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Gabriel Torres Espinoza*

El terremoto de 1985, de 8.1 grados en la escala de Richter, causó terribles estragos en la Ciudad de México. Marcó un antes y un después en la historia de nuestro país: representó un ‘golpe de timón’ que vio nacer una acción ciudadana basada en la solidaridad y la fraternidad.

Así fue como se robusteció, frente a la inclemencia catástrofes naturales —que rebasaban la capacidad de respuesta de las autoridades—, y que traían consigo momentos de dolor y consternación nacional, que golpearon con mayores desgracias e infortunios a los más vulnerables. Para entonces, la sociedad mexicana amainaba el torpe, ralentizado y errático actuar gubernamental, con un inquebrantable e irrenunciable sentido de cooperación y unidad nacional, que se basaba en la disposición para ayudar. Los mexicanos reaccionaron ante las consecuencias del terremoto, y superaron al gobierno en su capacidad de organización y acción.

La pandemia del coronavirus del año 2000, deja en evidencia la precaria solidaridad ciudadana. Durante el sismo del 85’, fallecieron poco más de 40 mil personas. Resulta alarmante que las 113 mil 704 muertes oficiales de hoy, a causa del Covid-19 en México, solo hayan ensanchado un sentido de individualismo y egoísmo frente a la tragedia de los vulnerables, para, en todo caso, afianzar una sola máxima: “que muera, quien deba morir”.

Resulta contradictorio que la sociedad se duela ante el gravoso clima de inseguridad y violencia en nuestro país que, en lo que va del año, acumula 24 mil 287 homicidios dolosos y casi cinco mil desaparecidos [cifras de las que prácticamente no hay subrregistro]; y, a su vez, no manifieste la indignación o acción social frente a las casi 115 mil muertes oficiales a causa del SARS-CoV-2. Un número que, bajo las predicciones más reservadas, podría verse duplicado en razón de la ‘cifra negra’ que proviene del escaso testeo en nuestro país.

Si resolver o disminuir el trágico problema de la inseguridad es una responsabilidad prácticamente exclusiva de la autoridad; el problema relacionado con el número de contagios y muertes a causa del coronavirus es una responsabilidad que podría disminuir con la participación activa y responsable de la ciudadanía. Cuidarnos y cuidar a los demás. No obstante, la evidencia ante todo esto es la de una sociedad que en su mayoría reclama derechos, pero que no está dispuesta a asumir obligaciones, responsabilidades, ni restricciones.

Las respuestas de los gobiernos para contener o contrarrestar los nocivos efectos de la pandemia, han tenido el distintivo de ser escasas y/o erráticas. Pero la constante observada en la sociedad ha sido la lastimosa indiferencia: hasta ahora, no existe una iniciativa de impacto, surgida desde ‘abajo’, con una amplia organización y participación social, que haya contribuido de manera significativa a atajar los daños de la pandemia. Un total de 86 Think Tanks en México, y 33,166 inscritos en el Sistema Nacional de Investigadores (SNI), no han aportado significativamente, al margen del gobierno, para atender una pandemia que tiene efectos transdisciplinares. Si el coronavirus ha puesto de manifiesto que hay poca autoridad del gobierno, también evidencia que ente la emergencia sanitaria, hay menos solidaridad social.

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Maestro en Filosofía por la UNIVA. Actualmente es Director General de Canal 44 y Canal 31.2 de la Universidad de Guadalajara (UdeG); Institución en donde además ha ocupado los siguientes cargos: Vicerrector General Ejecutivo, Rector del Centro Universitario de la Ciénaga, Director General de Medios UdeG y fundador de la Licenciatura en Periodismo. Es Presidente del Consejo Consultivo de Notimex y Vocal Propietario ante la Junta de Gobierno de la agencia de noticias del Estado mexicano. Y recientemente fue nombrado director de la Asociación de Televisiones Educativas y Culturales Iberoamericanas, ATEI. Twitter: Gabriel_TorresE

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Gabriel Torres Espinoza

AMLO, contagiado

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Gabriel Torres Espinoza

El día de ayer, el presidente de México anunció en su cuenta oficial de Twitter: “Lamento informarles que estoy contagiado de COVID-19. Los síntomas son leves pero ya estoy en tratamiento médico.”

No es el primer mandatario que enferma de coronavirus. Son ya 17 los Jefes de Estado y/o de Gobierno que se han contagiado. El primero de todos fue el Premier Ministro británico, Boris Johnson, quien, en marzo del año pasado, llegó incluso, a necesitar de una Unidad de Cuidados Intensivos (UCI). Otros mandatarios que se han contagiado de SARS-CoV-2, han sido el primer ministro ruso, Mikhail Mishustin; Jair Bolsonaro, presidente de Brasil; Donald Trump, presidente de los EE. UU.; y Emmanuel Macron, el presidente galo. De los 17 casos registrados a nivel global, únicamente el primer ministro de Suazilandia, Ambrose Dlamini, falleció a causa del coronavirus.

Mensajes de aliento deseando una pronta recuperación al Jefe de Estado devinieron tanto de actores políticos y líderes de oposición, como de aquellos afines a la 4T. No obstante, el característico discurso hostil, de odio, que encarna el mal humor social entre los mexicanos, se hizo presente también entre alguna parte de la sociedad. Pudo advertirse cómo un buen número de cuentas en Twitter celebraban esta terrible noticia, llegando a desear consecuencias funestas e irreparables para el mandatario mexicano. Todo esto motivó a que este medio social, a través de su cuenta ‘Twitter Seguro’, hiciera una publicación sobre el “comportamiento abusivo” en el que, grosso modo, señalaba “no toleramos contenido que promueva, incite o exprese el deseo o esperanza de que una persona o grupo de personas se mueran, sufran daños físicos graves o se vean afectados por enfermedades severas.”

De forma que la censura o suspensión de cuentas parece será la medida de control a la que estarán sujetos una infinidad de cuentas. Twitter lo hizo, de manera atinada, con el presidente del país más poderoso del Mundo, Donald Trump, cuando incitaba al ‘discurso de odio’, profería un sinfín de fake news e incitaba a la insurrección. En esta ocasión no debe ser la excepción.

El Institut de Drets Humans de Catalunya, sobre el ‘discurso de odio’, observa que “No existe una única definición aceptada; y es que expresiones y manifestaciones que incitan al odio y la intolerancia pueden ser difíciles de identificar (…) El discurso del odio a menudo se ampara en la libertad de expresión, una libertad que no es absoluta y está limitada cuando colisiona con otros derechos”. Lo que parece ser un hecho es que, la teorización referente a este concepto, ubica al mensaje de odio que es azuzado desde el poder, y que regularmente se basa en algún tipo de supremacismo, frente a minorías específicas de una sociedad. No obstante, todo esto motiva a reflexionar en la necesidad de crear y sancionar un discurso equiparable que surge desde el seno de la sociedad. Ambos son igualmente peligrosos para una democracia.

A las 21 horas ya se colocó un hashtag a nivel nacional: #NoLeCreo que negaba el contagio del presidente. De forma que otro fenómeno de la era digital se hizo presente: la posverdad: “toda información o aseveración que no se basa en hechos objetivos, sino que apela a las emociones, creencias o deseos del público”.

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Gabriel Torres Espinoza

Biden: la derrota de la estridencia

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Gabriel Torres Espinoza*

Con independencia de lo inusual que fue la Ceremonia de Investidura del Presidente 46º de EE.UU., Joe Biden, destaca que su discurso inaugural y primeras acciones fueron cargadas de simbolismos y significados que resultan tanto alentadores como orientadores.

Biden hizo especial énfasis en la “unidad” de los norteamericanos, y señaló: “Tenemos que terminar con esta guerra civil que contrapone a republicanos y demócratas, a conservadores contra liberales”. Frente a los sectarismos políticos azuzados desde el poder; la respuesta es la conciliación entre la divergencia. Para el clima de polarización y crispación social; palabras que llaman a la unidad, sin dejar de reconocer la pluralidad en ella. Se trata de un importantísimo mensaje de mesura, desde el epicentro de la democracia norteamericana, ante los extremismos políticos-ideológicos, que ganaron adeptos en todo el Mundo, por la insurgencia de liderazgos que llegaron por medios democráticos al poder, pero que a la postre se convirtieron en los principales disidentes de ella.

En cuanto a la pandemia, fueron evidentes los contrastes. La constante de Trump fue la minimización del virus, para darle la ‘espalda’ al consejo de los científicos; el desprecio por la evidencia científica, se retrataba ‘de cuerpo entero’ en su desdén por el uso del cubrebocas; sin contar la trágica frivolidad, que fue indemne ante la tragedia que evidenciaban los indicadores que situaban a EE. UU. como el país con el mayor número de víctimas en el planeta -tanto de infectados como de muertos-.

Por el contrario, en su mensaje inaugural, Biden, con palabras de solidaridad ofreció un minuto de silencio por las víctimas de la pandemia. Recientemente anunció un Plan de Rescate a la economía estadounidense, reconociendo una doble crisis derivada de la pandemia: la sanitaria y la económica. Ante “el fracaso estrepitoso” en el programa de vacunación de Trump, se ha planteado un reto titánico, pero viable con voluntad política: vacunar a 100 millones de personas en sus primeros 100 días de gobierno. Por otro lado, él y su equipo usan siempre el cubrebocas, y exhorta reiteradamente a la población utilizarlo. Además, EU se reincorporará a la OMS. De forma que se restablece el diálogo con los científicos y la autoridad de la ciencia.

El Presidente, ‘mato dos pájaros con un solo tiro’, en estas decisiones cargadas de significados 1) revalidó la importancia en la integración y la cooperación internacional, y 2) refrendó su compromiso de combate al calentamiento climático, con el regreso al Acuerdo de París.

La ‘respuesta’ de Biden ante el ‘supremacismo’ racial y la misoginia, fue la alineación del gabinete más plural -en términos étnicos y de género- en la historia de EE. UU. y su decisión de incluir, a Kamala Harris, como su compañera de fórmula. La xenofobia, fomentada por su predecesor, ha sido puesta en ‘jaque mate’ con el anuncio de una reforma migratoria “radical” que otorgará la ciudadanía a migrantes indocumentados y crecerá el número de refugiados. Finalmente, en su primer mensaje, destacó el llamado a la defensa de la verdad en la vida pública, de cara a las “mentiras que se dicen para conseguir poder”. Otro duro revés para las fake news, y nuevos bríos para la libertad de prensa.

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Gabriel Torres Espinoza

¿A dónde irá el voto de castigo?

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Gabriel Torres Espinoza

El voto es un acto cargado de significados culturales, que refleja en su distribución costumbres, hábitos, preferencias, filias y (aquí lo importante) ¡fobias políticas!. Al sufragar se pueden expresar las lealtades político-electorales, clientelares, deseos e incluso expectativas. También se mezclan miedos y, en no pocas ocasiones, el mal humor social, mediante carga negativa. El sufragio es la expresión jurídica de la voluntad popular, mediante la cual el elector acude a buscar solución a sus problemas, a sus urgencias y da salida a sus emociones mediante filias o fobias.

En las elecciones cada vez está más presente el denominado ‘voto de castigo’ o ‘voto opositor’. Se constituye por esos ciudadanos que acuden a la cita con la urna, bajo la premisa de expresar rechazo, oposición, censura o malestar. Ocurre generalmente contra el partido que se encuentra en el gobierno, como consecuencia del desgaste por largos periodos de tiempo en el poder, o por el cúmulo de errores cometidos. Se trata de ese voto que lo mueve el hartazgo, el descontento, la inconformidad, el malestar e incluso la irritación social. Es parecido a un voto duro, pero a la inversa. Se trata de un porcentaje de electores que tienen muy claro por quién NO desean votar, debido a la percepción que, fundado o infundado, los votantes advierten del gobierno y sus resultados. Es ese sentimiento negativo, muy asociado a acciones y decisiones de gobierno. Se trata del voto derivado de la antipatía. Es, básicamente, un voto “en contra”.

De forma que resulta importante considerar que, la elección intermedia de 2021, será una ‘elección plebiscitaria’, tanto para el gobierno de López Obrador como para el de Alfaro. Parte del sufragio de esta siguiente elección será motivado por un ‘efecto arrastre’ de ambos gobiernos, toda vez que la aprobación de estos dos mandatarios supera el 40%. De acuerdo con Mitofsky, en diciembre de 2020, Alfaro marcaba una aprobación del 49.7%; mientras que en diciembre de 2020, según Mitofsky, López Obrador registra una aprobación en Jalisco del 43.2%. Considerando lo anterior, conviene destacar que el ‘voto de castigo’ o ‘voto opositor’ -indisociable en una elección intermedia- resulta ineludible o inevitable para aquellos que son gobierno: federal (Morena) y estatal (MC).

René Delgado señala que “los comicios electorales no sólo son oportunidades para elegir políticas, sino oportunidad, también, para castigar agravios” (René Delgado: ¿Democracia sin demócratas?).

De forma que la pregunta del millón es, ¿quién conseguirá el ‘voto de castigo’ o ‘voto opositor’?. De acuerdo con Reforma (diciembre de 2020), el segundo partido con mayor rechazo a nivel nacional, para la elección de diputados federales, es MORENA (16%), después del PRI (40%). En Jalisco este porcentaje podría ser mucho mayor para MC, que ha acumulado su propia carga negativa. Así que habrá un porcentaje -nada desdeñable- de electores inconformes que votarán en protesta, a favor de otro partido contendiente, que sea capaz de atender esa inconformidad. ¿Morena será capaz de captar el voto anti MC en Jalisco? ¿MC, podrá ser opción para los que rechazan a Morena? ¿Qué partidos podrán articular un discurso y propuesta, para estos electores inconformes?

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