Connect with us
Avatar

Publicado

el

En cadena nacional el presidente Nayib Bukele informó a los salvadoreños que hoy 18 de marzo se realizaron más de 50 pruebas sobre casos sospechosos; uno resultó positivo.

Se trata de un ciudadano salvadoreño que viajó a Italia y retornó a su país sin pasar control migratorio.

El paciente 01 está aislado, pero tuvo contacto durante varios días con otras personas; el presidente anunció la aplicación del método usado en Corea del Sur para encontrar la cadena de contagio e instruyó implementar un cordón sanitario de 48 horas sobre el municipio en el que residía el paciente.

El Salvador fue el último país de Latinoamérica en presentar un caso de Coronavirus, después de que el gobierno implementara controles fronterizos y aplicara el Estado de Emergencia -suspensión de garantías-.

El país centroamericano suspendió todos los vuelos comerciales -su aeropuerto funge como Hub de Avianca- y cuenta con algunas semanas de ventaja sobre otros países latinoamericanos para observar la evolución y controlar la situación.

El presidente llamó a la población a continuar peleando contra el virus y aplicar todas las medidas preventivas.

La Iglesia La Luz del Mundo, segunda asociación religiosa por número de adeptos en El Salvador suspendió todos los cultos presenciales desde el pasado domingo, política que han aplicado en los 60 países en los que tienen presencia.

@afondoJAL

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo
Advertisement
Clic para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

El Mundo

Indicador Político- Racismo en EE UU  ¿culpa de Trump o de Obama?

Avatar

Publicado

el


Carlos Ramírez

La crisis social convertida en disturbios violentos en los EE UU por el asesinato del civil George Floyd a manos de brutalidad policiaca no es culpa de Donald Trump ni de su racismo. Se trata de una agenda pendiente que no resolvió la presidencia del primer presidente afroamericano de los EE UU, Barack Obama, y su agenda más de reconstrucción del capitalismo por la crisis de 2009 que por los derechos de las minorías raciales que no resolvieron las reformas de 1964-1968.

Los datos mayores parecen ser soslayados: a Floyd lo mató el abuso de fuerza de un policía de Powderhorn, en Minneapolis, estado de Minnesota, ciudad y estado donde los gobernantes del Partido Demócrata. Y si bien el lenguaje polarizante y las actitudes racistas de Trump son un activo estadunidense, en el caso de Floyd fue un asunto de policía estatal y de cortes locales que exoneraron al asesino.

El racismo contra los afroamericanos se había vuelto un tópico político con Trump por las protestas rodilla en tierra de los jugadores de futbol americano a la hora del himno nacional en competencias de ligas superiores con la bandera de denunciar abusos policiacos contra afroamericanos. Y no eran de manera estricta contra Trump, sino contra las estructuras policiacas marcadas por el abuso de fuerza donde antes había respeto a las leyes y a la autoridad.

Pero nadie registró cuando menos la sensibilidad ante las protestas, ni siquiera la minoría demócrata de Nancy Pelosi. En la lucha por los derechos civiles de la segunda mitad de los cincuenta a los sesenta de las reformas de Johnson y bajo el liderazgo del reverendo Martin Luther King, la violencia fue erradicada ante la brutalidad de las represiones policiacas. La lucha se salió de control en las protestas contra la Guerra de Vietnam en locales universitarios. En octubre de 1967 una muchedumbre se metió a las instalaciones del Pentágono, llegó a la escalera principal de acceso y quemó tarjetas de reclutamiento justo debajo de la oficina del secretario McNamara, una historia que fue inmortalizada por Norman Mailer en su libro, mezcla de reportaje y análisis, Los ejércitos de la noche, aunque con páginas para registrar, como asistente, su angustia por encontrar un baño porque había bebido mucha cerveza y necesitaba descargar la vejiga,

Y luego llegaron, en 1992, los motines de seis días en Los Angeles, California, porque un jurado había exonerado a los policías que le dieron una paliza al camionero Rodney King, una de las primeras expresiones de las grabaciones en video que hoy son tan populares. Los afroamericanos salieron a la calle a romper todo, a gritar a destruir y muchos a robar. Y entonces se dijo lo que hoy se repite: son los pobres, son los resentidos, son los excluidos.

Sobre el caso de Los Angeles 1992 existe una novela extraña: narra lo ocurrido en las zonas periféricas a los disturbios por la ausencia policiaca, mientras se veían las columnas de humo de los autos y negocios quemados. En Todos involucrados el escritor Ryan Gattis cuenta la historia de una lucha entre pandillas de origen hispano ante la ausencia policiaca; es decir, la otra violencia racial, la lucha delictiva por el control de territorios, la violencia de los delincuentes practicada sin límites que, dice la versión oficial, explica la rudeza policiaca que causa represiones, torturas y asesinatos.

Los disturbios de Los Angeles comenzaron cuando un jurado exoneró a los policías que apalearon a Rodney King y terminaron cuando un segundo jurado revisó el caso y, más en acto político que de legalidad, determinó la culpabilidad de los policías acusados. En el curso de seis días el saldo fue enorme: 10,904 arrestos, 2.383 heridos, 11,113 incendios y perdidas por más de mil millones de dólares, sin contar con el aumento de delitos en zonas que la policía no pudo atender por estar parando los disturbios.

Los afroamericanos han padecido todo tipo de agresiones del sistema estadunidense. A finales de los ochenta el periodista Gary Webb, del San José Mercury News, reveló que la CIA había estado vendiendo droga en la comunidad afroamericana de Los Angeles para tener fondos que financiaran la compra de armas para la contrarrevolución nicaragüense. Aunque la CIA logró controlar los daños y aislar a Webb, de todos modos, su revelación fue cierta: la élite de inteligencia veía a los afroamericanos como una raza consumidora de droga.

La presidencia de Obama marcó un punto de inflexión histórica que quedó resumida a una línea en la historia: fue el primer presidente afroamericano de los EE UU; nada más. Obama llegó a salvar al capitalismo de la crisis de 2009 y en ocho años nada hizo por la comunidad afroamericana cuyos problemas él no conocía, porque llegó a los EE UU en los ochenta, cuando el problema racial había amainado y ya existía el matrimonio interracial como punto culminante de la igualdad. El dato más revelador del fracaso racial de Obama fue la elección como su sucesor del racista Trump, con el voto de hispanos y afroamericanos.

Lo que ha fallado, también, ha sido la ausencia de un proyecto social de integración. Trump arreció su racismo contra los hispanos, no contra los afroamericanos. Pero lo mismo da. En época de crisis económicas y financieras la polarización social amplía las distancias. Pero es un problema de la sociedad, no de Trump. Los gobernantes estatales y de condado en Minnesota son demócratas y en nada han cambiado los patrones de autoridad de las policías.

El racismo en los EE UU es histórico y es producto de la desigualdad social del capitalismo.

 

http://indicadorpolitico.mx

indicadorpoliticomx@gmail.com

@carlosramirezh

Continuar Leyendo

Carlos Ramírez

Fernández Retamar, comisario estalinista cultural de Fidel Castro

Avatar

Publicado

el

Indicador Político dominical

La muerte del poeta cubano Roberto Fernández Retamar el pasado 20 de julio cierra una de las etapas mas nefastas de la política cultural autoritaria y antiintelectual de la revolución cubana de los hermanos Castro. En esa época, desde 1961 en que tomó posesión de la Unión de escritores y Artistas de Cuba y hasta su muerte, fue el comisario cultural de la dictadura.

Retamar, como se abreviaba su referencia, fue uno de los guardianes estalinistas de la creación literaria. Si fue un severo crítico de los escritores extranjeros que apoyaron a Cuba de 1959 a 1971 porque vivían en países imperialistas, el propio Retamar tuvo una residencia en la Universidad de Yale, en el este estadounidense antes de la revolución y de su propia radicalización.

Como comisario político del arte contenidista –importado de la URSS estalinista–, Retamar fue inflexible: riñó con Mario Vargas Llosa porque se negó a donar su premio Rómulo Gallegos en 1967 a su novela La casa verde. Julio Cortázar, en cambio, sí entregó su premio a su novela El libro de Manuel en 1973 a la resistencia chilena, aunque le sirvió de poco porque los Castro y Retamar nunca le perdonaron su firma en los dos desplegados a favor del poeta Heberto Padilla que había sido encarcelado por la dictadura en 1971.

Retamar fue el comisario de la política cultural de Fidel Castro definida el 30 de junio de 1961 durante una reunión de dos días con intelectuales cubanos, a propósito de las protestas por la censura al documental P.M. realizado por el hermano del escritor Guillermo Cabrera Infante, debido a que había escenas de las pachangas cubanas al atardecer. Ahí delineó Fidel su política cultural: “con la revolución, todo; contra la revolución ningún derecho”. Ese posicionamiento fue ignorado por los intelectuales que apoyaban la revolución, de Sartre al boom latinoamericano de Carlos Fuentes, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez.

Pero a lo largo de esos diez años hubo tensiones fuertes y debates a fondo. El más importante ocurrió en 1969-1970 a propósito de una entrevista de Vargas Llosa en la revista mexicana Siempre y textos en la revista uruguaya Marcha. El escritor colombiano Oscar Collazos, entonces radical socialista, confrontó a Vargas Llosa y a Cortázar a propósito de la literatura libre y la literatura de contenido revolucionario. Para Collazos, la guía de la literatura deberían ser los discursos de Fidel Castro, lo que sería reforzado el 1975 por el cantante Pablo Milanés con su canción “si el poeta eres tú”, cuyos versos decían que Fidel Castró era el poeta de la revolución:
Qué puedo yo cantarte Comandante

si el poeta eres tú

como dijo el poeta

y el que ha tumbado estrellas

en mil noches de lluvias coloridas eres tú,

qué puedo yo cantarte Comandante.

Collazos le reclamó a Vargas Llosa que dijera que la creación era producto de los demonios del autor y no de la sensibilidad social y descalificó dos grandes novelas complejas: Cambio de piel (1967), de Carlos Fuentes, y 62: modelo para armar (1973), de Cortázar, ambas con muchas claves y sin la sociedad revolucionaria como protagonista, a lo que Cortázar respondió con el mejor argumento: la revolución del lenguaje es la revolución en la literatura.

La crisis en la relación de intelectuales ocurrió por el arresto del poeta Heberto Padilla en 1971 por “actividades contrarrevolucionarias”, quien en 1968 había sido castigado por el régimen cubano por su libro En mi jardín pastan los héroes por sus referencias burlonas a los comandantes de la revolución, En 1971 fue encarcelado y obligado a leer, como en los tiempos de Stalin en la URSS, una auto confesión. Este incidente empujo dos severas cartas de intelectuales de todo el mundo contra Castro, muchos de ellos habían sido amigos de la revolución, incluyendo al Sartre que se deslumbró en 1960 con la revolución cubana. La ruptura aisló a Cuba, a la revolución cubana y a los Castro de la cultura progresista.

Carlos Fuentes decidió no hablar nunca más de Cuba, Vargas Llosa comenzó su viaje a la derecha criticando la dictadura de Cuba, García Márquez se hizo amigo personal de Fidel y ayudó a sacar de Cuba a algunos escritores reprimidos. Sólo Cortázar fue el que hizo el papel más lamentable: se la pasó disculpándose con Castro y con Retamar y escribió su infame poema Policrítica a la hora de los chacales que fue leído como la postración de su talento a los pies de la dictadura. Un caso mexicano fue el de José Revuelta, el escritor más importante de novelas marxistas críticas: a principios de 1968 fue a La Habana a ser jurado del Premio Casa y en las noches hacía guardias con fusil para defender a la revolución, pero en 1971 rompió con Cuba a propósito de Padilla.

En todo ese tiempo Retamar operó como el comisario de la policía intelectual de la dictadura. Tenía ya el control de la Unión de Escritores, de Casa de las Américas y de la Academia de la Lengua. En su libro Todo Calibán –juego de palabras sacado de Shakespeare y emparentado con caníbal–, Retamar retomó todos sus textos revisionistas de la conquista de América y sobre todo sus conflictos intelectuales para poner la cultura bajó el dogma castrista de 1961 en sus palabras a los intelectuales: “Nuestra preocupación fundamental será siempre las grandes mayorías del pueblo, es decir, las clases oprimidas y explotadas del pueblo. El prisma a través del cual miramos todo, es ése: para nosotros será bueno lo que sea bueno para ellas”.

Durante 58 años, de las palabras a los intelectuales de 1961 a su muerte, Retamar fue el comisario estalinista de la cultura de la dictadura cubana.

 

http://indicadorpolitico.mx

indicadorpoliticomx@gmail.com

@carlosramirezh

Continuar Leyendo

Carlos Ramírez

Trump por reelección  y demócratas por Estado

Avatar

Publicado

el

Indicador Político:

El reciente arranque formal de las elecciones presidenciales en los EE. UU. en noviembre del 2020 no augura mejores tiempos. En un esfuerzo de síntesis podría decirse que habrá disputa entre tres proyectos: el de populismo fascistoide de Donald Trump, el de populismo estilo Chávez de los demócratas estatistas y el de populismo neoimperialista de la vieja élite del poder.

El fondo de los tres proyectos no es otro que el de la reconsolidación del capitalismo hegemónico, expoliador e imperialista: Trump con el regreso de la grandeza del imperio estadunidense de sus mejores tiempos, Joe Biden como el representante de la burocracia del poder demócrata-republicana y Bernie Sanders como el multimillonario que quiere el “socialismo” para los EE. UU. Los tres tienen el objetivo de mantener el dominio imperial de la Casa Blanca, como se vio en los ocho años de gobierno de Barack Obama que fue electo como primer presidente afroamericano y terminó siendo el salvador del capitalismo depredador del dólar.

El error común consiste en suponer que los EE. UU. son el “faro de libertad y prosperidad” del planeta. En todas sus expresiones ideológicas –con excepción del marxismo radical minoritario–, las corrientes estadunidenses buscan mantener el dominio económico, comercial y militar de los EE. UU. Sanders, por ejemplo, sólo quiere un sector salud estatal y mayores –no muchos– impuestos a los ricos. Y Biden aspira a un trumpismo sin Trump. Como empresario, Trump quiere de nuevo el endiosamiento de la empresa privada estadunidense sin compartirla con tratados comerciales con otros países.

La parte que debe atraer la atención analítica está en la sociedad. Luego de los bandazos pendulares de Nixon, Carter, Reagan, Clinton, Bush Jr., Obama y Trump, nada nuevo augura la elección presidencial en los EE. UU. Gane quien gane de los veinte precandidatos demócratas, la candidatura republicana de Trump y algún despistado como independiente, el escenario mundial en nada cambiará, y menos si se prevé un Putin para más años, un imperialismo comunista chino latente y una crisis religiosa-territorial en el Medio Oriente. La Unión Europea lucha por sobrevivir a sí misma, antes que pensar en salvar al mundo.

La sociedad norteamericana atraviesa por una etapa de crisis ideológica, mezclada con crisis de identidad y crisis de su (in) justificación moral. Nada menos que tres crisis simultáneas. Un dato que ha atraído poco la atención mundial debiera de centrarse en el análisis: las protestas de jugadores afroamericanos en ceremonias de partidos hincándose como protesta por la represión racial, pero con efectos de rupturas del consenso ceremonial del viejo imperialismo consensuado con la sociedad beneficiaria del militarismo: la falta de respeto al himno sería el primer paso hacia la desarticulación del discurso social imperialista.

En círculos políticos y académicos estadunidenses ha comenzado a darse una curiosa relectura de Historia de la guerra del Peloponeso, del militar Tucídides. Las primeras informaciones revelaron que uno de los promotores de esa relectura fue Steve Bannon apenas llegando a la Casa Blanca. El eje de lectura radica en las razones de la guerra a partir del discurso de Pericles a las viudas de los soldados muertos en esa guerra: defender la democracia ante el acoso externo.

En su Estrategia de Seguridad Nacional de diciembre del 2017 –poco leída y menos analizada–, Trump señala que su meta es mantener y acrecentar la grandeza del american way of life o modo de vida estadunidense, nada menos que la doctrina militar que ha justificado invasiones, derrocamientos de gobiernos y prioridades comerciales. En este sentido no hay mucha diferencia entre lo que hizo Obama para mantener el dominio estadunidense y lo que hace Trump. Y la propuesta del millonario socialista Sanders no va más allá de la agenda de salud.

Obama puede ser un buen laboratorio de análisis geopolítico. En su discurso en Berlín en la parte final de su campaña dibujó un nuevo mundo más justo, pero nada de ello concreto en sus ocho años de gobierno. Lo peor fue el reclamo de sus seguidores pobres y afroamericanos en 2016 cuando votaron por Donald Trump y no por Hillary Clinton. O el desencanto social por Clinton cuando los electores prefirieron a Bush Jr. y no a Al Gore. En ambos casos, los candidatos tuvieron cierta lucidez para interpretar el papel de los EE. UU. en la construcción de un nuevo planeta, pero terminaron hundidos en guerras absurdas y capitalismos en crisis.

Lo que se percibe son ciertos indicios de rasgaduras en el traje imperial de la Casa Blanca provocadas por el estilo atrabancado de Trump. Pero en el fondo, se trata del mismo imperialismo explotador, militarista y parcial de la Casa Blanca. Se trataría del modelo Vietnam: intervenir militarmente en otras naciones para impedir estructuras económicas contrarias al capitalismo. Lo hicieron Bush, Obama y Trump en Irak: imponer las reglas de la democracia capitalistas en Irak y Afganistán, a sangre y fuego, con la argumentación de represiones femeninas talibanas.

Pero cada vez mayores sectores sociales estadunidenses tienen cargos de conciencia sobre el imperialismo peloponesíaco –para llamarle de algún modo–: combatir a los demás para mantener sus propios modos de vida. El multimillonario socialista Sanders, por ejemplo, nada ha dicho sobre la política militarista que llevaría en la Casa Blanca, sabedor que el american way of life depende la expoliación de otras naciones. Esa sociedad con cargo de conciencia no tardará en ajustar cuentas con la amnesia geopolítica de Sanders.

Las sociedades comienzan a desarticularse cuando pierden el consenso de sus objetivos de existencia en el mundo. Trump puede ser el catalizador de una sociedad cerrada en sus objetivos de dominación, pero acosada por las protestas de una sociedad que comienza a tener cargos de conciencia. Las elecciones presidenciales de noviembre del 2020 podrían dar indicios del grado de deterioro del consenso social imperial de los EE. UU.

http://indicadorpolitico.mx

indicadorpoliticomx@gmail.com

@carlosramirezh

 

Continuar Leyendo
Advertisement


Tendencia