Por Manuel Gutiérrez
La invasión a Ucrania ha tenido efectos en la economía de Rusia. Si bien hubo una mejoría de la situación económica a partir del 2022, ahora esa curva favorable llega a su fin, según la economista Janis Kluge, citada por el Instituto Alemán de Asuntos Internacionales y de Seguridad (SWP).
La bonanza de los ciudadanos está directamente relacionada con las decisiones macroeconómicas determinadas por el gobierno de Putin. El asunto es que, para dar la vuelta a la guerra, Rusia implementó un gasto militar un 30 % mayor respecto a las cifras anteriores. Desde 2026, ganar la guerra representa una carga económica indubitable para la reserva monetaria de Rusia y para su Producto Interno Bruto (PIB), el cual compensó las cifras de desempleo al requerir la producción de diversas armas y municiones a un ritmo mayor.
La variable de la guerra, por tanto, es de gran importancia para el Kremlin. Precisamente, la intención de los economistas era reducir el costo de la contienda para evitar problemas presupuestales, ajustes y reducciones; sin embargo, las ganancias que el país invierte en ganar la guerra han resultado más elevadas de lo previsto.
Las previsiones económicas eran alcanzables, pero la necesidad de la victoria pesó más que los números y los presupuestos. Las guerras, sobre todo a largo plazo, requieren financiamiento porque el presupuesto ruso no es ilimitado. Los gastos aumentaron año con año, llegando a multiplicarse hasta por cinco hacia el quinto año del conflicto.
En este año, Rusia manejaba un presupuesto del 2.8 % del PIB —indicador principal de una economía, ya que suma todo lo que se produce en bienes y servicios—, pero la liquidez del PIB, es decir, el Fondo Nacional de Riqueza rusa, se redujo al 1.6 % y gasta el doble.
La solución es la misma para todos en todas partes: un 2.8 % del PIB tampoco representa un problema grave porque todavía pueden endeudarse en su mercado interno; es decir, disponer de los fondos a plazo fijo y de obligaciones que los rusos tengan en su banca. Durante la Segunda Guerra Mundial, los Estados Unidos promovieron la venta de deuda con sus ciudadanos mediante bonos de guerra, promovidos por sus figuras heroicas en extensas giras por todo el país, apelando al patriotismo más que a los rendimientos o a las garantías de recuperación de la inversión (es decir, apelando al sentimiento más que al rendimiento financiero).
Esta acción parece más remota en Rusia, que si bien sustrae ciudadanos jóvenes (y no tanto) para enviarlos al frente con incentivos de altos sueldos —si viven para cobrarlos—, tiene acceso a los BRICS; es decir, endeudarse con China, India, Sudáfrica o Brasil para conseguir recursos en el año decisivo de la guerra.
Si el reloj no es favorable para Rusia en su ofensiva, sus logros se convertirán en una debacle. Es decir, en la medida en que Ucrania resista, gana tiempo. Ucrania también recurre al endeudamiento por todas partes, pero la promesa de participar en la reconstrucción completa de un país resulta muy tentadora. Es un nuevo Plan Marshall, aunque sin los Estados Unidos, o tal vez en esa etapa de victoria reaparezca Trump con sus intereses. Rusia no está tan destruida, pero su estructura energética se vio muy golpeada por Ucrania; las finanzas retenidas por la UE y Estados Unidos, sumadas a la liberación de su venta de petróleo, permiten que los préstamos puedan fluir.
La ganancia misma, si logra la victoria, consistiría en repartirse Ucrania, explotar Crimea y lanzarse a buscar tierras raras y petróleo; con ese argumento puede conseguir créditos. Pero el crédito genera un problema con el tiempo: acumula intereses, aumenta el déficit y se convierte en una complicación, debiendo abrir el portafolio a bienes rusos que garanticen el pago.
Actualmente, la guerra se apoya en préstamos con los bancos de Rusia y en el Fondo Nacional de Riqueza, con el que empezó la invasión y sobre el cual nunca se pensó que se mermaría; de hecho, ya lo extinguieron.
El gasto civil silenciosamente pasa a ser sacrificado en una guerra. No se invierte en infraestructura, servicios o mantenimiento de carreteras, para luego recortar el gasto social; sin embargo, esto puede generar reacciones por ser un punto sensible, aun siendo la de Putin una dictadura. Es decir, Moscú recortará el presupuesto para cubrir el costo de la guerra, lo que implica más impuestos; no tanto vender bonos de guerra, sino recaudar tributos. Para ello han subido el IVA, el impuesto sobre la renta y el impuesto a los ingresos de cada año; esta tendencia va al alza y continuará. Pese a todo, el camino que le queda es el endeudamiento.
El impacto a las refinerías y grandes depósitos, si bien ha afectado y ocasionó un racionamiento en julio, ha sido contenido por la gestión de crisis de Putin; pero la realidad es determinante. Si continúan ese tipo de ataques, los efectos pueden generar escasez.
En realidad, más que las refinerías incendiadas, el impacto importante es el efecto del dinero en la población de Rusia, las expectativas de las empresas y de la misma ciudadanía. Rusia, entretanto, ejecuta expropiaciones muy agresivas, como en el caso de Nestlé, y declara enemiga a Suiza; por ende, se apoderó de la industria —fundamentalmente de leche en polvo y otros productos—, generando una percepción negativa para el capital extranjero.
Nestlé seguía operando en Rusia, pero ahora el Estado se hará cargo. Nestlé sí lograba mantener su base de trabajadores y sus ganancias. Ahora el Estado ruso asumirá la administración.
Si los ataques son frecuentes, se percibe una situación de riesgo permanente; por ello se han aumentado los rendimientos de los bonos del Estado, en una guerra que ha entrado directamente a relacionarse con la economía.
Rusia, por ahora, genera desconfianza y bajas expectativas. Para los rusos que trabajaron en empresas occidentales que abandonaron el país, cerraron o fueron tomadas por el Estado, los efectos han sido nocivos; en cambio, la industria de defensa y los proveedores del ejército ven en la economía de guerra oportunidades de empleo y de mayores ingresos.
Putin sabe que una guerra puede ser impopular, pero para evitar esa percepción ha aumentado los salarios, incluso tomando como base la inflación (que es alta); para muchos rusos, la guerra ha representado una situación económica mejor que la que tenían antes de 2022. Sin embargo, esto es efecto del gasto militar y de la intervención del Estado en la economía —una especie de keynesianismo militar—, donde la economía de guerra impulsa temporalmente la actividad laboral.
Pero esa burbuja está terminando. El tiempo sigue su paso y los aparentes ganadores de hoy pueden ser los derrotados de mañana, debido a la escasez de mano de obra, los aumentos del gasto público y, sobre todo, porque la inflación no tiene control. Con ese escenario, los salarios pronto serán alcanzados por la inflación, el endeudamiento y el redireccionamiento de recursos para la guerra; esto provocará que el bolsillo del ciudadano se reduzca y se vea afectado, sintiendo en su dinero el efecto del conflicto.
Por tanto, una llave para entender lo que viene será la presentación, a finales de este mes de septiembre, del presupuesto ruso para el próximo año. Los ataques de Ucrania pueden generar tasas de interés más elevadas y hacer que aumente el costo de la deuda.
El problema es que ambos contendientes carecen de suficientes soldados, aun con la asimetría poblacional. Nadie quiere ir a la guerra, y por cada ciudadano convertido en soldado, hay uno que se oculta, sale del país o busca eludir el conflicto. Todo ello importa porque si Rusia recurre a intensificar el reclutamiento —cosa que de hecho está haciendo—, genera presión social.
Finalmente, por ahora se cuenta con la flota fantasma y la venta a China o India de petróleo a precios preferenciales —un dumping político de Rusia que la priva de recursos—. Si el barril de petróleo se mantiene por encima de los 100 dólares y si continúan las dificultades de Irán, la demanda de su crudo puede estabilizar la oferta… pero reduciendo su ganancia.
Este es el punto que precisamente quiere controlar Trump: no pacificar, sino seguir con el negocio de las multinacionales petroleras, sus familiares y allegados, quienes están ganando miles de millones con la fluctuación del mercado.
El estrecho de Ormuz no logra ser controlado, pero Rusia nada en petróleo; la apoyan contra Ucrania y abren el grifo de un recurso mundial, jugando un papel decisivo y enriqueciendo como nunca a la mafia de Washington, que en cierta forma aspira a ser «huachicolera»; es decir, a manejar el tráfico para su beneficio.
Esta es una visión económica de la guerra, que ha entrado y presiona en el conflicto. El tiempo, quién tenga la iniciativa, el terreno y el petróleo son los factores que pueden dar la victoria; pero si es tarde, el escenario se volverá contra Putin por simples razones económicas.
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