
Por Laura Gutiérrez Franco
La realidad de las familias mexicanas no se mide en los discursos oficiales ni en los “otros datos” que se pregonan desde el púlpito presidencial; se mide, con angustia, en el pasillo del supermercado y en el mostrador de la tortillería. Hoy, el bolsillo del ciudadano común está bajo un asedio constante que parece no tener fin ni dolientes en las altas esferas del poder
El incremento desmedido en los precios de la canasta básica ha dejado de ser una fría estadística económica para convertirse en una crisis de subsistencia: a la gente, simplemente, ya no le alcanza para comer.
Es indignante observar cómo, frente a la desesperación de quienes ven el precio del jitomate dispararse hasta los 60 o 65 pesos por kilo en este mes de abril, la respuesta desde el poder sea el sarcasmo. Minimizar que el limón ronde los 44 pesos o que el chile poblano se venda en casi 95 pesos no es solo falta de sensibilidad; es un insulto a la dignidad. Gobernar requiere empatía, no risas socarronas ante el hambre ajena.
A esta escalada se suma hoy un golpe seco al corazón de la dieta nacional: el aumento en el precio de la tortilla. Para el mexicano, la tortilla no es un lujo, es el sustento básico e indispensable. Que suba el precio de lo que todos comemos diariamente es la estocada final para millones de hogares. Pero lo más doloroso no es solo el costo, sino la actitud de la Presidenta. Es una burla cruel hacia el pueblo que se le diga a la gente: *”si subió la carne, compre frijoles”. Esa ligereza para responder ante la carestía muestra un desconocimiento total de la realidad o, peor aún, un desprecio absoluto por el esfuerzo de quienes viven al día.
El kilo de tortilla ya costaba por estos rumbos en promedio 30 pesos, ahora está en promedio hasta en 33 pesos o más, depende de donde se compre. Si se adquiere un kilo por familia al día, ahora tienen que desembolsar cada mes 990 pesos, cuando antes del día 15 no pasaba de 800 pesos. Esto de pura tortilla.
No hay que ser un experto en finanzas para entender la raíz del problema. El aumento constante en los combustibles es el motor que encarece la vida. En estados como Jalisco, la gasolina regular ya se paga en 24 pesos por litro, mientras que el diésel roza los 29 pesos. Esta es la verdadera causa del “efecto dominó”: si mover las mercancías cuesta más, el consumidor final paga los platos rotos. Aquí puede actuar el Gobierno Federal y poner un hasta aquí. Aunque ahora ya les anda poniendo letreros a las gasolineras que venden caro. Su proveedor es el gobierno.
Las señales de alerta están encendidas. La inflación en alimentos ya supera el 6.7% anual y una persona en la ciudad necesita casi cinco mil pesos al mes solo para lo básico. ¿De dónde va a sacar ese dinero el trabajador si no hay un plan real para frenar la escalada? No hay transparencia en el uso de los recursos mientras la sociedad se empobrece. Si no se corrigen las políticas económicas y se deja de priorizar la propaganda sobre el bienestar, el riesgo de una espiral inflacionaria fuera de control dejará de ser una advertencia para ser nuestro presente más cruel.
México no necesita chistes ni recomendaciones dietéticas de quien no sufre para llenar la despensa; necesita soluciones urgentes y un gobierno que respete el esfuerzo de su gente. Porque cuando el hambre aprieta y el dinero se esfuma, la paciencia de un pueblo se agota.
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