Por Mariana Navarro
La inteligencia artificial puede fabricar imágenes, voces y acontecimientos que nunca existieron. Frente a la erosión de la evidencia, el periodismo enfrenta una responsabilidad decisiva: reconstruir la confianza sin convertir la verificación en censura.
«La libertad de opinión es una farsa si la información sobre los hechos no está garantizada».
Hannah Arendt
Por Mariana Navarro
Periodista cultural, escritora. Especialista en ética aplicada, innovación y tecnologías con enfoque humano.
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LA ESCENA QUE NUNCA OCURRIÓ
El video dura menos de un minuto.
En la pantalla aparece un hombre sentado frente a una mesa. Su rostro resulta reconocible. La voz conserva las pausas, el tono y hasta esas pequeñas imperfecciones que solemos asociar con la espontaneidad. Parpadea. Respira. Pronuncia una frase comprometedora.
Alguien observa la grabación desde su teléfono.
No conoce su origen.
No sabe quién la publicó primero.
Tampoco se detiene a buscar una segunda fuente.
Presiona un botón.
Compartir.
En pocos minutos, la escena comienza a multiplicarse. Cruza conversaciones privadas, grupos familiares, páginas informativas y cuentas personales. Aparecen interpretaciones, insultos, defensas y condenas. La discusión crece antes de que alguien formule la única pregunta que podría cambiarlo todo:
¿Sucedió realmente?
Después llegan las inconsistencias. Una sombra que no corresponde. Un movimiento extraño alrededor de los labios. La ausencia de la grabación completa. Ningún medio puede confirmar el lugar ni la fecha. No existe el documento original.
La escena nunca ocurrió.
No hubo cámara.
No hubo micrófono.
No hubo testigo.
Hubo un sistema de inteligencia artificial capaz de fabricar la apariencia de un acontecimiento.
Sin embargo, sus consecuencias sí fueron reales.
La sospecha permaneció.
La reputación fue dañada.
La desconfianza encontró un nuevo lugar desde el cual crecer.
Esa es una de las paradojas más perturbadoras de nuestra época: un hecho falso puede producir daños verdaderos.
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NO ES SOLO UNA CRISIS DE INFORMACIÓN
La mentira no nació con Internet.
Mucho antes de los algoritmos existieron los rumores, la propaganda, la falsificación documental, las fotografías manipuladas y las versiones construidas para favorecer determinados intereses.
Lo que ha cambiado no es la existencia del engaño.
Ha cambiado su escala, su velocidad y su capacidad para imitar las señales mediante las cuales reconocíamos la realidad.
La inteligencia artificial generativa permite producir textos, imágenes, audios y videos sintéticos en pocos minutos. Algunos son evidentemente ficticios. Otros pueden resultar difíciles de distinguir de un registro auténtico, sobre todo cuando circulan rápidamente, aparecen fuera de contexto o confirman algo que el espectador ya estaba dispuesto a creer.
El Instituto Nacional Electoral mexicano define los deepfakes como contenidos falsos creados con inteligencia artificial: fotografías o videos que colocan a figuras públicas en situaciones inexistentes, así como audios capaces de narrar hechos inventados. El propio organismo ha advertido que las campañas electorales constituyen un terreno particularmente fértil para estas prácticas, porque permiten difundir mensajes persuasivos con rapidez y afectar la percepción ciudadana antes de que una verificación consiga alcanzarlos.
Pero el problema rebasa los procesos electorales.
Puede aparecer en un fraude telefónico que imita la voz de un familiar.
En una imagen íntima fabricada sin consentimiento.
En una supuesta declaración empresarial capaz de alterar decisiones económicas.
En una fotografía falsa de una catástrofe.
En una grabación que atribuye a una persona palabras que jamás pronunció.
Cuando la suplantación puede entrar en la vida política, financiera, periodística y personal, la crisis deja de pertenecer únicamente al campo de la informática.
Se convierte en una crisis de confianza.
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EL PATRIMONIO INVISIBLE
Confiamos más de lo que imaginamos.
Confiamos en que un medicamento contiene lo que indica su envase. En que el piloto conoce la ruta. En que el puente fue construido con los materiales adecuados. En que la voz al otro lado del teléfono pertenece a quien dice ser.
También confiamos en intermediarios.
En médicos.
En científicos.
En docentes.
En instituciones.
En periodistas.
La confianza no significa credulidad. Tampoco exige aceptar sin cuestionar todo lo que una autoridad afirma. Es un mecanismo social que nos permite actuar sin comprobar personalmente cada elemento del mundo.
Niklas Luhmann explicó que la confianza reduce la complejidad. Sin ella, la vida cotidiana se volvería inviable: cada persona tendría que investigar por sí misma la autenticidad de cada documento, la seguridad de cada procedimiento y la procedencia de cada información.
Confiar implica aceptar una parte inevitable de incertidumbre.
El problema aparece cuando esa incertidumbre deja de estar acompañada por instituciones, procedimientos y responsabilidades capaces de disminuir el riesgo.
Entonces la confianza no desaparece por completo.
Se desplaza.
Algunas personas dejan de creer en los medios, pero confían en un creador de contenido. Desconfían de las instituciones, pero creen en un mensaje reenviado por alguien cercano. Rechazan una investigación documentada, pero aceptan un video anónimo porque coincide con su percepción previa.
La confianza siempre encuentra un depositario.
La pregunta es si ese depositario responde ante alguien.
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MÉXICO: CONFIAR EN MEDIO DEL RUIDO
En México, la discusión ocurre dentro de un ecosistema informativo ya debilitado.
El Digital News Report 2025 del Reuters Institute situó la confianza general en las noticias en el país en 36 por ciento. El dato representó apenas un punto porcentual más que el año anterior y colocó a México en el sitio 27 entre los 48 mercados estudiados. El mismo informe describió un escenario donde los medios tradicionales enfrentan dificultades para conectar con las audiencias, mientras las redes sociales ganan espacio como vía de acceso a la información.
Un año después, el informe de 2026 mostró otra transformación significativa: 39 por ciento de las personas consultadas en México dijo informarse mediante creadores o influenciadores, uno de los porcentajes más altos entre los países hispanohablantes incluidos en el estudio.
El dato no significa que todo creador de contenido desinforme ni que el periodismo institucional posea automáticamente la verdad. Revela algo más profundo: la autoridad informativa se está fragmentando.
La relación entre el público y las noticias ya no depende solamente de la solvencia de una investigación. También intervienen la cercanía emocional, la identidad del comunicador, el lenguaje utilizado, el comportamiento de los algoritmos y la capacidad de un contenido para circular.
En otras palabras, una información puede adquirir credibilidad no porque haya sido verificada, sino porque fue pronunciada por alguien a quien la audiencia siente cercano.
La confianza dejó de concentrarse en las instituciones.
Ahora se distribuye entre miles de rostros.
Algunos asumen con seriedad la responsabilidad de informar.
Otros no cuentan con métodos de verificación.
Y algunos comprenden que, en la economía de la atención, una afirmación escandalosa suele producir más reacciones que una explicación rigurosa.
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LA VELOCIDAD CONTRA LA VERIFICACIÓN
Una falsedad no necesita convencer a todos.
Le basta con llegar primero a suficientes personas.
La rectificación enfrenta una desventaja estructural: debe investigar aquello que el engaño pudo inventar en segundos.
Mientras una mentira solo necesita resultar verosímil, el periodismo debe identificar el origen del archivo, consultar fuentes, revisar fechas, analizar imágenes, localizar versiones anteriores y confirmar que el contexto corresponda con lo que se afirma.
Una fabricación puede ser instantánea.
La verdad requiere procedimiento.
Por eso, la crisis no puede resolverse pidiendo a las personas que observen con más atención los dedos, los ojos o el movimiento de los labios de quienes aparecen en un video. Esas recomendaciones fueron útiles cuando los primeros contenidos sintéticos dejaban errores visibles. Sin embargo, los modelos evolucionan y muchas señales que antes permitían reconocer una falsificación se vuelven menos evidentes.
La verificación no puede depender únicamente de la mirada.
Necesita fuentes.
Contexto.
Rastros digitales.
Testimonios independientes.
Responsabilidad editorial.
La pregunta ya no es solo: ¿parece verdadero?
Debe ser: ¿qué pruebas existen de que ocurrió?
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CUANDO LA EVIDENCIA PUEDE FABRICARSE
Durante buena parte de los siglos XIX y XX, la fotografía adquirió un valor documental excepcional. Aunque siempre pudo recortarse, retocarse o utilizarse fuera de contexto, conservaba una promesa cultural: alguien había estado frente a aquello que aparecía en la imagen.
Roland Barthes resumió esa relación mediante una idea sencilla y profunda: toda fotografía afirmaba, de algún modo, esto ha sido.
La inteligencia artificial introduce una ruptura.
Puede existir una imagen sin que haya existido la escena.
Puede existir un retrato sin que una persona haya posado.
Puede existir una voz sin que alguien haya pronunciado esas palabras.
Puede existir una multitud que nunca estuvo reunida.
La representación ya no necesita un acontecimiento previo.
Esto no convierte automáticamente en falsas a todas las imágenes ni cancela el valor del testimonio audiovisual. Obliga, sin embargo, a abandonar una costumbre profundamente arraigada: aceptar la apariencia como confirmación suficiente.
La humanidad no está perdiendo la realidad.
Está perdiendo algunos de los atajos que utilizaba para reconocerla.
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EL DIVIDENDO DEL MENTIROSO
Existe, además, un riesgo menos visible.
Cuando las personas saben que pueden fabricarse audios, imágenes y videos, alguien descubierto frente a una evidencia auténtica puede afirmar que se trata de una creación artificial.
La misma tecnología que facilita fabricar una mentira permite negar una verdad.
Este fenómeno ha sido llamado el dividendo del mentiroso: la proliferación de contenidos sintéticos crea un ambiente de duda que puede ser aprovechado por quien desea desacreditar documentos legítimos.
La consecuencia resulta doble.
Podemos creer en algo que nunca sucedió.
Pero también podemos dejar de creer en algo que sí ocurrió.
La amenaza, entonces, no consiste únicamente en llenar el espacio público de falsedades. Consiste en producir tal nivel de sospecha que cualquier prueba pueda ser rechazada.
Si todo puede ser falso, la mentira ya no necesita demostrar su inocencia.
Le basta con sembrar duda.
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LA DESINFORMACIÓN COMO RIESGO GLOBAL
El problema ha dejado de considerarse marginal.
El Foro Económico Mundial colocó la desinformación y la información errónea entre los principales riesgos de corto plazo por segundo año consecutivo en su Informe de Riesgos Globales 2025. El organismo señaló su capacidad para erosionar la cohesión social, agravar la polarización y debilitar la gobernanza.
La advertencia no debe interpretarse como una invitación a controlar toda conversación pública.
Combatir la desinformación mediante mecanismos opacos, decisiones arbitrarias o autoridades capaces de definir unilateralmente la verdad produciría un peligro distinto: sustituir la verificación por vigilancia y convertir la protección de las audiencias en una forma de censura.
La libertad de expresión incluye el derecho a opinar, cuestionar, disentir, equivocarse y criticar.
Pero una opinión y una falsificación deliberada no son lo mismo.
La primera expresa una interpretación.
La segunda fabrica evidencia para engañar.
La dificultad consiste en distinguirlas sin criminalizar la crítica ni entregar a gobiernos, empresas o plataformas un poder ilimitado sobre la conversación pública.
Por eso, el dilema de nuestra época no puede formularse como una elección entre libertad y verdad.
Una sociedad necesita ambas.
Sin libertad, la verdad puede ser administrada por el poder.
Sin hechos verificables, la libertad puede ser manipulada por quien fabrica la mentira más convincente.
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EL PERIODISMO DESPUÉS DEL ALGORITMO
Durante años, buena parte de la industria informativa compitió por llegar primero.
Primero al lugar.
Primero a la declaración.
Primero a las redes sociales.
Primero a la notificación.
La inteligencia artificial obliga a revisar esa lógica.
Una máquina puede producir resúmenes, titulares, imágenes, traducciones y borradores a una velocidad imposible para una redacción humana. Competir solamente en rapidez significa entrar en una carrera que el periodismo difícilmente ganará.
Su valor se encuentra en otro lugar.
En verificar.
En acudir al sitio.
En formular preguntas incómodas.
En distinguir entre una fuente interesada y una prueba.
En reconocer aquello que no ha podido confirmarse.
En corregir públicamente.
En preservar el contexto.
En responder por lo publicado.
UNESCO ha insistido en que la incorporación de inteligencia artificial a las redacciones debe acompañarse de transparencia, rendición de cuentas, alfabetización en IA y supervisión editorial humana. La tecnología puede asistir al periodismo, pero no sustituye la responsabilidad profesional de quien firma, edita y publica una información.
La diferencia entre un contenido y una pieza periodística no está en su apariencia.
Está en el procedimiento que la sostiene.
Un texto puede estar perfectamente escrito y ser falso.
Un video puede parecer auténtico y carecer de origen verificable.
Una noticia, en cambio, debe permitir reconstruir cómo llegó a saberse aquello que afirma.
El periodista no garantiza que el mundo sea sencillo.
Garantiza que realizó un trabajo responsable para comprenderlo.
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LA TECNOLOGÍA TAMBIÉN BUSCA RESPUESTAS
Frente al crecimiento de los contenidos sintéticos, empresas tecnológicas, fabricantes de cámaras y organizaciones de medios han impulsado mecanismos para acreditar la procedencia de archivos digitales.
Uno de ellos es el estándar C2PA, desarrollado para incorporar información verificable sobre el origen y el historial de edición de una imagen, un audio o un video. Su propósito es ofrecer una especie de expediente digital que permita conocer cómo se creó y qué modificaciones recibió un contenido.
La propuesta representa un avance importante: desplaza la atención desde la detección de defectos visuales hacia la trazabilidad.
No obstante, tampoco constituye una solución absoluta.
La ausencia de credenciales no demuestra que un archivo sea falso. Los metadatos pueden perderse al compartir, comprimir o capturar nuevamente una imagen. Además, una investigación independiente publicada en 2026 advirtió que el estándar todavía presenta limitaciones de seguridad y no debería utilizarse, por sí solo, como prueba concluyente en ámbitos de alto riesgo, entre ellos el periodismo o la evidencia legal.
La autenticidad no puede descansar en una sola herramienta.
Requiere combinar tecnología de procedencia, análisis forense, contraste de fuentes y criterio editorial.
Las máquinas pueden ayudar a seguir las huellas.
La decisión de confiar continúa siendo humana.
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APRENDER A DESCONFIAR SIN DESTRUIR LA CONFIANZA
La alfabetización digital del pasado enseñó a utilizar dispositivos, navegar por Internet y proteger contraseñas.
La nueva alfabetización deberá ir más lejos.
Tendrá que enseñar a reconocer la diferencia entre una fuente y una cuenta; entre una afirmación y una evidencia; entre una coincidencia emocional y una comprobación.
No significa vivir bajo sospecha permanente.
Una sociedad que desconfía de todo puede ser tan vulnerable como una sociedad que cree en todo.
Quien rechaza cualquier información termina buscando certezas en comunidades cerradas donde solo circulan versiones compatibles con sus propias convicciones.
El pensamiento crítico no consiste en negar.
Consiste en preguntar.
¿Quién publica?
¿De dónde proviene el archivo?
¿Existe la versión completa?
¿Otros medios o fuentes independientes pudieron confirmarlo?
¿La fecha corresponde?
¿El contenido busca informar o provocar una reacción inmediata?
¿Quién se beneficia de que sea compartido antes de ser verificado?
Estas preguntas no garantizan por sí solas la verdad.
Pero interrumpen la velocidad automática del engaño.
En ocasiones, el gesto más responsable frente a una pantalla no será compartir.
Será esperar.
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CONCLUYENDO
Volvamos al video.
El hombre continúa sentado frente a la mesa.
Su voz conserva el tono exacto.
Sus labios se mueven con precisión.
La escena parece real porque fue construida para parecernos familiar.
A un lado de la pantalla permanece el mismo botón.
Compartir.
Entre la imagen y ese gesto existe un espacio diminuto.
A veces dura apenas unos segundos.
Sin embargo, en ese intervalo se decide una parte de la vida pública.
Podemos actuar como repetidores de una apariencia.
O convertirnos en testigos responsables de aquello que aceptamos comunicar.
La inteligencia artificial seguirá evolucionando. Será capaz de producir contenidos más complejos, realistas y difíciles de identificar. La respuesta no puede limitarse a perseguir cada falsificación después de que haya recorrido el mundo.
Será necesario fortalecer el periodismo, exigir transparencia a las plataformas, desarrollar sistemas de procedencia, actualizar los marcos jurídicos sin vulnerar la libertad de expresión y formar audiencias capaces de comprender cómo se construye una evidencia.
Pero, sobre todo, será necesario recuperar una idea aparentemente sencilla:
La verdad no es aquello que confirma nuestras sospechas.
Tampoco aquello que acumula más reproducciones.
La verdad exige hechos, contexto, método y responsabilidad.
Hubo un tiempo en que bastaba decir:
—Lo vi con mis propios ojos.
Hoy los ojos siguen siendo indispensables.
Pero ya no son suficientes.
Por eso, cuando la evidencia puede fabricarse y la mentira aprende a imitar la realidad, la verdad vuelve a necesitar aquello que acompañó a la humanidad desde sus primeras historias:
Testigos capaces de mirar.
Periodistas dispuestos a verificar.
Y ciudadanos que comprendan que la confianza no se concede a una imagen por su perfección, sino a la impronta de verdad que puede demostrarse detrás de ella.
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