
Por Manuel Gutiérrez
Esto parece un cuento de hadas, pero fue historia real. Como se graduó la primera mujer en medicina en México en los tiempos de Don Porfirio Díaz Mori un presidente que modernizo México, que adoptó avances en salud pública y de paso tuvo detalles personales incomparables que lo enmarcan en su grandeza.
México luego de los gobiernos de Juárez y lerdo de Tejada, era una ciudad caótica, con inseguridad rampante en los caminos, delincuencia y miseria en cada calle, con olor desagradable de residuos humanos, con frecuentes brotes epidémicos de cólera y gastrointestinales, una ciudad que espantaba a los visitantes que en inicios del siglo XIX hacían referencias que los mexicanos vivían en un basurero, en forma desagradable, pero eso si en mucha fiesta.
Porfirio Díaz se aplicó a sancionar a quién no limpiara su calle, a la par, utilizó a los detenidos administrativos en labores de limpieza, como compensación social por su mala conducta, y estableció el primer servicio profesional de recoger la basura, mediante carretas y concluyó el anhelo virreinal, -desde entonces lo intentaban- de tener una red de drenaje de una ciudad moderna, a la par campañas preventivas y uso de vacunas y servicios hospitalarios de todo tipo para población. Ni en Dinamarca, pero en las postrimerías del siglo XIX.
A la par el alumbrado con faroles, la vigilancia día y noche, -el sereno- hizo seguras las ciudades aunque el trasnochar no era un hábito muy aplaudido en la época.
El alumbrado en cuanto pudo lo convirtió en eléctrico, sumándose a la red de tranvías, para una vida urbana de calidad. Esto refleja el progresismo efectivo de su gobierno, que observaba también las reglas de la época y que consideraba que las mujeres no merecían las oportunidades que estaban logrado en otras partes del mundo, a golpe de marchas y protestas.
Don Porfirio consideró que las mujeres podían ser más útiles con educación que sin ella. A parte de grandes aportaciones al derecho, abrió la facultad de jurisprudencia a las mujeres, que incluso con pleno desarrollo llegaron a ser…antireeleccionistas.
Pero la medicina, parecía un feudo inexpugnable, por la anatomía humana, las reglas morales y las costumbres de la época. Porfirio admiraba a las curanderas tradicionales de Oaxaca, y respetaba sus prácticas, pero porque no darles la oportunidad de ser médicos con todo el título que merca la ley. Notó que hacían falta. Externó sus meditaciones al respecto.
Un buen día, llegó a su escritorio una carta, de las que recibía por centenares de todo el país, en que había denuncias, peticiones de ayuda, asuntos agrarios y comunitarios, pero esta carta le enviaba una dama joven capitalina, conocida desde pequeña por su privilegiada inteligencia que la hizo leer a temprana edad a los 4 años, ser partera reconocida y quien a ingreso a la Escuela Nacional de Medicina, sorteando todo tipo de obstáculos, como discriminación, desprestigio, pero no aprobaban su certificado porque era exclusivo para alumnos, como decía la ley no se hablaba de alumnas.
La joven se llamaba Matilde Montoya Lafragua, y entró en la historia, llevada de la mano de su vocación y del apoyo de Díaz. Ordeno al ministro de educación Joaquín Baranda que aprobara su graduación impartiéndole las materias que le negaban por ser impropias para la mujer.
Incluso desde entonces le otorgó un subsidio de 40 pesos mensuales – algo equivalente a lo que ganaba un maestro de escuela- como beca. Con la intervención de Don Joaquín pudo cursar materias que la escuela vetaba por su condición femenina pero por orden de Don Porfirio.
Matilde Montoya tuvo que luchar contra la voluntad paterna que era conservadora y que no aprobaba que la mujer desarrolla su vocación en la medicina. En Puebla ingresó en la escuela de Medicina, pero la sociedad hizo una terrible campaña, incluso en la prensa, acusándola de protestante, masona, impúdica, depravada y como un mal completo que buscaba placeres prohibidos en la ciencia médica. Un desorden, pues.
Por ello emigró a México, a ingresar a la Escuela Nacional de Medicina en que realizó sus estudios en forma brillante, pero otra cosa era salir graduada. Los alumnos tomaron partido, los favorables les decían “montoyos” en tanto que alegaron que el reglamento decía alumnos, no alumnas y de ahí se negaban a examinarla para titulación.
Por ello se dirigó al presidente que leía todas las misivas, las contestaba o entrega a su secretario para ser mecanografiadas, y todos las firmaba él, enterado del contenido. Su respuesta sería sorprendente. “Estoy de acuerdo con usted” – le dijo lacónicamente-
Dado que el problema era legal, optó por emitir un decreto en 1887 que pasó al Congreso y fue aprobado, en que autorizaba a las mujeres a cursar estudios de medicina y se examinadas y tituladas. Para eso esa la ley, le dijo a Carmelita.
Luego de comentarlo con Carmelita Romero Rubio y que el historiador narra deliciosamente Pedro J. Fernández, en su libro “Yo Porfirio Díaz” y cito: “Como chingaos no íbamos a intervenir”, le dijo a Carmelita, mientras se sirvió un coñac, y le pidió lo acompañara al examen en que dio cita la prensa de la época, los curiosos, damas de sociedad y la comunidad científica.
Otra buena narración a la par está es un artículo de Revista Siempre, “Hace 125 años se graduó la primera mujer doctora en México” por Susana Hernández, 24 de agosto, con textura magistral y México Desconocido, aportó abundantes datos sobre el asunto, incluso INFOBAE se ocupó del tema que forma parte de los libros de la historia de la medicina y de los doctores en México, su enseñanza y su práctica y también es un episodio de la Historia de México.
Don Porfirio y Carmelita, decidieron caminar los calles rumbo a San Ildefonso donde sería examinada Matilde. En el camino saludó a quienes lo percibían, desde mercaderes callejeros, panaderos, policías que hacían el saludo militar,lagartijos, damas transeúntes.
La pareja presidencial decoró una tarde apacible del siglo XIX, en sus postrimerías del siglo XIX en una Ciudad de México, ejemplar. Díaz no usaba más escolta que su investidura y su atuendo formal de frac, sombrero de copa y un cuello almidonado y de blancura extrema en su camisa. Con el reloj de oro con cadena en el bolsillo del chaleco. Su calzado brillaba de lustre. Su porte era regio como el de Carmelita, elegante y discreto con channel.
Su silenciosa presencia en la primera fila por madrugador, del auditorio causó impacto y Matilde en tanto contestó con seguridad y acierto todos los cuestionamientos de los sinodales. Al día siguente fue su examen práctico en el Hospital de San Andrés ante un cadáver sobre el tema de la tesis y sus conocimientos prácticos, con todo el rigor, pero Matilde no se cohibió y supo contestar todo.
Para ello omitió llevar a Carmelita, -no era de buen gusto-pero se hizo acompañar de su señor padre, un connotado lerdista, Don Manuel Romero, y juntos fueron otra vez caminado, el examen lo sustento como sobresaliente valió la pena modificar la ley, modernizar al país, -pensó- en un paso que Carmelita lo justificó ampliamente, como su refinada cultura y su respeto por todos los mexicanos que logró como epílogo de su formación en que siempre fue mejorando, Porfirio.
Díaz siempre respetó el Poder Legislativo y al Judicial, y hasta las autoridades administrativas dependientes del Ejecutivo. Su civilidad y calidad de estadista y su personalidad lo hacen extraordinario. Su respuesta estuvo en su presencia, pese a sus ocupaciones del Palacio Nacional, la biografía de Pedro j. Fernández consigna un hecho que debería venir en los libros de texto, como un cuento, después de todo así entendíamos el grito de independencia, el pasado indígena de Juárez, la grandeza del México en el siglo XIX por su literatura, arte y magnifica arquitectura y un sistema democrático, aunque imperfecto, comprendido y acorde a su época. Ramón López Velarde, lo vió y lo retrató en su “Suave Patria” que tampoco viene en los libros de texto de oportunidad y confusión actual.
Matilde abrió dos consultorios, uno de ellos para vivir y otro para ayudar a la gente pobre en Santa Maria la Rivera, con la misma calidad. Siempre agradeció el gesto de Don Porfirio y muchas mujeres gracias a este gesto procedieron a ingresar a la carrera de medicina en México había operado un cambio con suavidad, sin violencia, pero abrió otra era, de derechos para la mujer.
Matilde respondió al apoyo con creces. No se hizo política, pero llevó una vida respetable, fundó un ateneo femenino y se vinculó con la cultura, siendo una gran doctora cumplió las expectativas del presidente.
Ella fue el modelo de un cambio al iba acompañada a la escuela por su mamá que creyó en su vocación siempre pese a las críticas. El presidente se mostró avanzado, humano y genial, usando el poder para la grandeza, no para la demagogia, era un tal Don Porfirio, que tiempos Señor Don Simón.
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