La opinión del Mtro Horacio Villaseñor
Frente al colapso térmico y el déficit real de áreas verdes que asfixia a Guadalajara, operando con un faltante de al menos el 70% en áreas verdes netas al promediar menos de 3 metros cuadrados por habitante frente a los 9 exigidos por la OMS, excluyendo el engaño estadístico de los camellones, resulta insostenible la excusa oficial de la falta de presupuesto. Se evidencia además la falsedad de ese debate absurdo donde algunos se desgarran las vestiduras discutiendo si tal o cual árbol estorba en la banqueta o representa un peligro, mientras la verdadera ineptitud radica en centrar la discusión ahí, a la vez que el gobierno omite su obligación constitucional de crear auténticas áreas verdes y bosques urbanos donde realmente se necesitan. Esto priva a la ciudad de espacios que no solo cumplen una función bioclimática e hidrológica vital para infiltrar el agua de lluvia a los mantos acuíferos del subsuelo, frenar las inundaciones cíclicas y mitigar las islas de calor, sino que ofrecen a la ciudadanía un lugar digno para caminar, respirar aire limpio o sacar a pasear al perro sin la aberración de tener que sortear el peligro del tráfico en una banqueta estrecha y hostil. Es cierto que Guadalajara ya está prácticamente construida, pero eso jamás debe ser una limitante de Estado: se pueden adquirir manzanas estratégicas, demoler estructuras subutilizadas y construir bosques de verdad. Frente a quienes legítimamente se pregunten cómo el gobierno podría convencer a la gente de vender sus propiedades para materializar estos pulmones, la respuesta exige gobernantes talentosos y de buen talante político, capaces de ejercer el poder con legitimidad y generar los recursos financieros necesarios. Un verdadero líder sabe administrar y destinar dinero para lo que de verdad importa, negociar con estricta justicia, pagar adecuadamente el valor comercial de los inmuebles particulares y demostrar a los propietarios que migrar hacia un esquema de vida vertical no solo es viable, sino sumamente cómodo cuando se habita una torre moderna rodeada directamente por un bosque urbano que eleva radicalmente la calidad de vida y la plusvalía patrimonial. Bajo este mismo rigor analítico, resulta evidente que teorías urbanísticas recientes promovidas por algunos sectores que defienden la creación de dizque “parques lineales” a partir de cerrar o maquillar calles son otra completa tontería. Una calle pintada, pacificada o reducida a regañadientes jamás sustituirá a un bosque urbano consolidado sobre suelo natural; son meras salidas fáciles y baratas para que los gobiernos simulen ecología urbana ante la opinión pública, sin atreverse a tocar el suelo privado ni a comprar las manzanas que la ciudad urge para respirar. Es indispensable abandonar la falsa corresponsabilidad ciudadana de pretender que los vecinos resuelvan con macetas, pinturita y buenas intenciones un desastre ecológico estructural que solo el Estado puede corregir mediante una verdadera justicia espacial. La OMS sugiere metros cuadrados mínimos de áreas verdes filtrantes y vivas, no árboles sembrados al vapor donde estorben menos. La apuesta por el futuro exige también sacudirnos la inercia burocrática del parche electoral. No podemos seguir planeando la metrópoli a capricho de los desarrolladores inmobiliarios que exprimen cada metro cuadrado de asfalto a cambio de permisos opacos. La reconversión profunda de los polígonos urbanos densificados requiere una visión de largo aliento que integre la recuperación del territorio con la dignidad humana. Los recursos públicos que hoy se derrochan en obras de ornato superficial e inútil deben canalizarse prioritariamente hacia la adquisición estratégica de suelo para la restauración ambiental y la descompresión urbana. En definitiva, superar esta crisis urbana exige entender que el gran desafío actual es combinar la agilidad del presente con la profundidad y anticipación del pasado. Antes las administraciones se anticipaban a los problemas; a los “gobernantes” de ahora solo les da para parchar baches y buscar pretextos institucionales. Se necesita capacidad de estado para gobernar con dinero, fuerza, inteligencia y visión de futuro. ¡No sean mensos!
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