
Mtro Horacio Villaseñor
Guadalajara ha ganado premios que dicen la posicionan como referente regional en materia ambiental; sin embargo, al recorrer las colonias de la ciudad, surge una pregunta inevitable: ¿por qué premiarla si está hecha un asco? Banquetas saturadas de basura, maleza, escombros abandonados, ramas y hojarasca, proliferación de grafiti y propaganda adosada. La realidad es que Guadalajara está “peor que nunca”, entonces ¿por qué los premios? Los “expertos” internacionales miden el éxito de una gestión con base en las inversiones que se hacen y eventualmente en pilares administrativos como la “municipalización” que al inicio del presente periodo de la administración se hizo, creyendo que Guadalajara estaría limpia solo retirando la concesión del servicio de recolección de bolsas de basura que durante décadas tuvo una empresa privada. La creación del organismo GDLimpia fue interpretada como una decisión política valiente para recuperar el control directo de los residuos, pero la inexperiencia en la acción pública no permitió ver a los actuales “funcionarios” que cambiar de chofer en un “automóvil inservible” no sirve. Me explico: El sistema actual de recolección domiciliaria sigue obligando a los vecinos a depositar sus deshechos en la vía pública durante horas, dejándolos a la mano de pepenadores en situación de indigencia, perros, gatos, ardillas, ratones y aves que destrozan las bolsas y hace un tiradero convirtiendo las banquetas en focos de infección y un desagradable desorden visual hasta que el camión completa su recorrido. Asimismo, existe una brecha conceptual entre la “gestión del residuo” y el “aseo público”, mientras el reciente premio otorgado celebra el manejo de las toneladas de basura que llegan al relleno, el ciudadano padece la ciudad sucia. Los premios parecen funcionar más como un incentivo político hacia lo que la ciudad debe llegar a ser, que como una certificación de una pulcritud ya alcanzada. En mi opinión, ese “automóvil inservible” es el actual modelo lineal de recolección diseñado a finales del siglo XIX para un mundo que ya no existe: uno donde la basura “desaparecía” mágicamente al sacarla a la banqueta y que por ignorancia institucional aún se mantiene, en este caso, lo único que hizo el ayuntamiento fue ponerse al volante y darle una pintadita a ese modelo creado hace más de cien años que debe sustituirse por uno que sí sirva. Lo único que hicieron fue renovar los fierros de un modo de recolección inoperante. En última instancia, el galardón que Guadalajara recibió ahora no premia una ciudad limpia, sino un plano sobre el papel que aún no aterriza en el asfalto. Al aferrarse a un modelo lineal de ‘sacar la bolsa a la calle’, la autoridad ignora que el espacio público ha cambiado: hoy es un ecosistema de pepena, fauna urbana y degradación climática que convierte la espera del camión en un foco de infección inevitable. Mientras los funcionarios celebren el cambio de logotipo en los camiones (el chofer) sin cuestionar la obsolescencia de la ruta y el depósito en vía pública (el automóvil inservible), los premios seguirán siendo espejismos diplomáticos que contrastan dolorosamente con la suciedad que el tapatío respira todos los días al salir de su casa. En materia de gestión de residuos, urge transitar de la “ciencia normal” a lo que los expertos llaman Ciencia Posnormal. Guadalajara tiene hoy el trofeo en la vitrina, pero la verdadera calificación se sigue jugando, bolsa por bolsa, en cada esquina de la ciudad. ¡Ni hablar!
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