Por Manuel Gutiérrez
Les compartiré opiniones del experto español en asuntos militares, Yago Rodríguez, quien ha analizado cómo cambió el libro de la guerra en Ucrania. Algunos ignorantes, como Donald Trump, siguen presionando bajo el argumento de que Ucrania está perdiendo la guerra y que debe ceder territorios y aceptar los humillantes términos de paz que el mandatario yanqui propone.
Sin embargo, el tipo de guerra que realiza Ucrania es el necesario. Es el resultado de aplicar doctrinas clásicas de operaciones militares a gran escala, cuyos resultados demostraron que convenían más a la guerra de desgaste de Rusia que a los defensores.
Las experiencias se adquirieron en batallas perdidas como Bajmut, sobre todo Soledar, parte de ese enfrentamiento, así como en las batallas de Mariúpol, con su legendario sitio en la siderúrgica, y finalmente Avdiivka. Todas ellas dejaron enseñanzas clave.
Estas batallas fueron finalmente ganadas por Rusia por una razón simple: su capacidad para renovar regimientos completos y un despliegue que superaba notablemente, en artillería, lanzacohetes y blindados, a los números con los que contaba Ucrania. Si bien cada uno de esos nombres representó costosísimos excesos de bajas para Rusia, finalmente las fuerzas ucranianas comprendieron que su territorio es demasiado extenso.
Por tanto, buscaron evitar el tipo de guerra que gradualmente consumiría sus fuerzas. Optaron por cambios en el mando y en la conducción del conflicto, modificando la doctrina clásica. Rusia, en tanto, estaba engolosinada con las fáciles victorias y continuó avanzando en la zona del Donbás.
El cambio consistió en que Ucrania dejó de presentar defensas fijas en torno a ciudades y puntos específicos. Es decir, el ejército defensor pasó a ocupar zonas amplias, no a situarse directamente sobre los objetivos de la ofensiva rusa.
Los rusos, por su parte, buscaron aplicar lo aprendido en la Segunda Guerra Mundial, bajo el principio de las “bolsas”, en las que los alemanes rodeaban fuerzas enemigas provocándoles miles de bajas y enormes pérdidas de equipo, como en Smolensk-Minsk. La idea era aplicar lo usado por ambos bandos en los primeros dos años de aquella guerra.
El fenómeno ruso sufrió una variante que Yago denomina “caldero”: Rusia busca flanquear los extremos del frente, enviando oleadas constantes de escuadras de 7 a 14 hombres, saturando el terreno y obligando a Ucrania a defender el centro.
El centro se convierte entonces en una fuente de desgaste. Es vital mantenerlo abierto para impedir que la bolsa se cierre, cercando y privando de apoyo logístico a las fuerzas encerradas. De ahí proceden los castigos de artillería, el uso intensivo de cohetes y ataques constantes, además de incursiones con blindados cuando el terreno lo permite. Sin embargo, Rusia desperdició tantos tanques que finalmente escasearon, mientras Ucrania recibía modelos europeos y estadounidenses y reciclaba blindados capturados y existencias de la era soviética.
El cambio de estrategia también alcanzó al poder aéreo. Los aviones dejaron de apostarse para defender ciudades y pasaron a operar desde zonas alejadas, cubriendo amplias regiones y haciéndose presentes solo cuando la presencia enemiga era comprobable y las misiones lo justificaban. Los F-16 y los Mirage 2000jugaron un papel decisivo.
La fuerza aérea rusa, por su parte, vio elevarse los riesgos y rangos de peligro para sus operaciones. Pasó de disparar libremente misiles y bombas planeadoras a reducir su margen de acción, abandonando incluso ataques desde distancias de 50 kilómetros.
La verdadera revolución para ambos bandos llegó con los drones. Ucrania respondió con oleadas de drones contra Moscú e incluso contra blancos como buques petroleros de la flota fantasma. Se sumaron misiles Neptuno y Flamingo en ofensivas contra ciudades rusas.
Así, no es fácil hacer un “caldero” contra una fuerza elusiva. Un tanque T-70 ucraniano fue observado en videos: permanecía camuflado e indetectable. Cuando radares y satélites detectaron un blindado ruso con paracaidistas, fue activado. Avanzó a toda velocidad hacia objetivos definidos.
En zonas con presencia rusa presumible, el tanque disparó sin detener la marcha, usando también sus ametralladoras pesadas contra soldados enemigos ocultos. Al acercarse al blanco, concentró su poder de fuego y destruyó el vehículo ruso con un impacto directo. De inmediato se detectaron cinco blindados rusos más en la zona.
En lugar de trabar combate, el tanque ucraniano retrocedió disparando contra edificios ocupados y se replegó para volver a ocultarse. Ucrania combate en el lugar y momento conveniente. El uso de drones sigue la misma lógica: incluso se les han colocado altavoces que imitan el sonido de blindados, provocando que la artillería rusa dispare y revele sus posiciones.
Actualmente, la artillería genera más bajas que la infantería en ambos bandos. Es crucial neutralizar las baterías móviles, que cambian constantemente de posición en un juego interminable de ocultamiento. Tras disparar, deben moverse. Las baterías fijas, aunque protegidas, se han convertido en objetivos prioritarios.
Los drones seguirán evolucionando, y la humanidad lo lamentará en el futuro con la incorporación de inteligencia artificial. Hoy, las carreteras del frente se cubren con redes para protegerlas de ataques. Los blindados más cotizados son los que ofrecen mayores garantías de supervivencia frente a drones, lo que ha llevado a modificar zonas de blindaje.
Algunos tanques lucen aparatosos, cubiertos con estructuras soldadas que parecen ridículas, pero que sus tripulantes consideran vitales para sobrevivir. Los explosivos reactivos cubren los cascos; los modelos modernos resisten misiles y bazucazos, siendo la parte trasera la más vulnerable. Los tanques occidentales tienen tres velocidades de reversa; los rusos solo una, lo que los hace más lentos. Son detalles mínimos, pero decisivos a la hora de matar o morir.
El problema es que a mayor peso y volumen, mayor superficie de blanco y mayor detección. Los drones exigen soluciones tecnológicas más avanzadas, pero ya cambiaron toda la estrategia. Los supuestos triunfos rusos han tenido costos altísimos. La batalla de Pokrovsk presenta avances en ambos sentidos. Ucrania lanza ofensivas cuando nadie cree que pueda hacerlo. La incursión en Kursk fue la prueba de ese cambio doctrinal.
El frente de esta guerra será objeto de estudio profundo en academias militares y círculos geopolíticos. La presión de Bielorrusia, atacando con globos el espacio aéreo de Lituania, ha elevado la tensión. Alemania y Polonia ya se consideran parte de una guerra híbrida, no declarada pero real, reforzándose ante incidentes cibernéticos, drones y violaciones del espacio aéreo y marítimo.
Estas acciones han fortalecido el apoyo europeo a Ucrania, que no depende del torpe estratega llamado Donald Trump, quien insiste en que acepten una “paz” que equivale a rendición. La fortaleza ucraniana se sostiene en la Unión Europea, que ha decidido usar fondos rusos incautados para financiar armas. Esto intensifica la guerra híbrida como antesala de un conflicto más complejo y moderno.
Los desniveles ucranianos en recursos humanos e industriales se compensarán con nuevas armas, aviones y mejor entrenamiento, mientras Rusia tardó más de dos años en imponer una movilización general.
Los avances territoriales de los neozaristas —que algunos en el gobierno mexicano de la 4T confunden absurdamente con la URSS y a Putin con un inexistente paladín comunista— han sido pagados con altísimos costos. Incluso hoy, las líneas del frente se mueven nuevamente a favor de Ucrania, que no ha sido derrotada y, proporcionalmente, ha tenido mejores resultados que las fuerzas rusas.
El pulso continúa. La nueva estrategia funciona y habrá sorpresas a corto plazo. Esta guerra ya cambió los libros de texto: transformó el uso de blindados, las defensas antiaéreas y la operación de la fuerza aérea.
La adaptación, el uso eficiente de recursos y la preparación del personal pueden compensar la irregularidad rusa, que apuesta por grandes masas humanas, a veces mal coordinadas, en una guerra que cumple ya tres años, interminable, sin haber logrado derrotar a Ucrania, como erróneamente cree Trump, el gran amigo del zar Putin.
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