
Por Amaury Sánchez
Hay quienes nacen con estrella, otros estrellados, y luego está Donald Trump, que nació con la estrella bordada en la pijama, el apellido grabado en el mármol del edificio familiar, y una cuenta bancaria que lloraba de abundancia. Pero como buen rico heredado, no se podía quedar quieto: brincó del ladrillo a la corbata, del perfume al vino, del casino al campo de golf, y de ahí al reality show, donde en vez de talento artístico perfeccionó su grito de guerra: “¡Estás despedido!”—más temido que los lunes por la mañana.
De tanto promoverse a sí mismo, logró el milagro empresarial de convertirse en marca de lujo sin tener una línea de productos consistente. Un día vendía agua embotellada como si fuera poción de Midas, y al siguiente se metía a vender universidades de cartón piedra que terminaron en pleito legal. Pero el hombre es como el gato callejero: siempre cae parado, aunque deje las garras en el intento.
Y así, entre bancarrotas que a cualquier hijo de vecino lo dejarían vendiendo tamales en la esquina, y abogados que facturan más que una aerolínea en Semana Santa, Trump se pavoneó directo a la política como quien entra a su propio rancho: sin pedir permiso y pateando la puerta.
Su llegada a la Casa Blanca fue como ver al protagonista de una telenovela de narcos gobernar la vida real. “Vamos a limpiar el pantano”, dijo, y muchos pensaron que hablaba de Disney. Pero no, se refería a Washington, ese Disneylandia de los lobbies, y Trump, con la delicadeza de un elefante en tienda de Swarovski, intentó poner orden… a su manera: a gritos, tuits, y amenazas económicas que harían sonrojar a un cobrador de Coppel.
Su primer mandato fue tan errático como un borracho con GPS descompuesto. Lo único que logró con éxito fue perder la reelección. Pero como los villanos de película mala, volvió. En parte porque los demócratas se dedicaron más a las guerras ajenas que a las penas propias: que si Ucrania, que si los pronombres, que si la diversidad racial mientras el obrero blanco sin dientes ni empleo miraba con cara de “¿y mi fábrica, apa?”.
Así que Trump regresó como quien sobrevive al apocalipsis con el cabello intacto: más rudo, más resentido y, según él, más ungido por Dios que Moisés con WiFi. Después del atentado que le voló media oreja, se sintió elegido. Y cuando un magnate se siente elegido, agárrense las instituciones, las leyes y hasta la lógica.
Trump ahora gobierna a golpe de decreto, sin Congreso, sin partido, sin decoro. Despidió a medio aparato público como si fueran actores fracasados de su reality, quitó impuestos a los ricos, regulaciones a sus amigos y subsidios al resto. Instaura un capitalismo de jungla y banana, pero sin bananas para los pobres.
Y en política exterior anda como vendedor de enciclopedias en zona sísmica: a empujones. Arancel por aquí, guerra comercial por allá, desdén diplomático acullá. Los tratados los firma en crayola y los rompe como papel de baño. A China la ve con miedo y a Yemen con coraje; mientras tanto, en su país, millones engordan de tristeza, se enferman de pobreza y trabajan como esclavos con plan dental.
Y como si fuera poco, su gestión se asemeja a un cóctel molotov con etiqueta de champán: crisis constitucional por deportaciones erróneas, desafíos a la Suprema Corte, y una bolsa de valores tan volátil que hasta su yerno ya invirtió en antiácidos.
Lo que está en juego no es solo la estabilidad de Estados Unidos, sino de todo el mundo que aún seguía ese guion borroso llamado “globalización”. Con Trump, las reglas se derriten más rápido que un helado en El Paso.
Y mientras tanto, aquí en México, seguimos con buenos propósitos pero sin la alcancía para cumplirlos. Queremos ser autosuficientes pero seguimos importando hasta el cereal. Nos repiten discursos nuevos con herramientas viejas, como si con cambiar de plomero ya no hubiera fugas.
Y mientras Trump quiere devolverle la grandeza a América con nostalgia, billete y berrinche, nosotros debemos decidir si seguimos creyendo en cuentos de hadas globales… o si al fin aprendemos a bailar con nuestra propia música. Eso sí, sin que el DJ sea un exmagnate con complejo de emperador.
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