Por Manuel Gutiérrez
Esta nota salió en el periódico mundial El País, el 7 de enero de 2026, por Juan Pablo Quintero. Todo su contenido ha sido confirmado y fundamentado en fuentes judiciales en los Estados Unidos y Colombia. Tomaré los datos y con ello les platicaré un cuento de espías, pero no fue cuento, fue tragedia originada por un amor extraño y por la afición a los autos Jaguar, entonces ingleses.
Aldrich Ames, a los 84 años, falleció en la prisión federal de Cumberland, Maryland.
Con ello cerró una vida de lujos ostentosos y derroches, y sus acciones influyeron en efecto dominó en Colombia y pusieron de cabeza al mundo desde Rusia, Europa y Estados Unidos.
Aldrich era un tipo romántico. Y era un diletante: le gustaban los finos tabacos, el coñac, los restaurantes caros, las joyas, los relojes lujosos y los Jaguar; eran su sueño.
En 1982 conoció en la CDMX a María del Rosario Casas Dupuy, filósofa egresada de un intercambio en Princeton con la Universidad de los Andes en Bogotá. Una dama culta, refinada, de buen ver y mejor tocar, con marcada elegancia en cada detalle.
“Chayito” era agregada cultural en la Embajada de Colombia en México. Una chamba natural para su gracia, su espléndida estampa y por estar altamente calificada para eso.
El apellido Casas-Dupuy era representativo de la aristocracia colombiana.
Su padre había egresado de Princeton y fue alumno de Albert Einstein. Fue secretario general del Partido Liberal en su país y rector de las universidades Jorge Tadeo, en Cartagena, y la de Tolima. Era un factor determinante en la educación de su país, así como de su Partido Liberal.
La madre, Cecilia Dupuy, era profesora de literatura, vinculada a los más selectos círculos intelectuales, con justa razón, y se desenvolvía perfectamente en las embajadas, entre la cultura sofisticada de Nueva York, de París, de México y de Bogotá.
Y el apellido Dupuy venía del abuelo Alberto, un ingeniero de origen francés, y como nos encanta lo extranjero a los hispanoamericanos, eso le añadía más “charm”…
Ames era un estadounidense burócrata, un güero atlético, pero sin tanta gracia ni dinero. Su corporación era la CIA, no la General Electric.
Conoció a Rosario en la CDMX y se enamoró perdidamente, pero descubrió que su salario no alcanzaba para convivir cómodamente con la encumbrada dama. Días de champaña, de lujo, de bon vivant, y todo era maravilloso con Rosario, excepto las cuentas por pagar.
Estaba casado con Nancy Segebarth, otra burócrata espía de la CIA, que no tenía ese sabor superior y, al enterarse, pidió el divorcio, se puso feroz y lo dejó en la calle de la amargura, porque se defendió muy bien.
Pero Ames estaba libre para seguir el amor y eso es lo que quería hacer, aunque el mundo rodara.
En agosto de 1985, haciendo malabares para guardar las apariencias, se casó nueve días después de su divorcio, realizando el sueño de su vida. Tenía que comprar en Tiffany’s, regalar bolsas Hermès, litros de Chanel No. 5 y luna de miel en París.
La boda, los arreglos, la música, la ceremonia, los anillos, el brindis, todo sumó onerosos gastos porque no podría ser de otro modo: lograba una Dupuy legítima, genuina.
Pero “condenado dinero que no sabe del amor”… Romeo aprendió que Julieta le iba a costar todo. Fausto por poco se va al infierno por Margarita. Ames estaba quebrado, pero contento.
Desesperado, regresó a Langley y se puso a buscar una salida. ¿Qué podría vender que el mundo le pagara con holgura para seguir en su sueño?
Su idílico momento no podía desplomarse por fruslerías como el dinero, que dicen que no hace falta en el amor, pero Ames sostenía lo contrario.
LA CAÍDA Y EL AMOR POR LOS JAGUAR
Era encargado de contrainteligencia y tenía acceso a las identidades de valerosos oficiales soviéticos que, arriesgándose a pasar información vital, se la rifaban por la idea de que debilitarían a su perverso régimen.
Ideó una salida ingenua, pero criminal: entregar por dinero a la KGB a los oficiales soviéticos, simplemente porque los consideraba agentes dobles. Supuso que no valían la pena y que eran ya conocidos por los rusos, con una ligereza asombrosa.
Según él, Moscú ya conocía ese dato, por lo que su jugada no afectaría a nadie. Nadie saldría lastimado. Luego tomó un lápiz Verithin verde y palomeó documentos que deseaba vender, sin saber que con un lápiz se puede matar; en otros usó uno rojo.
Eran los fines de los 80 e inicios optimistas de los 90.
El comunismo parecía una pesadilla lejana, superada, que no volvería a asustar a nadie, que no perseguiría o mataría de hambre a nadie.
Occidente estaba libre para buscar su decadencia moral y gozar de placeres y vicios, ya no había peligro alguno. Así pensó también Ames.
Los Estados Unidos languidecían por falta de rivales que los presionaran al avance tecnológico o militar. En ese tiempo consideraron que el tanque de guerra era obsoleto, postergar proyectos de barcos o aviones, que debían desmantelar bases, neutralizar misiles nucleares.
E incluso la CIA era redundante, no hacía falta para nada, sus operaciones ya no justificaban el gasto. Era el mundo de la globalización, mundo del derecho, en que las armas y las conspiraciones no cabían. Voces en el Congreso pedían que la cerraran.
En ese ambiente relajado, sin que nadie revisara las bolsas a las salidas, preparó lo que llamó el “Big Dump”: una bolsa con siete libras de peso, cargada de documentos oficiales, cables clasificados, códigos y, lo peor, la lista de los activos que operaban para la CIA en Moscú y otras ciudades.
Diez agentes de primer orden fueron ejecutados en Rusia para empezar. Ames no disparó una bala, pero su lápiz los condenó a muerte. Su traición se manchó de sangre en el mundo.
Una parálisis operativa de más de 100 actividades se truncó. La CIA por la calle de la amargura, todo quedó de cabeza. El negocio prosperó y los rusos pidieron más. Había todo el dinero del mundo para comprar a Ames y este quería comprar el mundo y más Jaguars.
Para colmo, Ames, ya encarrerado, comenzó a añadir planes de defensa, programas técnicos ultrasecretos de aviones, misiles, submarinos; incluso informó de las capacidades de las redes aliadas de la OTAN. Por eso se asemejan tanto las armas avanzadas: unos las diseñan, otros las copian.
El déficit de 50 mil dólares se cubrió con creces en la primera entrega, pero había vendido su alma al diablo. Un río de dólares le llegaba de Moscú por diferentes vías.
Ahora podía disfrutar de su vida esplendorosa de exitoso americano enamorado y su esposa era feliz.
Para 1989, Rusia había pagado 1.8 millones de dólares. Aldrich Ames, sus cuentas de ahorro e inversión crecían y adicionalmente le reservaron 900 mil dólares en un banco de Rusia. Fue una manera de pagarle sin desembolsar. Nunca llegaría a Rusia ni sería huésped en retiro de la patria socialista.
Ames compró una residencia en Arlington, en la mejor zona, en efectivo. Pagaba 5 mil dólares de facturas por llamadas de teléfono a Rosario en Bogotá, en corto plazo, e incluso adquirió un nuevo automóvil Jaguar XJR por 50 mil dólares, que no le hacía falta, pero que bien se veía.
Para ello instruyó una coartada: toda la lana era Dupuy, él había cazado una dama rica.
La CIA, anonadada en una etapa de estupidez superlativa, se la creyó. La CIA estaba en su peor momento, era una farsa.
Pero el FBI finalmente es la instancia máxima de investigación. Cuando la red en Rusia comenzó a caer, se alarmaron (lo que no hizo la CIA) y destinaron agentes del FBI para infiltrar la sección de contrainteligencia.
Para que la cuña apriete, debe ser del mismo palo. El FBI dispuso de una carta extraordinaria: un agente de origen colombiano, que conocía a los Casas-Dupuy.
Este no se tragó el cuento de la fortuna Dupuy. “Era una familia noble, pero no tenía plata para comprar mansiones en Virginia. Entonces, ¿cómo se enriquecieron? Pagaron medio millón en efectivo, pero el salario de Ames era de 70 mil dólares anuales”. El agente descubrió la falsa historia de Ames y siguió la ruta del dinero.
Ames había llegado al extremo de, para visitar a su esposa, urdir encuentros en Bogotá con sus jefes rusos y adicionalmente pasearse con Rosario.
Para 1993, el FBI ya tenía el recorrido completo de Ames en las calles. Juntaron las pruebas. La investigación del dinero, por otra parte, lo acusaba y cometió un error grave: compró otro Jaguar nuevo, al contado. Ya no sabía cómo gastar el dinero. Ames cree que ese fue su error, su otro amor por esos carros de lujo.
El 21 de febrero el FBI lo detuvo afuera de su casa en Arlington. Rosario y su hijo presenciaron la escena. La justicia actuó y definió que Rosario sabía del origen soviético del dinero y que alentaba a su marido para que no cesara el flujo del dinero. Fue cómplice.
Aldrich realizó una negociación. Pidió un acuerdo para proteger a su esposa e hijo. A cambio de nulos cargos a Rosario, comenzó a detallar cada operación, revelando los daños causados, y la CIA quedó muda y ridiculizada; gracias a eso algo pudieron salvar.
Ames cayó en cadena perpetua, en tanto que Rosario estuvo cinco años en prisión por evadir impuestos y apoyar actos de espionaje. Salió finalmente raspada.
Actualmente, Rosario es maestra en la Universidad Javeriana, la catalogan de “profesora impecable” y guarda silencio sobre su época con Ames.
Lee, fuma, toma mucho café y solamente dice ante la insistencia de la prensa: “Todo lo que hay en los medios es una versión que la gente quiere creer”. Su deuda se pagó de alguna manera.
Luego procedió a divorciarse de Ames y señala que fue un rompimiento absoluto y que no volvió a saber nada de él cuando vino su detención. Pero le alcanzó el asunto.
Ames, en tanto, procuró sobrellevar su triste vida tras las rejas, sin entender ni arrepentirse del mal causado, hasta que la muerte natural lo liberó.
La historia enseña mucho en casos mexicanos que se investigan de alto perfil de delincuencia organizada y de políticos poderosos coludidos. La ley de “Follow the money” (sigue al condenado dinero) dice mucho sobre el caso.
Y nadie actúa sin dejar huellas. De menos usan sobres amarillos, se escudan en poder, sin mostrar cambios y sembrar consecuencias. Aún los poderosos dejan huellas, pero debes tener voluntad de descubrir lo que sabes que vas a encontrar y no creerles sus declaraciones de amor al pueblo.
La CIA se reconstruyó para volver a ser una agencia competente, y lo ha demostrado en los informes de Rusia, que pasa a Ucrania, y en estudios profundos. Hoy está en guerra secreta en todo el planeta y sus agentes saben que están en un juego implacable y que un error es mortal.
Ahora saben que el mundo ha vuelto a estar en vientos de guerra y que no pueden descuidarse tanto como lo hicieron, cuando a punto estuvieron de liquidarlos y ponerlos de patitas en la calle. El caso no figura en el libro de John Barron, KGB, pero es un digno episodio. Al parecer son interminables las historias del género. No sé cómo se les seca el cerebro a los guionistas de cine cada vez más truculentos.
Cuando la realidad aporta tantas historias que superan la ficción, pero los móviles siguen siendo muy tontos: sexo, dinero, posiciones encumbradas, chantajes, salvo los que pretenden con sus acciones debilitar a las dictaduras opresivas y por un mejor futuro para su país se arriesgan, como los rusos que quieren librarse de Putin.
Porque de otra manera, los señores dictadores pueden devorarse al mundo en un bocado. Un cuento que no fue cuento, pero que muestra cómo en Latinoamérica también se cuecen habas… y si me preguntan quién es el cancerbero de los Estados Unidos, les daré unas siglas: FBI, que le enmienda la plana a todos, aunque en ocasiones pueda parecer que es de rango inferior.
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