
Por Amaury Sánchez
Donald Trump prometió que Estados Unidos sería “la envidia de todas las naciones”. Y sí, lo logró… pero como uno envidia a quien se ganó la lotería y la perdió en Las Vegas comprando bitcoins y rifles automáticos.
Porque mire usted, mientras el expresidente—actual presidente—posiblemente futuro expresidente otra vez (¡esto ya parece novela turca!) sigue predicando el evangelio de “Make America Great Again”, el mundo entero anda diciendo: “Gracias, pero no gracias, compadre”.
I. Trump exporta votos… pero a la oposición
Empecemos por lo más sabroso: Trump está tan tóxico que ni los conservadores de Canadá y Australia lo quieren de referente. Pierre Poilievre y Peter Dutton, ambos derechones de catálogo, se fueron al despeñadero electoral como si les hubiera patrocinado la campaña el mismísimo Donald.
En Canadá, la burla trumpiana de convertirlos en el estado 51 fue tan bien recibida como un gas lacrimógeno en un baby shower. Y en Australia, los votantes dijeron: “¡Nos quedamos con Albanese, que al menos no hace memes insultando aliados!”.
Lo irónico es que mientras Trump los quiere “más cerca que nunca”, los países aliados lo mandan más lejos que una solicitud de visa con antecedentes penales.
II. El prestigio yanqui: de estrella de rock a payaso triste
Una encuesta global reveló que la imagen de EE.UU. como potencia “inspiradora” va en caída libre. Era de esperarse: no se puede ser líder mundial a punta de tuitazo, muro y amenaza arancelaria.
En Canadá cayó 33 puntos la percepción positiva de EE.UU. En Países Bajos, 30. En México, 21. Solo en Argentina bajó poquito, pero eso es porque allá están ocupados con sus propios fuegos artificiales.
Y por primera vez, China—sí, ¡CHINA!—es vista como una influencia internacional más positiva que EE.UU. Es como si en un concurso de simpatía, el viejo vecino cascarrabias pierde contra el inspector fiscal.
III. Turismofobia: “No thank you, Trump”
Antes, ir a Estados Unidos era el sueño: Disney, Nueva York, Las Vegas, outlets y cheesecakes tamaño familiar. Hoy, es más fácil entrar a Mordor que pasar Migración gringa con acento extranjero.
Las visitas internacionales a EE.UU. se están desplomando como la barba de un hipster en abril. La mayor caída, claro, en Canadá, que ya prefiere ir a Cuba o Francia aunque allá no den refill de café.
El mundo le está haciendo la ley del hielo al Tío Sam. Ya no lo ven como ese primo cool que traía tenis Nike, sino como el pariente incómodo que llega a la fiesta, se emborracha y termina peleando con la piñata.
Epílogo: ¿Y si Trump se reelige?
Ah, pues el show continúa. Porque en lugar de redimirse, Trump redobla su dosis de testosterona política, como quien se perfuma de más para esconder la ausencia de baño.
Pero ojo, que aunque le aplaudan en ciertos rincones del Medio Oeste, afuera el mundo ya se bajó del “Tren MAGA”. Y no es porque sean comunistas, ni woke, ni enemigos de la libertad, no. Es porque se cansaron de vivir con la amenaza constante de una guerra comercial, un tuit explosivo o una invasión diplomática.
En resumen: el mundo ya no se Trumpa. Y eso, en sí mismo, es una buena noticia para quienes aún creemos que la diplomacia no se hace con gorra roja ni con un botón nuclear.
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