
Por Laura Gutiérrez Franco
Guadalajara se encuentra hoy atrapada entre el polvo, las vallas y una urgencia de última hora que raya en lo ridículo. Bajo el pretexto del Mundial 2026, las autoridades han volcado miles de millones de pesos en una serie de remodelaciones que, de haber existido una planeación urbana seria, deberían haber sido tareas de mantenimiento ordinario y anual, no “grandes hitos” de infraestructura.
Estamos ante un maquillaje carísimo que intenta ocultar las carencias de una ciudad que sufre todos los días. Lo que nos presentan como obras espectaculares para deslumbrar al mundo no es más que el cumplimiento tardío de obligaciones básicas. Pintar fachadas, arreglar banquetas que debieron estar listas hace años o pulir plazas no es visión de futuro; es, simplemente, una reacción desesperada.
Un ejemplo doloroso es la explanada del Hospicio Cabañas. Con una inversión millonaria y retrasos que ya superan lo tolerable, decidieron arrebatarle a las familias tapatías sus fuentes tradicionales. Esas fuentes no eran solo decoración; eran el refugio de cientos de personas que en tiempos de calor encontraban ahí un espacio de convivencia. Hoy, ese patrimonio social ha sido sacrificado por un diseño frío, pensado más en la estética de una postal para el extranjero que en la vida del ciudadano que paga sus impuestos.
Esta falta de visión y de seguridad se extiende hasta nuestra emblemática Minerva. Aunque presumieron su remodelación como una de las joyas de la corona para recibir al mundo, la delincuencia no da tregua. Apenas este 25 de abril, la zona sufrió un nuevo robo de cableado de cobre que no solo dejó el monumento a oscuras, sino que provocó un cortocircuito en el sistema de control de los semáforos en los cruces de Vallarta y López Mateos. Los daños se estiman en 185 mil pesos, una cifra que se suma a los constantes gastos por reparaciones tras actos vandálicos similares. Es la prueba de que de nada sirve pintar la fachada si por dentro la ciudad está abandonada y sin vigilancia. A esto se suma el caos vial generado por la reducción de carriles para los automóviles, una decisión que, lejos de mejorar la movilidad, solo ha complicado el tránsito en una zona ya de por sí saturada. Por cierto y el C5 de qué sirve en estos casos.
¿Realmente creen que esto es lo mejor que tenemos para ofrecer? Si de presumir a Jalisco se trata, la ruta del visitante internacional no debería ser el caos del Centro Histórico ni las obras inconclusas que solo generan pérdidas del 70 por ciento en las ventas de los comerciantes locales.
Si yo tuviera que ser la guía de quienes vienen por el Mundial, mi lista sería muy distinta. Los llevaría a la Minerva, sí, para disfrutar de la energía de un buen concierto, pero esperando que para entonces ya tenga luz y semáforos que funcionen. Para conocer el verdadero rostro del éxito y la tradición, el destino sería Andares, por su modernidad y dinamismo; Tlaquepaque, por ese espíritu artesanal que sí nos da identidad; y por supuesto Tequila, el corazón de nuestra industria más emblemática.
Es triste que para un evento de talla mundial, la autoridad le apueste a lo cosmético. Guadalajara merece una infraestructura que funcione los 365 días del año para su gente, no solo una “manita de gato” cuando vienen las cámaras internacionales. Al final, los reflectores se irán, pero nosotros nos quedaremos con la cuenta y con una ciudad que sigue perdiendo su esencia en aras de una modernidad mal entendida.
Por cierto, pasé por el llamado Parque Rojo y está sucio y feo ¿de qué presumen? Ah y a la Presidenta Municipal se le ha olvidado poner botes para la basura por las calles de ese rumbo. Es patético.
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