
Por Amaury Sánchez
Dicen que perro que ladra no muerde, y Donald Trump es el mejor ejemplo de que las amenazas en política comercial a menudo son más ruidosas que efectivas. Su última gran idea—imponer un 25% de aranceles al sector automotriz y agrícola de México y Canadá—ha terminado en un recule digno de medalla de oro. ¿La razón? Bueno, resulta que destruir la economía propia no es precisamente una estrategia brillante.
La jugada era sencilla en teoría: Trump quería mostrar su músculo proteccionista, darle un golpe de efecto a su base electoral y demostrar que “América Primero” sigue siendo su mantra. Pero cuando las grandes automotrices estadounidenses—General Motors, Ford y Stellantis—le hicieron saber que estos aranceles les podrían costar hasta un tercio de su producción y eliminar miles de empleos en EE.UU., la cosa dejó de verse tan patriótica y empezó a parecer un suicidio económico.
El impacto automotriz: un tiro en el pie con mira láser
El sector automotriz en Norteamérica no es un conjunto de fábricas aisladas con banderas nacionales ondeando en sus techos. Es un ecosistema interconectado en el que casi el 40% de los autos producidos en México contienen partes hechas en EE.UU., y viceversa. Aplicar un arancel del 25% significaría un aumento brutal en costos de producción, algo que inevitablemente se trasladaría al consumidor final.
Según estimaciones de analistas financieros, si Trump hubiera seguido adelante con su plan:
• El precio promedio de un vehículo en EE.UU. se habría disparado entre $5,000 y $10,000 dólares.
• Las ventas de autos nuevos podrían haber caído hasta un 25%, lo que habría sido catastrófico para las automotrices.
• Se habrían perdido hasta 366,000 empleos en la industria, según cálculos de la Asociación Nacional de Concesionarios de Automóviles.
En otras palabras, el tipo de crisis económica que ni el eslogan “Make America Great Again” puede arreglar con una gorra roja.
El agro también dijo “ni de chiste”
Por si fuera poco, Trump también se lanzó contra el sector agrícola, amenazando con aranceles a productos de México y Canadá. ¿El problema? Bueno, a menos que los estadounidenses estén listos para pagar el doble por los aguacates, los tomates y las fresas, este plan era, como mínimo, una receta para la inflación.
México, por ejemplo, es el principal proveedor de frutas y verduras de EE.UU., y un arancel del 25% significaría que los supermercados tendrían dos opciones: o suben precios hasta el cielo o buscan proveedores alternativos (cosa que no es tan fácil cuando dependes de la cercanía geográfica).
Además, el campo estadounidense también depende de México y Canadá para vender productos como el maíz y la carne de cerdo. Así que no solo se trataba de encarecer las importaciones, sino también de arriesgarse a represalias comerciales que dejarían a los agricultores estadounidenses con toneladas de productos sin mercado.
Ante esta catástrofe inminente, la administración Trump ha empezado a considerar eximir ciertos productos agrícolas de los aranceles. Porque claro, una cosa es jugar a ser proteccionista y otra muy distinta es provocar una revuelta de consumidores cuando descubran que su guacamole dominical les va a costar como si lo hubieran traído desde la luna.
El recule: ¿sabiduría económica o puro pánico electoral?
Entonces, ¿Trump reculó porque tuvo un ataque de lucidez económica? No precisamente. Lo que ocurrió fue que los números empezaron a hablar más fuerte que sus discursos.
En medio de una campaña electoral donde necesita ganarse el apoyo de la clase trabajadora, darse un tiro en el pie con aranceles que destruyen empleos y aumentan el costo de vida no es una gran estrategia. Más aún cuando la inflación sigue siendo un tema caliente y los votantes no quieren más sorpresas en su cartera.
Así que, en un giro predecible pero disfrazado de “táctica estratégica”, Trump ha decidido retrasar la implementación de los aranceles por un mes. En otras palabras, pateó la pelota hacia adelante, esperando que el problema se resuelva solo o que, milagrosamente, la economía se adapte a sus ocurrencias.
Pero que nadie se confíe. La historia nos ha enseñado que en el mundo de Trump, los aranceles son como los remakes de películas malas: siempre regresan cuando menos lo esperas y terminan costando más de lo que valen.
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