
Dr Gabriel Torres Espinoza
La elección colombiana volvió a recordarnos que América Latina no se mueve en línea recta. Después del ciclo progresista que prometió corregir desigualdades, la región parece entrar en una nueva estación política marcada por el endurecimiento del discurso, la priorización por el orden y la impaciencia frente a los matices democráticos. No es una derecha clásica la que avanza, sino una derecha bronca, emocional y radical.
La primera vuelta no solo colocó al derechista Abelardo de la Espriella en la antesala del poder. También exhibió el ascenso súbito del ‘antipetrismo’ como fuerza articuladora. El rechazo a Gustavo Petro dejó de ser un malestar disperso,para convertirse en una identidad política capaz de sumar votos, desplazar liderazgos tradicionales y convertir la elección en un plebiscito sobre el gobierno saliente. Cepeda llega a la segunda vuelta con una base progresista considerable, pero enfrenta una dificultad mayor. Ya no compite solo contra un adversario, sino contra una coalición apasionada, construida alrededor del miedo a la continuidadde Petro.
Lo más significativo es que esa ola no pasó por los cauces tradicionales del uribismo. De la Espriella desbordó a Paloma Valencia y al uribismo institucional, no porque lo negara, sino porque lo volvió insuficiente. Allí aparece una derecha ‘posuribista’, más mediática, más radical en la promesa y menos obligada a rendir cuentas ante las viejas estructuras ‘uribistas’. Es el salto de la derecha doctrinaria a la derecha ‘performativa’. No necesita explicar demasiado. Le basta encarnar el hartazgo.
Ese fenómeno forma parte de una conversación regional donde Bukele, Milei y Trump funcionan como imaginario político antes que como modelos de gobierno. La promesa es simple y poderosa. Orden frente al caos de seguridad, autoridad frente a la incertidumbre, castigo frente a la frustración social. La pregunta es si esa energía puede traducirse en gobierno democrático o terminará erosionando los contrapesos que dice venir a rescatar.
Colombia entra a segunda vuelta donde no solo se disputará la Presidencia. Se disputará el modelo que organizará mayoría. El miedo a la continuidad de Petro o el miedo a una derecha sin freno. En esa tensión se juega, el rumbo democrático de una región fatigada.
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