
Horacio Villaseñor
La distancia entre la ciudad que se proyecta en las pantallas y la que se padece en las calles es hoy un abismo ético. Mientras asistimos a una era de candidatos de Photoshop, expertos en vender un urbanismo de maqueta donde todo es orden, luz y armonía digital, la realidad territorial nos devuelve la imagen de ciudades de escombro, fracturadas por la ausencia de una gestión técnica real.
El gobernante que busca trascender a través del píxel y el render ignora que el prestigio no se construye con filtros, sino con la salud del metabolismo urbano. El deterioro de nuestras metrópolis no es un evento fortuito, sino una patología institucional. En términos biológicos, el cáncer no es el problema en sí mismo, sino la consecuencia de un sistema inmunológico degradado que ha perdido su capacidad de autorregulación. De la misma forma, las ciudades de escombro no son el origen del mal, sino el síntoma terminal de una administración de oportunistas que ha desmantelado sus defensas técnicas y su planeación.
Cuando un gobierno debilita la institucionalidad, ignora la ciencia territorial y prioriza la lealtad política sobre la capacidad técnica, destruye el sistema inmunológico del municipio. Lo que vemos después -el colapso de los servicios, el bache profundo y la inseguridad- es simplemente la metástasis de un organismo que dejó de ser protegido desde su raíz. Se olvida con ello la máxima de Don Arnulfo Villaseñor Saavedra, quien con claridad meridiana advertía: “No vengo a administrar efectos, vengo a gobernar causas”. Hoy, sin embargo, la política ha invertido la fórmula de manera peligrosa. Se gobierna para administrar el efecto visual, priorizando la cosmética sobre la grieta estructural. Un ejemplo crudo de esta negligencia es el cruce de la Avenida Américas con la calle Colomos, a apenas unas manzanas del brillo de la zona financiera de Guadalajara. Ahí, desde hace años, brota una mezcla de aguas negras y desperdicio orgánico que inunda el asfalto. El SIAPA ha intervenido el punto, por lo menos, en siete ocasiones: han cerrado calles,abierto el pavimento y “reparado” la zona, solo para que, semanas después, la mierda vuelva a brotar a la superficie. Eso es administrar efectos. Abrir y cerrar el suelo sin entender la dinámica del colector o la carga de la zona es un paliativo de vitrina; es ignorar que el problema no es la alcantarilla, sino un sistema colapsado por la falta de visión técnica de fondo. Por cierto, la responsabilidad original legal de la función de agua y drenaje, aunque exista el SIAPA es el ayuntamiento. Mientras las causas -el estrés hídrico, el drenaje insuficiente y la degradación del tejido infraestructural- quedan en el abandono por no ser “fotogénicas” ante la lente del consultor de imagen, la ciudad real huele a descomposición. Gobernar causas sería fortalecer la inmunidad de la ciudad para asegurar su supervivencia, no repetir siete veces el mismo error estético. Al final, cuando las luces de la campaña se apagan y el brillo del dispositivo se desvanece, lo que queda no es la estética del post, sino la infraestructura que falló y la amarga certeza de que se gobernó para la imagen mientras el patrimonio común se caía a pedazos. Mientras no se regrese a la seriedad de gobernar las causas y sanar a nuestras instituciones, seguiremos habitando el escombro que dejan, inevitablemente, las maquetas rotas.Personajes como Don Arnulfo comprendieron que el ejercicio del poder era un compromiso con la posteridad y el respeto irrestricto al Artículo 115; los actores actuales parecen conformarse con el impacto efímero de un like. Esa es, precisamente, su tragedia. Al optar por lo superficial y por una gestión que ignora el metabolismo urbano, estos políticos renuncian a la historia. No habrá instituciones que lleven su nombre con orgullo, porque lo que no tiene raíz técnica ni profundidad social, simplemente no trasciende. Don Arnulfo dejó una vara alta porque gobernó para la ciudad, no para el algoritmo. Los de ahora, en su afán de ser protagonistas de lo inmediato, están condenados a ser solo una nota al pie de página; un eco borroso frente a una estirpe de constructores que entendieron que la política, o es para servir a la ley y al ciudadano, o no es nada. La diferencia es clara: unos construyeron ciudad; los otros, solo están de paso por el presupuesto. ¡Ni hablar!
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.







