Por Ana Beatriz Gutiérrez y Laura Gutiérrez Franco
Es un misterio casi metafísico de la economía nacional: ¿cómo es posible que el imperio mediático de Emilio Azcárraga Jean camine sobre números estables y ostente la solidez de Televisa, mientras la calidad de su pantalla roza el piso? La paradoja radica dentro del propio grupo empresarial del magnate: mientras su división deportiva y de entretenimiento fuera de pantalla, Grupo Ollamani —dueño del Club América y del Estadio Azteca—, reporta severos números rojos tras los abrumadores costos operativos y remodelaciones, la televisión comercial se sostiene. No por genialidad técnica ni por altura académica, sino por la infalible fórmula de monetizar el morbo.
Aquella época de oro donde el “Tigre” Azcárraga presumía a su alrededor a verdaderos pesos pesados de la comunicación, intelectuales y figuras consagradas que dictaban la agenda del país, quedó sepultada en el siglo pasado. Hoy, la infraestructura periodística y actoral se sostiene a base de influencers de ocasión, escándalos de red social y personajes cuya máxima aportación cultural es gritarle a una cámara en un reality show.
Las telenovelas, que antes eran el producto de exportación estrella de la televisión mexicana, hoy lucen desgastadas, repetitivas y claramente rebasadas por la facturación e inventiva de las producciones asiáticas, turcas y las series de plataforma que le arrebatan audiencia a mordiscos todos los días.
Y sin embargo, la caja de la televisión registra ingresos. El secreto del milagro no es la excelencia, sino la resignación del público. En medio de un abanico infinito de competencia global, Televisa descubrió que no necesita elevar el nivel de sus contenidos para mantener el rating: le basta con abaratar la conversación y empaquetar el chisme en horario estelar. Entre realities que no aportan un solo gramo a la cultura ni a la superación personal y noticieros fragmentados donde escasea el liderazgo de antaño, la empresa sigue cobrando facturas millonarias a los anunciantes.
Resulta irónico que en la era de la inteligencia artificial y la máxima exigencia de contenidos, el gran negocio de la televisión abierta mexicana siga siendo vender baratijas con empaque de lujo. Azcárraga y sus ejecutivos pueden presumir un negocio televisivo en pie, pero la factura cultural que le están dejando a la audiencia es, esa sí, la única que vive en números rojos permanentes.
Y es que, ante un contenido cada vez más degradado y de escasa utilidad para la audiencia por parte de las cadenas tradicionales, la gente hoy tiene infinidad de opciones para buscar mejor información y entretenimiento. Sin ir más lejos, en el terreno del streaming destaca la oferta de Espacio Televisión, plataforma que a través de Facebook y YouTube supera los millones de vistas al mes con una programación diversa y de alta calidad: desde la política y el análisis nacional en Por La Tangente con Manuel Gutiérrez, hasta sus noticieros, el mundo de los espectáculos con Jerry Villarreal, la calidez de Gabriela Barrios en Con Sentido, o la cultura con Mariana Navarro. A esto se suma la visión económica y financiera que compartimos su servidora Laura Gutiérrez y Eduardo Paz en Condenado Dinero. Opciones sobran para un público que exige y merece contenidos de valor.
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