Por Manuel Gutiérrez
El tradicional intento de cuento de Navidad, aquí va.
El Krampus es un personaje mítico muy querido en Europa, pese a su repulsivo aspecto. Tiene figura de hombre lobo, usa cuernos pronunciados y retorcidos, sus ojos son como brasas rojas; tiene garras y se desplaza felizmente por la nieve, dado que su infierno anterior lo mantiene caliente.
El Krampus fue alentado por concepciones religiosas, principalmente protestantes, porque representa el castigo a la omisión en el cumplimiento del deber. Algo parecido a lo que hacía la antigua teología católica, que nos pintaba el averno de todos colores: tormentos y fuego inextinguible, sumados a la sevicia de los infernales. La ventaja de esto era que, por miedo al castigo, evitabas caer en el mal, porque temías al diablo. Pero en Europa es el Krampus quien representa ese infierno tan temido… bueno, antes.
Los niños malos —y una que otra niña envidiosa— del Tirol duermen inquietos por la noche. Sus recientes faltas claman en su conciencia mientras tratan de conciliar el sueño. Los desfiles populares de Krampus felices, que reaparecen cada año en víspera de Navidad, no ayudan.
Klaus, por ejemplo, hacía trampa con la tarea, maltrataba al perro, aterrorizaba al gato del vecino; jugaba con pólvora, fumaba y hacía revelaciones espantosas, tales como de dónde vienen los niños o la falsedad de la Navidad, diciendo que los padres eran ayudantes de Santa, quitando el inocente credo a los menores.
Un estuche de graves faltas, sin duda. Como atisbar a la vecina en sus momentos de privacidad… un candidato a que el Krampus le saque las tripas, se las coma como churritos y, de paso, lo arrastre sin dejar huella en la nieve, para perderse para siempre en la Selva Negra, entrando al portal que conduce al séptimo anillo del averno.
El Krampus se anuncia con un viento helado adicional, más frío que lo frío, y un lamento o aullido espeluznante que los niños malos saben que es el prólogo de lo que les espera.
Los ruidos de la noche, del granero, los crujidos de la madera de la casa, hacen saber que el Krampus ha llegado. Es una especie de Grinch, pero no pretende hacerse el simpático: viene a recaudar almas de los malosos, incluidos los niños, que por temporada navideña son sus favoritos.
No hay forma de fugarse, no hay escapatoria.
Ya viene. Viene, sobre todo, antes de la Navidad.
—¿Y ahora quién podrá rescatarme? —se pregunta el buen Klaus—.
Al parecer todo está perdido, pero el pueblo, en su narrativa navideña, dice que si crees en la Navidad, como la venida de Jesús, Dios redentor, es probable que algo suceda a tu favor.
Y como en todo mal, la respuesta del Bien llega un poco tarde, porque el asunto de la puntualidad no se le da, pese a que sea Europa. Pero la entrada es oportuna, es en el momento justo. El Bien ama el drama y los finales felices.
El Krampus sustrae del lecho al niño malvado y se lo carga sobre los hombros, mientras lleva un costal con otros aspirantes al profundo reino del mal. Con grandes pasos remonta los Alpes, buscando la entrada al agujero infernal.
Y en ese momento aparece una rubicunda figura, según la modernidad, pero ni tan tan ni muy muy: gordo. Es San Nicolás, el obispo de Bari, creador de la costumbre de dar regalos a los niños, que el mundo protestante y la Coca-Cola convirtieron en Santa Claus.
Es decir, un santo versus un Krampus. Se miran, el segundo con los peores deseos. Santa es firme y le dice:
—¡Alto, Krampus!
(Algunos dicen que es hermano de Kris Kringle, pero ya ve cómo complican las historias familiares).
—Engarrotate ahí y muéstrame a quiénes llevas.
—Tú, metiche navideño, ya vienes a arruinar mi fiesta… No te muestro nada —contesta retador el Krampus—.
Pero Santa, con toda agilidad, le propina un certero cate que aprendió cuando llevaba regalos a Bruce Lee: una patada voladora directa al mentón del infernal. Descontado, el Krampus queda tirado en la nieve y suelta su valiosa carga.
Santa sigue en guardia, listo para seguir ajustando la negociación, si necesita otro persuasor. Pero Krampus cambia su táctica.
Krampus, que no tiene un pelo de tonto, le sugiere:
—Vamos viendo: si son creyentes, si lo son los tuyos, tendrán otra oportunidad; de lo contrario, me los cargo… y ya.
El diálogo es más o menos así. Krampus, traicionero, pretende usar su oculto tridente para desintegrar a Santa, pero este, protegido por el escudo de la verdad y del bien, hace que los rayos reboten. Ah, qué traicionero es Krampus, por su incapacidad de arrepentirse del error.
—Este año me quiero llevar a otros mentirosos sin remedio, porque no cambian su vida y son peores que yo; no tienen mejora —dice—.
—Preguntemos a los niños —dice Santa, decidido a finiquitar el asunto—.
Klaus, aterrorizado, comprende el mal realizado, lamenta sus errores y dice ser creyente.
—Creo en la Navidad, creo en el misterio, creo que el Niño te envió a rescatarme; de ahora en adelante me portaré bien… Está bien si este año solo me dejas carbón…
Pero Santa es generoso, y realmente el carbón no es su favorito. Todos reciben algo en Navidad… si lo sabes ver.
Santa se conmueve.
Krampus se enfurece.
Cada niño apela por la Navidad, dice que es creyente, que toda la Navidad gira en torno a estar en familia, a perdonar, reencontrarse y volver a empezar; que el Niño cambió la historia e hizo una autopista al cielo, aunque tiene su chiste transitarla. Algunos hasta explican el Adviento y el final feliz: el nacimiento es tan solo el principio de todo. Con eso se salvan. Krampus se frustra de nuevo.
Los niños pasan al lado de Santa, que los sube al trineo remolcado por los catorce renos mágicos y los regresa a su casa, al tibio lecho.
—Qué sueño tan real tuve —dicen—, pero recuerdan que hicieron un compromiso de mejorar… o reencontrarse con el Krampus sin remedio. En ocasiones es mejor temer al mal que amar al bien; no todos son deleitantes, algo es algo.
Así la Navidad triunfa. Santa cumple otra misión adicional a la de repartir regalos, y el Krampus regresa a su guarida a seguir buscando a tantos que lo invocan. Menos mal abundan, y lo sabe: algunos serán ascendidos a nuevos Krampus.
Krampus es parte de la Navidad, como el diablo en el nacimiento hispanoamericano. La causa es obvia: la presencia del maligno no sería pertinente si no fuera algo importante lo que sucede ahí. Es una forma de comprobar, por oposición, la realeza de la divinidad del Niño, de la Inmaculada Madre y del Santo varón que lo protege. Es el llamado a los humildes, a los que buscan otra oportunidad, a los que ven la estrella, a los creyentes.
Ese es el significado real de la Navidad. Lo demás son foquitos de colores, adornos y leyendas, pero son bonitos.
Creer en lo correcto puede salvar tu vida, por lo menos la eterna.
Y en eso todos nos ponemos de acuerdo: por ello existe el Krampus, incluso es querido pese a su labor.
Krampus hace que la Navidad sea justa: que el bueno y el malo reciban retribución proporcional a sus méritos, adecuada a sus necesidades. Tiene algo de economista.
Aún hay tercos que se van con Krampus y nunca regresan, pero la mayoría sabe distinguir que la falta de tiempo en la eternidad —su inexistencia— hace demasiado caro elegir una forma de vida equivocada. Mejor aprovechar la Navidad.
Mientras los niños aprenden ética y valores, por miedo o por precaución, eso lo valoran los padres de familia europeos. Es parte del regalo navideño: un cambio, aunque pequeño, es un cambio si es para bien. Lo ideal es que no acicate el Krampus, pero ponte en marcha y sigue a los pastores que van rumbo a Belén, a ver a ese Niño.
El Krampus, en tanto, sigue todo de cerca. También puedes verlo en el fondo de la desesperación, de la negación, enfermiza o no. Es una opción de la temporada:
con Santa o con Krampus, usted escoge.
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