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Gabriel Torres Espinoza.

Somos testigos de una auténtica rebelión silenciosa contra los principios de la democracia, el federalismo, el equilibro entre poderes y el Estado de derecho; emprendida -en primer término-, por los mismos electores. El autoritarismo está de moda porque acusa un éxito electivo inusitado. El autoritarismo no requiere de golpes de Estado para hacerse del poder, porque gana ampliamente elecciones en diversos países, incluso con democracias consolidadas. Los líderes de perfil autoritario son hoy electoralmente rentables. Encuentran empatía con los votantes al emprender la batalla contra los partidos, las instituciones, los medios de comunicación y los organismos públicos. La mayoría de los votantes se inclinan por un líder fuerte, aunque los haga retroceder. Se reconfortan con los discursos que aludentransformaciones fundacionales o reinvenciones constituyentes, que se justifican en un discurso basado en la superioridad moral.

El gobierno no debe estar más en manos de políticos de carrera, de cúpulas empresariales, de intelectuales o de los técnicos en la administración de lo público. El poder debe ser para ‘la gente’, para eso que se dice es ‘el pueblo’, que arriba al gobierno ‘personificado’, a través de un líder de perfil autoritario altamente empático para las mayorías votantes por valentón, pendenciero y retador. Un líder fuerte que de cara a lo institucional, que enfrente iracundo la críticade los medios de comunicación, que cuestiona la extensión de derechos para las minorías, a los partidos de oposición, a los derechos humanos y al equilibrio entre poderes. Un monarca sexenal, con poderes ilimitados, que su palabra sea ley.

Se alienta con votos un antes y un después del arribo al poder de un líder fuerte trasgresor, ‘políticamente incorrecto’. Uno que socava la libertad de expresión, los frenos y contrapesos institucionales, y el derecho disentir en la opinión pública. En este momento de furia colectiva, de blancos y negros, de todo o nada, se manifiestan ‘movimientos’ que cosechan sufragios, alimentados por el resentimiento a los años de democracia que configuraron gobiernos de resultados pobres, altamente corruptos. Se impone así la mayoría de los que se saben rezagados, dolidos, excluidos por un arreglo putrefacto, que normalizó –efectivamente- la delincuencia de ‘cuello blanco’. Es la consecuencia absolutamente explicable de ese ‘derecho de despojo’ al que recurrieron los funcionarios para pillarimpunemente. De la tolerancia consentida de la clase política para el saqueo y el daño al patrimonio público. De la red de complicidades que caracterizó a los políticos ‘profesionales’. Del fracaso de una generación de gobernantes -sin formación política- que entre el poder y el dinero, escogieron el enriquecimiento, y construyeron con ello su derrota electoral. El autoritarismo arriba democráticamente al poder, robustecido en legitimidad social, con ideas tanto liberales como conservadoras, de izquierda o de derecha en diferentes países. Lo rentable hoy es la explotación elocuente de lo políticamente incorrecto, a partir de la polarización social y el conflicto como elemento discursivo.

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Maestro en Filosofía por la UNIVA. Actualmente es Director General de Canal 44 y Canal 31.2 de la Universidad de Guadalajara (UdeG); Institución en donde además ha ocupado los siguientes cargos: Vicerrector General Ejecutivo, Rector del Centro Universitario de la Ciénaga, Director General de Medios UdeG y fundador de la Licenciatura en Periodismo. Es Presidente del Consejo Consultivo de Notimex y Vocal Propietario ante la Junta de Gobierno de la agencia de noticias del Estado mexicano. Y recientemente fue nombrado director de la Asociación de Televisiones Educativas y Culturales Iberoamericanas, ATEI. Twitter: Gabriel_TorresE

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Coyuntura

Infraestructura sanitaria y seguridad nacional

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La Segunda Guerra Mundial trajo consigo un ‘golpe de timón’ de especial relevancia con relación a la inversión en ciencia y tecnología: ésta adquirió un enfoque de seguridad nacional con la invención de la bomba atómica. Durante décadas, la Guerra Fría forjó este principio entre las superpotencias. Después del Covid-19 se suscitará un cambio de paradigmas de igual magnitud en el Orbe. Habrá una intrínseca y sustantiva relación entre la inversión en infraestructura sanitaria y personal médico, con la seguridad nacional [ante pandemias] y la estabilidad macroeconómica de un país. JP Morgan predice que, en México, la economía podría decrecer en un 7% por los efectos del coronavirus [Moody’s predice un desplome de 3.7%]. 

Los países han emprendido estrategias que han permitido mitigar el impacto de esta pandemia: test masivos y corresponsabilidad social [Alemania y Corea del Sur], distanciamiento social y cuarentenas [China], protocolos culturales personales de higiene y uso masivo de cubrebocas sin recurrir al confinamiento obligatorio [Japón, p. ej.] y cortar la cadena de contagio aislando a las personas contagiadas y sospechosas –conocidos como ‘grupos de brote’– con el uso de tecnología de rastreo [Singapur, v.gr.], entre las que más destacan. Si el número de contagios se vuelve crítico para el sistema de salud, ante el repunte dramático de los contagios, habrá un indicador que definirála tasa de letalidad del virus: la tasa por cada mil habitantes de camas hospitalarias para atender los casos graves.

La OMS recomienda un mínimo de ocho camas hospitalarias por cada mil habitantes. El promedio que registran los 36 países que integran la OCDE es de 4.7. No obstante, nuestro país la tasa más baja: un total de 1.5. Actualmente, los países del Primer Mundo con mayor número de muertes ante el coronavirus son aquellos que tienen una tasa por debajo de la media de la OCDE al 29 de marzo: Italia, con una tasa de 3.2 camas hospitalarias y 10,779 muertos; España con una tasa de 3.0 y 6,733 decesos; y Estados Unidos con una tasa de 2.8 y 2,191 defunciones. 

De acuerdo a datos oficiales, a nivel estatal, la Ciudad de México lidera la tabla, con una tasa de 3.7 camas hospitalarias por cada mil habitantes [son contabilizadas las del sector público (federal y estatal) y privado]. En un segundo sitio se encuentra Campeche, con una tasa de 2.3. Le sigue Sonora, con 2.2; Coahuila y Durango, con 2.1; Nuevo León 2.0; y Jalisco con 1.8 [encima de la media que es de 1.5]. Sin embargo, en los tres últimos lugares, se encuentran Oaxaca y Guerrero con una tasa de 1.1, y finalmente Chiapas con una tasa de 0.8. 

En virtud del carácter que han tenido las últimas dos pandemias (H1N1 y Covid-19), que complican el sistema respiratorio, empieza a surgir un nuevo indicador: el número de camas de cuidados intensivos por cada 100 mil habitantes. Estados Unidos lidera la tabla con 34.7, le sigue Alemania con 29.2. Corea del Sur tiene 10.6. Japón tiene un total de 7.3 y China de 3.6. En México se desconoce este dato. Mientras tanto, ayer se instaló en el Central Park de Nueva York un hospital de campaña, para hacer frente a la demandas de camas para el COVID-19.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político: Después de la pandemia no habrá normalidad alguna a la cual regresar

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Por Carlos Ramírez.-

Si en Palacio Nacional existe una estrategia –criticada, pero existente– para superar la pandemia del COVID-19, el gran desafío será el regreso a la normalidad. A la crisis del H1N1 le ayudó la crisis financiera provocada por la quiebra de la financiera Lehman Brothers de 2008 para distraer a la sociedad.

Las tres grandes catástrofes naturales anteriores –los terremotos de 1985, la pandemia del H1N1 en 2009 y los terremotos del 19 de septiembre de 2017– tuvieron impactos en el PIB: -3.8% en 1986 y -5-3% en 2009, pues los terremotos de 2017 ocurrieron en una economía cuando menos sólida.

Los efectos económicos del COVID-19 están siendo calculados hasta ahora con tasas de -2% a -7%, con la circunstancia agravante del -0.1% de 2019. En el peor escenario de -7% para 2020, el PIB necesitaría crecer en los cuatro años restantes del sexenio en 8% para mantener la meta presidencial de 4% promedio anual sexenal; y si el PIB de 2020 llega a -4%, entonces los cuatro años restantes tendría que crecer al 6% promedio anual. En la realidad no existe ninguna razón racional para esperar PIB de 6% u 8%

Lo malo de la crisis actual radica en tres hechos que siguen impidiendo que la economía pueda crecer más de 2.5%:

1.- No existe un proyecto de crecimiento económico como objetivo, pues la política económica ha privilegiado la política social de asignación directa de subsidios con fondos quitados a la producción.

2.- No existe un pacto productivo con el sector privado para regresar a la economía mixta que en el pasado fue uno de los motores del crecimiento económico de 6% en el largo periodo 1934-1983.

3.- Y no existe la propuesta de un nuevo modelo de desarrollo con reformas estructurales productivas que permitan regresar a crecimientos de PIB arriba de 4% sin generar presiones inflacionarias y devaluatorias.

En este contexto y con estas limitaciones, el regreso de México a la normalidad anterior a la pandemia de este año estará acotado por las descalificaciones de los organismos financieros privados y públicos contra la política económica del gobierno lopezobradorista. Y si bien el gobierno mexicano tiene todo el derecho de cuestionar las descalificaciones, de todos modos, dependerá de los informes de las calificadoras en tanto México siga siendo parte del sistema financiero internacional, tenga deuda-lastre y mantenga la necesidad de inversiones extranjeras que determinan llegadas en función de los reportes de las calificadoras.

Dos crisis anteriores –terremoto de 2017 y pandemia H1N1– no necesitaron de golpes de timón en la política económica ni el modelo de desarrollo porque estallaron en medio del control de la política económica. Los terremotos de 1985 atraparon al gobierno de De la Madrid en el centro de la reforma de mercado que le redujo fondos y movilidad al Estado.

En todas las crisis de la naturaleza anteriores e inclusive en las crisis financieras, la salida fue la configuración de acuerdos productivos, políticos y sociales para potenciar la política económica con el sector empresarial, lograr el apoyo político con concesiones a los partidos en el Congreso donde se discutían las estrategias de emergencia y el liderazgo presidencial para acotar los márgenes críticos del círculo rojo.

En todos los casos, los presidentes de la república operaron para cohesionar a la sociedad y liderar a los sectores bajo la hegemonía del Estado: De la Madrid llegó tarde, pero le ayudó el enfoque estratégico sociopolítico de Manuel Camacho como operador; Calderón se adelantó para distraer la atención de los efectos recesivos del crack de Lehman Brothers; y Peña Nieto cedió el manejo de la crisis a las autoridades capitalinas.

El colapso económico provocado por el COVID-19 atrapó a la economía en una fase recesiva determinada por el desinterés presidencial en el PIB y la prioridad en la política social asistencialista directa, propia una economía tipo Europa del norte. Por ello, el PIB previsto para 2020 antes de la pandemia estaba ya en 0.5% en enero y habría de seguir bajando hasta una tasa similar a la de 2019 de -0.1%, sin que hubiera en los planes de Palacio Nacional alguna estrategia para pactar un repunte del crecimiento vía –como ha sido siempre y tendría que seguir siendo en tanto prevalezca el mismo modelo de desarrollo estatista– un acuerdo productivo con los empresarios.

En este sentido, el regreso de México a la normalidad económica, política y social carecerá de expectativas para salir del hoyo recesivo de -4% a -7% de PIB y no tendrá los fondos fiscales necesarios para una reactivación inmediata. Los primeros cálculos de los analistas refieren que el PIB estará debajo de 0% –es decir: negativo– hasta finales de 2021 y podría comenzar un crecimiento lento no mayor a 2% para lo que resta del sexenio.

Es posible que la normalidad esperada sea peor a la existente antes de la pandemia.

-0-

Política para dummies: La política es el todo, no las partes.

 

http://indicadorpolitico.mx

indicadorpoliticomx@gmail.com

@carlosramirezh

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Coyuntura

Si no pueden controlar ni el muérdago ¡menos el coronavirus!

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Por Horacio Villaseñor Manzanedo*

Desde hace décadas existe, en la metrópoli, la pérdida masiva de árboles en los limitados espacios verdes existentes a causa de una planta parásita, denominada muérdago, que vive sobre los troncos y ramas y que, a pesar de que a simpe vista, es fácilmente detectable, los ayuntamientos no han podido resolver. El problema no es el muérdago, el problema es, la ineptitud, la falta de capacidad de los directivos públicos que no saben qué hacer para controlarlo, argumentando tener pocos recursos disponiblesque en mi opinión tampoco el problema es de dinero, sino de falta de inteligencia institucional. Los problemas públicos de un Ayuntamiento son del Ayuntamiento, no de los directores públicos de las dependencias, entendido el Ayuntamiento como el espacio colegiado de regidores, equipo directivo, que debería ser un espacio institucional con suficiente capacidad para decidir, reestructurar y reorganizar la administración toda, incluyendo las finanzas, obvio, sin olvidar que el dinero no suple a la inteligencia. La realidad es que típicamente, ni los regidores ni sus equipos, son gente preparada para la función pública ni tienen la mejor experiencia en lo que hacen. Hace muchos años, más de treinta y tres, cuando inició mi interés por observar y estudiar las administraciones públicas municipales, erróneamente creía que los ayuntamientos no funcionaban porque, “la tropa”, los servidores públicos de base, eran gente floja, irresponsable y mañosa, pero con el tiempo me di cuenta y entendí que la mayoría de los trabajadores son personas de  gran calidad, valor ético y técnico, que si no dan el resultado deseado, es porque sufren la desgracia de tener, periodo a periodo, jefes, directivos públicos, amigos de alguien, improvisados que no saben ni entienden bien la función pública y mucho menos dirigen a la gente bajo su encargo, adecuadamente. El drama es que, “la tropa”, termina haciendo, periodo a periodo, lo que siempre ha hecho, con el mismo sueldo, sin la posibilidad de ocupar los cargos directivos y aguantando a sus superiores que en el mejor de los casos son gente buena, pero ignorante, que no les puede enseñar nada nuevo de la gestión pública. Pues con esos típicos equipos directivos, chafa, ahora hay que atender y tratar de ayudar paracontrolar, en los espacios públicos municipales,bajo su responsabilidadlos contagios de una epidemia. ¿Cuántas cuadrillas tendrán para ello? ¿Cuántas veces al día sanitizarán los mercados,panteones, rastros, edificios públicos, parques y jardines, calles, avenidas y calzadas de la ciudad? Si no pueden controlar ni el muérdago ¡menos el coronavirus!   

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