Por Amaury Sánchez G.
Resulta que en este México de los mil sustos y las mil más promesas, el Congreso se aventó una jugada digna de thriller político: aprobó la Ley del Sistema Nacional de Investigación e Inteligencia en Materia de Seguridad Pública, una cosa con nombre largo, tecnócrata y elegante, que básicamente dice que ahora el gobierno puede asomarse a tus datos personales sin tocar la puerta… ni pedir permiso al juez.
Sí, así como lo lee: la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana (SSPC), bajo el mando de Omar García Harfuch, podrá tener acceso directo —y sin orden judicial— a bases de datos bancarios, telefónicos, biométricos, fiscales, vehiculares, catastrales, comerciales, digitales, morales, inmortales y hasta espirituales si usted anda muy conectado al más allá.
Y como era de esperarse, los gritos no se hicieron esperar. Desde las bancadas opositoras ya se escuchan alertas de “vigilancia masiva”, “estado policiaco”, “big brother bolivariano” y demás términos que solo usan los diputados cuando no les aprobaron su presupuesto de galletas.
Pero aquí no venimos a asustarnos por deporte, ni a gritar “¡nos espían!” con el dramatismo de telenovela de los años 80. Aquí venimos a preguntar —con tono pícaro pero mente clara—:
¿Y si, por una vez, esta ley no fuera una amenaza sino una solución?
¿Y si, en lugar de ver espías en cada esquina, aprendemos a mirar a quién tiene la lupa?
La lupa, sí… pero en buenas manos
Porque seamos serios: esto no se trata solo de una ley, sino de quién la opera. Y en este caso, el personaje clave es Omar García Harfuch, un nombre que no se saca uno de la manga, sino del expediente. Hijo de inteligencia, nieto de estrategia, y forjado en el infierno de la seguridad nacional, Harfuch no es un improvisado ni un político de selfie y discurso pegajoso. Es, como dicen los del medio, un hombre de calle, de botas en el lodo y de decisiones difíciles.
Si con herramientas limitadas logró pacificar amplias zonas de la Ciudad de México, replegar cárteles, limpiar cuerpos policiales y sentar precedentes de eficacia operativa, ¿por qué no pensar que con esta ley, que le da estructura y acceso a inteligencia en tiempo real, los resultados podrían ser aún mejores?
Porque no se equivoquen, amigos del espanto fácil: esta ley no es una varita mágica, pero sí puede ser una navaja suiza contra el crimen, siempre y cuando no la maneje un aprendiz de brujo.
Inteligencia moderna: o avanzas o te aplastan
Hoy por hoy, los delincuentes no planean con mapas dibujados a mano ni con walkie-talkies de tianguis. Operan con criptomonedas, mensajería encriptada, redes fantasmas y rutas digitales. ¿Qué hacemos, entonces? ¿Los combatimos con palomas mensajeras y llamadas anónimas a Locatel?
¡Por favor!
Se necesita inteligencia real, interconectada, cruzada, sistemática. Y eso implica saber quién mueve qué, cuándo y con quién, sin necesidad de mandar oficios al siglo pasado ni perder tres meses esperando que un juez despierte de su siesta.
Claro, esto conlleva riesgos. Todo poder, cuando no se vigila, se deforma. Pero si algo ha demostrado Harfuch, es que sabe usar el poder con cabeza fría y manos limpias. No viene del ala represiva del sistema, sino del ala profesional. Ha pasado por la PGR, por la Policía Federal, por la SSC de la capital… y salió con expediente limpio. Ya eso, en este país, debería merecer una medalla o al menos una serenata.
¿Y la privacidad, joven?
Ahora bien, no faltará quien diga: “¿Y mis derechos? ¿Y mi privacidad?” Y está bien. Toda ley de inteligencia debe venir acompañada de límites, protocolos, auditorías y rendición de cuentas. De nada sirve tener la mejor herramienta si no hay supervisión ciudadana ni filtros jurídicos.
Pero ojo: también es cierto que no hay privacidad posible en un país donde el crimen organizado es el verdadero Gran Hermano, donde los extorsionadores te llaman por tu nombre completo, donde los hackers venden tus datos fiscales y donde el narco tiene más datos que el INEGI.
Por eso, lo importante no es sólo tener acceso a la información… sino saber para qué se usa y quién la usa.
Y en ese sentido, la figura de Harfuch es tranquilizante, casi terapéutica: un hombre que ha sabido moverse con sigilo, ejecutar con eficacia y responder con resultados.
¿Conclusión? Que nos vigilen, pero con estilo
En resumen: esta ley puede ser un paso hacia adelante en la modernización de la seguridad pública. Sí, despierta dudas y merece vigilancia. Pero no podemos seguir combatiendo al crimen del siglo XXI con herramientas del siglo XX, ni asumir que todo acceso a información es una conspiración digna de película.
Y si a alguien vamos a darle el interruptor del sistema, mejor que sea alguien que ya ha demostrado saber prender la luz sin incendiar la casa.
Porque vigilar no es lo mismo que invadir, y proteger no es lo mismo que controlar.
Y en ese fino equilibrio, García Harfuch ha demostrado que no se le va la mano… ni la inteligencia.
Y si de espías se trata, que al menos el nuestro tenga apellido, historial… y buenos resultados.
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