
Por Amaury Sánchez
Cuentan los que fueron a la cumbre de la CELAC en Honduras —ese encuentro de vecinos donde se firma mucho y se acuerda poquito— que Claudia Sheinbaum salió con algo más que promesas diplomáticas. Dicen que salió inspirada, como quien encuentra en la fila de las tortillas al amor de su vida. Porque no es cualquier cosa lo que se aventó en su “Mañanera del Pueblo”:
“Brasil y México tienen muchísimas posibilidades de complementarse”.
Y ahí, entre el eco del salón y el zumbido de las cámaras, se sembró una semilla. México, con sus plantas automotrices alineadas como soldados rumbo al norte, y Brasil, ese gigante del sur que fabrica desde aviones hasta aspirinas, se descubrieron afines.
“¿Y si tú pones los medicamentos y yo las armadoras?”, parecía decir uno.
“¿Y si tú me enseñas tus regulaciones y yo te muestro mis mercados?”, respondía el otro.
No era una propuesta cualquiera. Era como cuando dos pueblos separados por montañas descubren que sus ríos desembocan en la misma playa. Y entonces la idea de una unión no solo parece lógica, sino poética.
Ella —la presidenta mexicana— propuso que en mayo venga el equipo brasileño, como quien invita a cenar para conocer a la familia. No hay prisa, pero hay interés. De esos que no se gritan, pero se notan en la mirada.
Y no solo eso. Como buena anfitriona de barrio grande, Sheinbaum sacó el mantel largo y propuso una cumbre de bienestar con todos los países de la CELAC. Una especie de kermés continental, donde cada quien lleve lo que tiene y se reparta sin regateo. Un tamal de petróleo por aquí, una cucharada de litio por allá, vacunas para todos y planes comunes de desarrollo, sin que nadie se quede viendo desde la banqueta.
Claro, mientras eso se cocina a fuego lento, allá en el norte alguien bosteza con molestia. Donald Trump —en su eterna campaña de “yo contra el mundo”— se remueve en su trono, viendo cómo el sur se organiza sin pedirle permiso. Y en esa danza de egos y estrategias, América Latina parece susurrar:
“Ya no queremos ser peones en su ajedrez, queremos jugar con nuestras propias reglas”.
Así están las cosas. México y Brasil, dos naciones con alma de continente y corazón mestizo, se tantean como quien busca no solo un socio comercial, sino un compañero de ruta. Porque a fin de cuentas, los grandes acuerdos también empiezan así: con un gesto, una palabra o una coincidencia en la mesa.
Y si esto prospera, el día de mañana alguien dirá:
“¿Te acuerdas cuando Claudia y Lula se sentaron en Honduras? Ahí empezó todo”.
Y si no, pues al menos nos quedará el recuerdo de que, por un momento, América Latina soñó con caminar de la mano… sin que nadie desde afuera marcara el paso.
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