Por Manuel Gutiérrez.
Una crisis desagradable, una ofensa injustificada, una actitud arrogante e irresponsable fue causada por culpa de Diego García, pero lo pocos sabemos es que Diego no es una persona, ni un bot, es una isla tan pequeña como 27 kilómetros cuadrados, tan inaccesible como estar en el centro del Pacífico del Sur, como si alguien hubiera calculado su posición geográfica.
La historia tomó relevancia cuando un iracundo Donald Trump —por algo el pato irascible de Disney se llamaba Donald— regañó al Primer Ministro del Reino Unido, Keir Starmer, por continuar el trámite de cesión de la isla en propiedad al país de Mauricio.
“Es un acto de gran estupidez”, dijo Donald el iracundo. Pero un momento, en su momento como mandatario, ese mismo pato pesado fue el firmante del acuerdo de cesión y eso ocurrió en mayo de 2025.
La isla Diego García, que muchos adjudican a Filipinas, en realidad es un archipiélago de 60 islas diminutas, pero la de Diego tiene características especiales.
La historia marca que eran posesiones británicas, logradas cuando el capitán Cook, pero en 1814, por razones desconocidas, se les cedieron a Francia, tal vez por el auge napoleónico, para calmar los ímpetus de conquista del genio Napoleón.
Lo cierto es que era una isla alejada de todo, habitada por un centenar de nativos que vivían pacíficamente. La isla no tuvo significación durante la Segunda Guerra Mundial.
Pero corrían los años de 1960 y se convirtió, de acuerdo a las necesidades modernas, en el hogar de los bombarderos pesados B-52, que a la fecha siguen siendo operativos, pese a la longevidad, incluso de los nuevos B-2 Spirit, tipo indetectable stealth, y del menos frecuente Lancer B-1, pero también está listo para actuar. La isla tiene armas de todo tipo para llevarlas al lugar del mundo donde se requieran, incluso nucleares; está tan lejos que está cerca de los escenarios en conflicto.
Esta isla comenzó a aparecer en las noticias primero en Vietnam, por el largo viaje de los B-52 que regresaban a ese lugar seguro. Luego por Irak, por Tormenta en el Desierto, por todo lo que sucede en Medio Oriente.
Está tan lejana para criterios normales, pero no para criterios estratégicos y militares. Tiene una plantilla de 2,500 integrantes de la USAF y la RAF, y es conocida como “La huella de la libertad”; también es un portaaviones natural ideal para usarse en campañas en África, de ahí su valor.
Mientras las islas Maldivas o las Seychelles son ideales para el turismo, en Diego nadie puede acercarse ni realizar una visita, o será procesado por transgredir un espacio seguro militar.
Los nativos fueron obligados a irse a otras islas vecinas; les llaman “chagosianos”. La isla tiene playas blancas, aguas transparentes, cocos y pescados. Pero lo asombroso es que tiene una laguna interior que te protege de cualquier tifón, muy profunda, un puerto natural protegido y la pista aérea siempre funcionando en alerta para todo el mundo, con 4 kilómetros de largo y ancha.
El lugar más cercano a este punto es la India, a 1,800 kilómetros, otra razón de su importancia si se necesita presencia en esa parte del mundo. La isla se llama Diego García en honor del navegante español que, en barco portugués, la descubrió, cuando España y Portugal se lanzaron a ser las reinas de los mares, los picudos de los descubrimientos y conquistadores, creadores de civilizaciones en diferentes continentes. Recomiendo a Carlos Pereyra, excelente biógrafo de Plutarco E. Calles y portentoso historiador mexicano, que tiene una crónica amplia de todas las aventuras náuticas de esos países.
Con el furor antes de Davos, Suiza, de Donald el rabietas, este regañó al Primer Ministro de Inglaterra por seguir con la devolución de soberanía a Mauricio, país africano que la reclamó por medio de la ONU y, tras muchos alegatos y papeleo, demostró interés legítimo; hay fallos condenatorios de derechos humanos violados a los nativos.
Por tanto, no se perderían las bases, sino que Reino Unido —y entonces Estados Unidos con Trump— pactaron pagar 15 millones de dólares anuales de renta, pero el pato malvado es mercurial.
Pero con la obsesión de las tierras raras de Groenlandia, la intención de Donald el inestable es “comprarla” por el precio que puso el metiche de Putin de mil millones de dólares, por 2 millones de kilómetros cuadrados (México tiene 1.8 millones de kilómetros cuadrados). Esto sería para Dinamarca y los nativos… pues se aguantan o les echan el ICE por indocumentados en su tierra natal.
Así el rollo, el Donald grosero ofendió sin necesidad a un aliado. La OTAN, por fortuna, se salvó de una fricción interna y salió avante como escudo de Europa. Pero Starmer de alguna manera se cobrará la humillación gratuita; uno de los mejores asuntos en ese sentido para Inglaterra es estropear los planes del pato colérico con el dictador zar Putin en Ucrania. Cada misil Storm y cada tanque Challenger que llegue serán la mejor manera de devolverles a los dos jumentos una sopa de su propio chocolate.
Por cierto, en Diego García hay parientes de los dictadores: existen manadas de burros salvajes.
Porque, como si no fuera suficiente, añadió ofensas a Inglaterra por su actuación en Afganistán, acusándolos de estar lejos del frente, pero participaron y tuvieron muertos y heridos. Los 475 sobrevivientes de la aventura reaccionaron indignados, como Starmer, e incluso el príncipe Henry defendió el honor agraviado por el patán naranja.
He sostenido, y es real, que Inglaterra está en guerra con Rusia, en forma híbrida: de servicios secretos, acciones de sabotaje, hostilidad económica, incluso propiciando acciones militares y problemas políticos internos.
Rusia incluso saboteó, aunque no se reconoció oficialmente, el aeropuerto de Heathrow. Ahí, sin duda, podrá Starmer sacarse la espina.
Como dato curioso e inútil, tal vez, o útil, Dinamarca vendió las islas Vírgenes a los Estados Unidos en oro por 25 millones de dólares, unos 600 millones a precios corrientes. La razón fue la Primera Guerra, porque por el Canal de Panamá y la presencia de los U-Boots, que se dice llegaron a aguas mexicanas en misiones secretas con Venustiano Carranza (lean a Francisco Martín Moreno y su obra La conspiración del Kaiser). Y ante ese peligro convencieron a la corona de vender para proteger ese lado del Atlántico; Dinamarca aceptó por el interés común.
—En tanto el Pato estúpido, porque Donald el de Disney es chistoso de menos— intenta aplicar aranceles a los países europeos solidarios con Dinamarca, y como una forma de ablandarlos para que suelten el cuerpo, digo, vendan.
Mientras crea un frente de 20 países dictatoriales o dudosamente democráticos, una especie de ONU-Trump de dictadores mafufa. Pero ante un mundo así de complicado, la presidente Claudia Sheinbaum prefiere quedarse con su mañanera mexicana y seguir aquí en el rancho, cuando el mundo necesitaba de ella en Davos.
Será, dicen, científica —Ángel Verdugo de la mañanera buena lo duda— y muy preparada, pero el rancho está dentro de ella y aunque salga de México, el rancho no sale de ella.
Está bien que no sea intermediaria de vender Groenlandia, pero… ¿no podrá hacer algo más rentable que regalarle nuestro petróleo en forma inútil a la paupérrima Cuba? De menos poder mandar nuestros pacientes mexicanos a los hospitales y médicos de Dinamarca… para que cumplan la oferta del Caudillo de Macuspana.
En fin, esa es la historia de Diego García.
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