoso desfile por la Avenida Pennsylvania de manera normal dentro de la limusina con blindaje superior y casi siempre caminando algunas calles. En el 2017, el día de la toma de posesión de Trump, hubo choques entre simpatizantes del nuevo presidente con grupos antifaantifascistas, de filiación de izquierda radical– vestidos de negro y todos con máscaras antigases.

Hasta ahora hay dos problemas: el FBI detectó a tiempo el operativo de asalto al Capitolio y no supo cómo procesar esa información como documento de inteligencia –la información no es inteligencia– y existen sospechas de que grupos policiacos simpatizan con los supremacistas tomando en cuenta que el movimiento Black Live Matters se pronuncia en todo el país con violencia para protestar contra la brutalidad policiaca contra afroamericanos y minorías hispanas.

Una información del The Washington Post el pasado martes 12 reveló la existencia de un reporte informativo del FBI que alertaba de la organización del asalto al Capitolio, pero que nunca se procesó como inteligencia consolidada. Se habría cometido, por segunda ocasión, el error de información-inteligencia del 2001 cuando el FBI detectó a grupos musulmanes que estaban tomando clase de manejo de aviones con la declaración formal a los maestros de que no les interesaba aterrizar aviones, sino sólo mantenerlos en vuelo. Agentes de la CIA alertaron de indicios de ataques terroristas que la CIA formal y el FBI desdeñaron, lo que ha alimentado las teorías de la conspiración sobre el 9/11 del 2001,

La oficina del FBI en Norfolk, Virginia, cerca de la capital DC, captó intervenciones telefónicas que hablaban de que “el congreso necesita escuchar vidrios rotos, puertas pateadas y derramamiento de sangre”, pero esos datos nunca se procesaron como base de inteligencia preventiva. Después del ataque un jefe de la oficina de Campo del FBI en Washington afirmó que “no había indicios” de violencia en la protesta, a pesar de las intervenciones telefónicas y del discurso del president Trump alentando a los alborotadores. La información fue catalogada como “no amenaza de seguridad” y acreditaron las palabras fuertes a la retorica de la ultraderecha supremacista, pero a pesar de ataques anteriores de violencia racista,

Los datos del The Washington Post, basados en reportes primarios del FBI, han alimentado las percepciones de que la violencia en el Capitolio pudo haber sido prevista y neutralizada y que organismos policiacos prefirieron noprofundizar las evaluaciones y no supieron cómo intervenir. El incidente del 6 reveló la inexistencia de protocolos de seguridad dentro de instituciones emblemáticas como el Capitolio, donde agentes de seguridad desenfundaronsus armas ante alborotadores que portaban armas automáticas de alto calibre. El temor era que una balacera hubiera desembocado en legisladores muertos.

Para la protesta del domingo 17 se ha decretado estado de sitio con policías, guardias nacionales y cuerpos antiterroristas deambulando por las calles, pero tampoco se nota el arresto de posibles líderes radicales.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- EE. UU.: estado de sitio; crisis de sistema/régimen/Estado/democracia

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Carlos Ramírez*

De hoy miércoles 13 al miércoles 20 de enero el sistema/régimen/Estado/democracia de los EE. UU. enfrentará una insurrección acreditada –aunque no apoyada– por el 47% de los electores trumpistas y el presidente demócrata electo Joseph Biden jurará el cargo en medio de un estado de sitio.

El impeachment contra el presidente Donald Trump sólo sobrecalentará los ánimos y ayudará a polarizar más la violencia. Los demócratas y sus aliados conservadores-republicanos-sistémicos nunca entendieron el fenómeno político de Trump y el puritanismo fundador de los EE. UU., se dedicaron a denostar al presidente saliente y permitieron la consolidación de una tercera fuerza radical que está rompiendo el duopolio monopólico –una forma de ilustrar la alianza demócrata-republicana– que ha dominado el país vía los lobbies de interés económico, intelectual, militar e ideológico.

El día en que la élite dominante decida buscar una explicación del trumpismo se va a encontrar que a lo largo de varias décadas se construyó en los EE. UU. un bloque de poder social anti Estado, anti establishment y anti capitalismo y con ellos se formaron las milicias supremacistas al amparo de la Segunda Enmienda que permite las armas. La élite del poder fue revelada por C. Wright Mills en 1956 como la organización que domina las decisiones del imperio y está constituida por tres estructuras que operan como engranes o dominios: el económico, el político y el militar. Esta estructura fue determinada por los tres conflictos que marcaron la hegemonía autoritaria del capitalismo: el control económico en Bretton Woods en 1944, la guerra fría salpicada por Corea, Vietnam, Cuba y ahora el musulmanismo ideológico y el anti terrorismo musulmán.

La élite gobernante de los EE. UU. percibió el desmoronamiento de la URSS como el fin de la historia y no una nueva etapa de relaciones de poder mundial. El modelo pendular republicanos-demócratas fue roto por la aparición en 2016 de Trump y su discurso puritano, supremacista, empresarial, de masas y sobre todo anti Estado. El problema de Trump, sin embargo, radicó en la pérdida del enfoque sistémico que tenía Steve Bannon, en el ejercicio despótico del poder y en la falta de un partido propio y sólo deshaciendo a los republicanos. Algunos demócratas pudieron entender la lógica destructiva sistémica de Trump y buscaron atraerse a los republicanos neoconservadores institucionales –tipo John McCain, George Bush Jr. y algunos reaganianos sobrevivientes– del viejo régimen imperial.

El juicio contra Trump, su destitución y el aplastamiento de sus seguidores con el uso de la fuerza policiaca y militar en estos días nada tienen de defensa de la democracia, sino que están vinculados con la supervivencia de la democracia capitalista imperial de la élite dominante de grupos de interés y de lobbies del poder corporativo, militar, político e intelectual. Este bloque de poder ve en Trump al destructor del capitalismo hasta ahora conocido y los fermentos de un fascismo irracional, diferente al fascismo institucional existente ahora y determinado como la “dictadura del gran capital” imponiendo su orden y control sobre las economías del mundo.

Las movilizaciones del 6 al 20 de enero ya estremecieron al mundo –como la Rusia que contó John Reed en 1917– en su primera semana del 6 al 15 y encontrarán su Día D el domingo 17 como para saber si el miércoles 20 habrá, ahora sí, algún indicio de guerra civil formal y real entre milicias ultras armadas y las fuerzas de seguridad del Estado. En medio de los conflictos aparece una tambaleante y deslegitimada democracia que fue incapaz de procesar los comportamientos de un Trump que ha tenido cinco años –de las campañas de 2016 a las elecciones de noviembre pasado– sin oposiciones institucionales ni sistémicas reales. Los demócratas y antitrumpistas se confiaron en que Trump iba a ser aplastado en las urnas, pero se encontraron con Trump y aliados con el 47% de votos populares y una diferencia de 34.8% de votos electorales por Biden contra 23.7% por Trump.

La ofensiva demócrata con republicanos sumisos y timoratos para destituir a Trump sólo busca anularlo como candidato a senador en el 2022 y presidencial en el 2024, pero ignora el hecho de que Trump es líder de un movimiento de masas informe y violento. Si la violencia aumenta con acciones de protestas a balazos hoy miércoles o el domingo 17, entonces Trump habrá ganado la batalla política fracturando a unos EE. UU. que yaestaban divididos, pero que los demócratas y republicanos institucionales nunca quisieron reconocer.

 

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Política para dummies: La política se resuelve en las calles cuando no encuentra acuerdos en las instituciones.

 

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