
Por Laura Gutiérrez Franco
El panorama político local y nacional atraviesa por un periodo de profunda indigestión narrativa. De un lado tenemos a una oposición moribunda que se niega a soltar el respirador artificial; del otro, un oficialismo enredado en sus propias trampas y espionajes de pasillo Entre la insustancialidad de la derecha tapatía y el circo fronterizo del movimiento en el poder, el electorado termina por atestiguar cómo la política mexicana se debate entre la irrelevancia absoluta y la comedia de equivocaciones.
PAN Jalisco: Del esplendor del poder a la burocracia del desempleo
En Acción Nacional Jalisco, el futuro no es incierto: es un expediente en vías de archivación. La dirigencia estatal que encabeza Juan Pablo Colín Aguilar arrastra una grieta insalvable con la ciudadanía, basada en una premisa demoledora: la gente sencillamente no sabe quién es, qué propone ni para qué sirve. No hay “club de fans”, no hay arrastre popular ni un mínimo chispazo de carisma. La cúpula albiazul parece operar en un universo paralelo donde creen que administrar las ruinas de un edificio les otorga estatura moral o vigencia electoral.
Pero la verdadera tragedia del blanquiazul no radica únicamente en una dirigencia transparente, sino en la desértica cantera de cuadros y la metamorfosis de su militancia. Aquellos tiempos de tribunos de plaza pública, intelectuales orgánicos, juristas de peso y debatientes con garra quedaron sepultados. La fauna que hoy ostenta las siglas panistas en el estado se divide en dos especies igualmente inútiles para la contienda real: los que han tenido o tienen algún puesto que cobran del presupuesto interno sin pisar una sola colonia o las pisan solo cuando se aproxima la época electoral, y una burocracia gris de “mirreyes” y recomendados que conciben la política como una pasarela de redes sociales.
Atrapados en una pereza intelectual pasmosa, la única estrategia de los cuadros actuales es la queja tibia, el boletín desabrido y la ingenua fantasía de que el desgaste natural de Movimiento Ciudadano o de Morena les regalará milagrosamente los votos que perdieron por incompetencia propia.
No hay narrativa de fondo, no hay proyectos alternativos ni ideas espectaculares. La soberbia de antaño —aquella que presumía tener manos limpias— mutó en una actitud déspota, distante y soberbia con la que varios de sus voceros tratan tanto a su propia militancia de base como a la prensa. Creen que el electorado les debe algo, cuando en realidad la sociedad ya aprendió a vivir y a votar sin ellos.
En medio de esta situación surgió la agrupación Patria Ordenada, coordinada por Felipe Varela y cobijada por viejos lobos de mar como los exgobernadores Alberto Cárdenas Jiménez y Francisco Ramírez Acuña. El grupo intenta rescatar la doctrina e ideario fundacional del PAN, recordando a la cúpula que para ganar elecciones primero hay que tener suela, sudor, doctrina y dignidad, cosas que no se compran con prerrogativas partidistas.
La pregunta incómoda es si Juan Pablo Colín y las tribus que hoy se reparten las migajas del comité estatal tendrán la humildad o la inteligencia pragmática para escuchar a Patria Ordenada. Si deciden atrincherarse en el confort de su nómina partidista y ningunear a sus liderazgos históricos, el destino del PAN en Jalisco no será el papel de una oposición digna, sino la extinción total y la pérdida violenta de un registro estatal que hoy pende de un hilo.
Marina del Pilar: Audios de telenovela, “fuego amigo” y la incómoda factura de Washington
En el tablero nacional, la gobernadora de Baja California, Marina del Pilar Ávila Olmeda, protagoniza un culebrón político que oscila entre el espionaje de baja escala y la geopolítica de frontera.
La reciente filtración de una grabación —donde supuestos interlocutores le exigen definir su postura y reaccionar ante carpetas de investigación por graves delitos que presuntamente le tienen abiertas en Estados Unidos— dejó al descubierto las fragilidades de un gobierno que opera con la puerta trasera abierta. Aunque la mandataria atinó a preguntar en el audio de qué acusaciones se trataba —quedando sin respuesta clara en la cinta—, la conversación expuso una alarmante falta de colmillo y una vulnerabilidad institucional desconcertante.
Fiel al estilo de la casa, la gobernadora corrió a atrincherarse en el libreto del victimismo, señalando que todo fue una “trampa” y un montaje orquestado por su antecesor y hoy rival encarnizado, Jaime Bonilla, al haber servido de puente con falsos contactos para gestiones de su visa cancelada. La hipótesis del “fuego amigo” dentro del ecosistema oficialista es del todo verosímil —en la 4T los cuchillos vuelan bajo y entre compañeros de movimiento—, pero culpar al mensajero o al orquestador no limpia el fondo de la nota. Cuando a una mandataria fronteriza le pisan los talones desde agencias de inteligencia estadounidenses o la graban en negociaciones de pasillo sobre su estatus legal en el extranjero, el asunto deja de ser un pleito de comadres políticas y se convierte en un foco rojo de seguridad nacional.
Resulta revelador el papel que ha tomado Palacio Nacional. La Presidenta de la República salió al paso a calificar el tema como una “grilla” o un asunto sin fondo, pero en el terreno real, las llamadas telefónicas no se inventan y la presión de Washington no se disuelve con declaraciones mañaneras.
Es momento de que en el centro del país se tome nota sin vendas en los ojos: la frontera norte no se gobierna con sonrisas para la foto ni con deslindes improvisados. Habrá que ver si Marina del Pilar decide finalmente dar un golpe sobre la mesa y aclarar sin rodeos su situación frente a las autoridades estadounidenses, o si la marejada de audios, traiciones de pasillo y presiones extranjeras termina por ahogar definitivamente a su administración.
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