
Por Laura Gutiérrez Franco
En los pasillos de las cámaras empresariales y en las reuniones de alto nivel con el sector privado, el hoy Secretario de Economía, Marcelo Ebrard Casaubon, se presenta siempre con una narrativa impecable. Se proyecta como el hombre de las instituciones, el negociador técnico que abomina el influyentismo y que predica una honestidad a prueba de balas. Sin embargo, cuando la realidad de los privilegios familiares sale a la luz, esa fachada de pulcritud institucional comienza a desmoronarse.
Es difícil conciliar la imagen del funcionario que exige transparencia y cumplimiento normativo a los empresarios, con el hecho de que su propio hijo, Marcelo Patrick Ebrard Ramos, haya disfrutado de las mieles del poder en el extranjero. El escándalo de su estancia en la residencia oficial de la Embajada de México en el Reino Unido no es un simple “chisme” de pasillo; es la evidencia de una cultura de prebendas que se suponía extinta en el discurso oficial.
¿Cómo se le explica al ciudadano de a pie, o al empresario que lidia con la burocracia, que el hijo del entonces Canciller recibió hospedaje de lujo pagado con dinero del erario? Mientras se llena la boca hablando de “Austeridad Republicana” ante los foros económicos, pero principalmente cuando era Secretario de Relaciones Exteriores con Andrés Manuel López Obtador, en la práctica permitía que su familia utilizara activos del Estado —personal, mantenimiento y ubicación privilegiada en una de las ciudades más caras del mundo— como si fueran propiedades particulares.
El nepotismo y la prepotencia no siempre se manifiestan en la nómina directa; a veces se disfrazan de “cortesías diplomáticas” que solo están al alcance de los apellidos con peso en el gabinete. Resulta ofensivo que, ahora desde la Secretaría de Economía, se pretenda dar cátedra de ética profesional cuando no hubo empacho en permitir que Marcelo Patrick Ebrard Ramos gozara de beneficios que ningún otro mexicano en el extranjero podría soñar.
Al Secretario parece no darle pena que estas situaciones se conozcan. Quizá confía en que su habilidad política enterrará el tema, pero para quienes observamos el sector económico con lupa, el mensaje es claro: la honestidad que presume ante la iniciativa privada termina justo donde empiezan los intereses y la comodidad de su propia familia. El influyentismo sigue vivo, y hoy tiene nombre y apellido.
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