Lo que pensamos y lo que decimos está constantemente condicionado por la opinión de la mayoría de las personas de cada uno de nuestros círculos. En estos días de discursos adversariales, es útil reflexionar sobre nuestras posturas y sus condicionamientos.
Ciertas pruebas, que desentrañan el pensamiento reactivo y el juicio individual, sirven para comprender por qué la discriminación se arraiga en la cultura. Una de ellas, el experimento de Asch, analiza el criterio de una persona cuando un grupo expone deliberadamente información opuesta a lo verdadero. Si en un equipo de cinco, por ejemplo, cuatro participantes nombran al color rojo como azul, quizá el “conejillo de Indias” responderá azul, aunque sus ojos muestren lo contrario.
Esta trampa puede trasladarse a los fenómenos de masas, donde la multitud comparte ideales y prejuicios. Es algo que subyace en el nazismo y su “psicosis colectiva”, tal como el psicólogo suizo, Carl Jung, etiquetó al movimiento; no olvidemos que el Tercer Reich persiguió a los hombres homosexuales y es un gran persuasor del racismo y la discriminación en la historia moderna.
Pero hay otros factores donde influye el pensamiento colectivo y se distorsiona el juicio: la disidencia no ha sido suficiente para contrarrestar que ciertos sectores de la Iglesia, como educadora de miles y miles de familias, tienden a permanecer con una visión no incluyente frente a la diversidad sexual.
Para los valores homogéneos es peligrosa la individualidad, sin importar que dicha creencia mutile la condición humana; otro ejemplo es la moral victoriana, cuyo paradigma es el encarcelamiento y la ruina de Oscar Wilde.
Es importante comprender la influencia de las masas, porque justo el pensamiento reactivo justifica las mayores atrocidades. La homosexualidad también ha tenido manifestaciones excepcionales: en el istmo de Tehuantepec florecen los muxes, género que rompe por completo las estructuras del machismo, mientras que, en Stone Wall, Nueva York, el 28 de junio de 1969, una serie de protestas contra la homofobia se volvieron paradigmáticas y hoy sirven para conmemorar el Día Internacional del Orgullo LGBT.
Si la cultura vale como margen normativo, vivimos un tiempo consciente de que la sexualidad de nuestra especie no puede reducirse, aunque no han pasado más de 30 años desde que la Organización Mundial de la Salud desclasificó la homosexualidad como un problema de salud.
La herencia discriminatoria aún es reciente y es necesario que las familias pongan en tela de juicio todo lo enseñado por las masas y la cultura. Un dato concreto: en el Consejo Ciudadano para la Seguridad y Justicia de la Ciudad de México, del total de reportes recibidos, el 41 por ciento fue por atención psicológica, y el problema principal era la aceptación social y el rechazo familiar. La familia es el núcleo de la discriminación en muchos casos.
México tiene la fortuna de contar con una ciudad capital que da la bienvenida a la diversidad.
@guerrerochipres
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