Por Manuel Gutiérrez
Picadillo Circus siempre está abierto para convocar a los mejores artistas que deseen agregarse a nuestra troupe, por lo que ha instrumentado un examen de admisión para conocer las reales capacidades de los aspirantes a formar parte del elenco.
Claro, nuestro circo cuenta con el aval de instituciones de renombre mundial; tendremos gente del Soleil, precursores del circo sin animales, pero también personalidades que salen del retiro, de Barnum & Bailey Circus, el legendario evento de los Estados Unidos. En otras ocasiones tenemos sinodales del Circo de Moscú, aun cuando era rojo, pero en esta ocasión por andar de invasores, nos plegaremos a las sanciones mundiales y no los invitaremos, por lo de Ucrania, recuerdan.
Así integramos nuestro jurado, que se dispone en vivo y en forma presencial a ver las destrezas y calificar los números deslumbrantes de nuestros aspirantes.
No, nada de examen por medios electrónicos, ni desde casita. Eso es absurdo, eso es irreal, pero de que los hay, los hay. Resulta que la UNAM, la máxima casa de estudios de México, se metió en un verdadero lío por hacer el examen de admisión para diferentes carreras celebrado desde la comodidad del hogar u oficina del aspirante.
Para tan noble fin, compraron un sistema de software, hardware y hasta tupperware, por la cifra de 100 millones de pesos mexicanos, que aunque devaluados, duelen. El número de aspirantes se estima en 200 mil solicitantes.
Claro, hubo una honrada minoría que se puso a estudiar y que tomó en serio la prueba, sin que le soplaran los familiares o tuvieran consultas de asesores —tipo Lenia Batres, que se dice que llegó ya a superar los 90 asesores en todo tipo de materia all inclusive y hasta en el idioma de Shakespeare.
Incluso para cada materia, y para cada caso, los asesores usan sus sesos, porque Lenia los reserva no sé para qué, y le aportan los proyectos, le dan los datos, consultan las jurisprudencias, buscan en los textos y en los tratados de los expertos, e all inclusive, puede consultar fuentes del extranjero, desde la Facultad de Derecho de Harvard, pasando por las mejores universidades del mundo, para que la saquen del apuro. Porque Lenia tal vez sí estudió, pero no sé si los Institutos Patrulla la tengan en las listas de egresados. Tal vez hizo cursos adicionales de cosmetología jurídica, pero en lo que sí está filosa es en cómo arruinar la presunción de inocencia, que solo aplica cuando se trata del amigo Rocha Moya. Pero dejemos eso y vamos a nuestros trámites.
Pues la UNAM y sus sabios cibernéticos, casi Borg androides con implantes neuronales para ser asimilados por el Cubo de Borg, se dieron cuenta de que algo raro estaba pasando. En un país que aplica la Nueva Escuela Mexicana, las respuestas estaban marcando tendencias de “perfecto”, “pluscuamperfecto”, “magna cum laude” entre tantos, tantos aspirantes que de pronto no sabían si promulgar que los jóvenes capitalinos habían superado a sus competidores de Corea del Sur, de las Dos Chinas —para no discriminar y tener microchips—, así como de Japón, Alemania, Inglaterra, Italia, e incluso de la India, que abunda en la producción de genios.
Pues nada, que resulta que el algoritmo fue una dama coqueta más liviana que una trotacalles de las zonas de urbe de pecado. Y fue violado repetidamente: más aún, entre las redes muchos aspirantes se jactaron de qué manera pasaron por encima del software, y emulando a López Obrador, a Yasmín Esquivel y a Lenia Batres, entre otros célebres que han generado plagios y escándalos abundantes por sus destellos de gran intensidad, de fulgurante ignorancia.
Pero todos ellos son astutos, sagaces, malintencionados; aplican el refrán del que no tranza, no avanza. O sea, el que no engaña, en México no tiene futuro.
Si ahora salen de la primaria sin aritmética básica, sin saber leer o escribir con una gramática —que no saben qué es eso—, con patas de araña como glifos en lugar de una decente caligrafía, ¿y qué decir de las capacidades de cálculo, de resolver problemas, de aplicar fórmulas, entrarle a los logaritmos o a la trigonometría, y a tantos tormentos mayoritarios que azorrillan a muchos de los aspirantes? No se diga el álgebra, que yo prefiero en las rocas, con 2 hielos.
Pues si sufren en la secundaria, y luego llegan con sus miserias a la prepa en la que holgazanean, porrean si son porros, enamoran si son galanes o galanas, pero de subsanar deficiencias educativas y abrirse al conocimiento de la cultura y civilización universal, ni papas con chamoy.
Pues sin pruebas PISA de la OCDE, sin resultados culturales avanzados, aunque muchos jóvenes dan gloria a México en concursos internacionales de matemáticas, de ramas de ingeniería, incluso de finanzas y de otros complejos mundos modernos, son los menos, son garbanzos de a libra.
Pues le resultó a la UNAM tanto garbanzo excepcional, que fueron más de 150 mil genios que hacían un examen perfecto. Las jactancias no ayudaron, porque los nunca oportunos influencers demostraron que habían hecho trampa, roto los candados y, con toda ventaja, hicieron exámenes dignos de entrar a la Corte Celestial por su excepcional perfección.
Pues eso ni los Pumas se lo creyeron y modificaron puntajes para algunas carreras, lo que marginó a muchos aspirantes que de manera legal tal vez pensaron que ya tenían futuro. Ahora el problema es que la UNAM dio a conocer los resultados de la evaluación y es un verdadero desastre. El problema legal es que muchos tramposos podrán ampararse y, con abogados que todavía los hay si no fueron chapuceros jueces de acordeón, exigir su admisión.
Y los honestos estudiantes pelaron sus pollos. La UNAM reaccionó luego de referir que el sistema se aplicó con los Tigres y los de la UAM, pero que a ellos no les salió. Un experto del Tec de Monterrey, Marco Fernández, tuvo a bien comentar cómo se les hizo bolas el engrudo a los Pumas; además es directivo de México Evalúa.
Pumas reaccionó nombrando gente competente que a más tardar en 15 días debe resolver el problema de los tramposos. Es decir, repetir el examen de admisión, esta vez presencial, con los clásicos prefectos atentos a cachar cualquier acordeón o trampa… o volverlo a hacer electrónico, pero en un ambiente controlado, bajo vigilancia, que es más o menos lo mismo.
La modernidad a veces sale más cara con el caldo que con las albóndigas. El problema moral de la juventud tramposa quedó de manifiesto: están en condiciones ideales para hacer carrera en Morena y ser como el Peje algún día, a quien las trampas sí le dieron resultado, hasta la primera investidura del país, y a generar un narcoestado en que ya no se sabe quién manda aquí, porque la ñora, la verdad, ni para anunciar papas fritas, aunque tenga todo el tiempo que quiera, la mañanera, y no el límite de “ya te pasaste de las cinco preguntas, REYNA HAYDEE RAMÍREZ”, o lo que es lo mesmo, ya cállate.
Bueno, mientras no silencien a la gente como los 180 compañeros que dice Artículo 19, con el caso de Francisco Alejandro Avilés, de Oaxaca, cuando todavía ni el novenario —que no hubo, por cierto— de Roxana Guzmán, de Veracruz, había concluido y todo quede en cállate mi h’ija… todo está bueno.
Pero volvamos a nuestro tema: los exámenes de admisión. Pues veremos cómo hace el milagro la UNAM de enderezar el entuerto. Y les repito la preocupación de Harvard y Yale, de Cambridge, de Eton, de Heidelberg: no regalen puntos, no den altas calificaciones, que no son enchiladas, son resultados de entrega, talento y demostración de honesta investigación; mucho menos los admitan sin reparo alguno.
Porque un examen de admisión es un ritual, era una solemne prueba de conocimientos, autocontrol y salto de fe. Pues la nueva educación le quita el sabor a todo. Ciertamente, lo que puede hacer la UNAM también es quedar repleta de burros tramposos, inmorales desde ahora, y admitir a todo mundo, y entonces ya para qué quieres examen, y luego para qué hacer examen profesional; pero si la Presidenta dice que un diez es atentar contra la igualdad… pues qué esperan.
Lo ideal entonces es que se haga la prueba de nuevo y dejen sus juguetitos de computadora para otro día, con tal fuerza y solemnidad como si fuera la Santa Inquisición en sus autos, todo para sacar la verdad de los iluminados. Porque las diferencias son necesarias, por eso en Picadillo Circus sí haremos examen de admisión.
Los malabaristas deberán demostrarlo: que dominan las clavas y llegar a 7 incluso. Buscar lo imposible, forzar el límite: el trapecio exigirá triple vuelta mortal mínimo y con red para que no se despanzurre nadie, tampoco se trata de ser sicarios. Los pulsadores, más fuerza; los domadores quedaron desempleados, pero ahora pueden hacerla de payasos musicales.
Y mínimo se les pedirá la Novena Sinfonía de Beethoven, o pelan. Porque en el Picadillo Circus pueden o no pueden, y tienen que dar un paso más allá de lo posible. Por eso nuestro examen es como el de las Vaqueras de Dallas, de 7 a. m. al día siguiente, y no se acepta menos de la perfección. Y eso mismo deberá hacer la UNAM; menos mal, en lugar de ocultarlo o de inventar piñas, con valor civil de Pumas civilizados salieron a dar la cara y le buscan la mejor solución.
“Por mi raza hablará el espíritu” es su lema (le quitaron el Santo, ya ven, la educación laica), pero sí están buscando hacer las cosas bien.
Y para entrar al circo somos tan hojaldras, tan exagerados, con pruebas en que demuestren que pueden o no pueden, porque de videos, productos de IA o imágenes trucadas, todos nos comemos un pozole extra, con tostadas de pierna, sin respingar, y nos lo bajamos con una Pepsi, pero en la educación, como en el circo, tienen que demostrar quién es quién, porque de otra manera se hipoteca y se pierde el futuro.
Bastante para preocuparnos tenemos con esos cientos de miles de tramposos, listos para lubricar el sistema cultural mexicano de corrupción, que no es exclusivo de Morena, pero al que ellos supieron darle nuevos alcances insospechados.
Así que ya lo sabe: si quiere estar en el elenco, demuestre que es lo que dice ser y más aún.
La educación de “todos pasan, nadie reprueba” está intoxicando el alma y el cerebro de la niñez mexicana, a la que privaron de una escuela pública, tal vez pobre, pero muy digna, muy honesta, y con maestros de verdad, que no se ven porque ahora andan en las huelgas de la CNTE (la Coordinadora) o en las prebendas del otro SNTE, mientras que la niñez y la juventud que amaron José Vasconcelos, apóstol de la educación, y Ramón López Velarde, que anhelaba un brillo nimbado de talento de cada joven mexicano, no se queden amargados, frustrados, viendo que sí nos quedan talentos… pero en el fútbol, en la selección.
Y el talento es talento en todos los campos, pero en educación no es negociable, no es prescindible que su calidad se vaya a la chingada.
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