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Carlos Ramírez*

La primera y hasta ahora más importante frase de poscampaña del demócrata Joe Biden como candidato adelantado en los conteos de votos no debe pasar desapercibida, porque implica un mensaje más hacia el mundo que hacia los estadunidenses: “los EE. UU. están de regreso en el juego”.

Las primeras interpretaciones confirmaron el peor de los mensajes: si el modelo MAGA (Make America Great Again, hagamos grande a los EE. UU. otra vez) de Trump tuvo una consolidación interna, Biden ha dejado claro que su MAGA será una tarea de engrandecimiento del poder estadunidense hacia afuera, como en los años imperialistas de la alianza republicanos-demócratas en estrategia militar de seguridad nacional. Trump, por ejemplo, se distanció de la OTAN para que los países europeos aumentaran gastos de defensa y no dependieran del ejercito estadunidense; Biden, en cambio, regresará al modelo de imperialismo militarista externo, en el entendido de que la economía armamentista es uno de los motores del poder del dólar.

En este sentido, la victoria de Biden ha sido una mala noticia para los países que forman parte del juego del equilibrio –o desequilibro, más bien– de la geopolítica mundial: la Casa Blanca potenciará en el exterior el poder de dominación imperial que Trump había descuidado; sus acercamientos a Rusia, China, Corea del Norte y hasta Irán llevaron al mundo a una incomprendida distensión mundial. Ahora Biden, como parte del proyecto de reconfiguración del poder estadunidense mundial, restaurará el dominio militar sobre el mundo, comenzando con la reanudación del terrorismo árabe radical como la principal amenaza.

En este contexto se debe recuperar la carta pública de casi quinientos funcionarios y exfuncionarios de la comunidad de los servicios de inteligencia civiles, militares y privados circulada en septiembre como parte de los apoyos de funcionarios de la línea dura militarista del gobierno y la economía militar y pedían votar por Biden porque era el único que podía restaurar el respeto –concepto que se usa como sinónimo de miedo– al poder estadunidense. No será extraño, por tanto, que el próximo año veamos una reactivación de los grupos islámicos radicales que usan el terrorismo ante el aumento de la presencia de tropas estadunidenses en la zona árabe de conflicto religioso-petrolero.

En este escenario, también, debe analizarse el apoyo del expresidente George Bush Jr. al candidato Biden cuando Trump se negaba a reconocer como definitivas las cifras que le daban la mayoría de los colegios electorales al demócrata. Ese apoyo estuvo a punto de entregar Florida y Texas a los demócratas, pero Trump logró mantener la mayoría republicana. La alianza republicanos-demócratas ocurrió en el escenario de la propuesta de Biden de reforzar la seguridad nacional militarista estadunidense en el mundo para, lo dijo Biden, “regresar al juego” de poder mundial.

Los presidentes de los EE. UU solo tienen tres funciones reales: la primera está en su papel de figura de consenso del poder estadunidense, la segunda es la seguridad nacional y la tercera son los impuestos. Y si se quiere resumir las tres en una sola, habría que tomar prestado el concepto de Gore Vidal de que, en los ochenta en que se reconfigurada el poder mundial con la guerra de las galaxias de Ronald Reagan, los EE. UU son hoy un “Estado de seguridad nacional”.

Luego de la victoria de Trump hace cuatro años, la línea militarista de su equipo asesor recreó el modelo Tucídides de imperialismo: armarse y atacar a quienes pudieran convertirse en más poderosos, recreando la guerra del Peloponeso. Sin embargo, Trump dejó claro que la grandeza de los EE. UU. no estaba en el poder militar mundial subsidiando la falta de inversiones militares de los aliados y dejando a la Casa Blanca el peso de la fuerza militar. En lugar de guerra nuclear amenazante, Trump acudió a la guerra de aranceles con China y a un acercamiento personal con el norcoreano Kim Jong-un para desmontar el modelo republicano kissingeriano de la hegemonía mundial por la fuerza.

Biden regresará al consenso social militarista, aumentando la presencia militar estadunidense en el exterior y sobre todo en la zona árabe de conflicto religioso-territorial-petrolero, lo que sin duda revivirá la amenaza del terrorismo contra la Casa Blanca. En esta lógica se confirmaría el argumento de que los EE. UU. necesitan, en el enfoque republicano-demócrata, la amenaza de un enemigo externo para consolidar los consensos internos, aunque, como ocurrió con Bush Jr., la Casa Blanca diga mentiras y fabrique enemigos donde no los hay. El terrorismo fue usado por los EE. UU., después de 1989, como el fantasma de agresión terrorista, para motivar decisiones militaristas ante la derrota del comunismo.

Trump fue un problema para los estadunidenses por su carácter, su agresividad, su vulgaridad y sus actitudes insoportables, pero tomó una decisión estratégica de alejarse del escenario mundial guerrerista; Biden, en cambio, necesitado de mayor consenso interno porque el trumpismo se quedó con el 47% de los votos populares y con la posibilidad de dominio del Senado, usará la amenaza externa para tener fortaleza interna. Este escenario explicaría el mensaje –¿amenaza? – de Biden de que los EE. UU. están de “regreso al juego” geopolítico mundial.

SI la elección del 2016 salió derrotada la línea de seguridad nacional militarista de Hillary Clinton –ella y Obama como senadores votaron a favor de la invasión a Irak en 2003 tomada por el presidente Bush en base a inteligencia fabricada por la CIA y el MI-6 inglés–, la opción Biden fue la de la restauración de la grandeza estadunidense a través del poder militar y la acción geopolítica.

A los europeos no les gustaba Trump por vulgar, pero dentro de poco comenzarán a extrañarlo por su aislacionismo.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

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Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- La reforma constitucional al Estado salinista, clave para potenciar la 4-T

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Carlos Ramírez*

El comienzo del tercer año de gobierno y el marco referencial de la Cuarta Transformación (4-T) han avanzado a base de decisiones aisladas, Pero la clave de su viabilidad en la construcción de un proyecto posneoliberal radica en la postergada reforma constitucional al Estado neoliberal delamadridista-salinista.

El neoliberalismo mexicano no se aplicó de forma doctrinaria, ni en decisiones de coyuntura. De la Madrid y Salinas de Gortari crearon un maco histórico, reformaron en la Constitución las funciones del Estado y trataron de perfilar una doctrina ideológica. Al final, las reformas sólo se redujeron al neoliberalismo económico puro, sin ideología ni bases sociales.

La 4-T es un proceso de transición del sistema neoliberal a un modelo de Estado social; al menos así se deriva de las decisiones asumidas en estos dos años de gobierno. Sin embargo, los alcances de la 4-T van a depender de las reformas constitucionales necesarias e indispensables a la reforma constitucional de De la Madrid-Salinas de Gortari que le dieron estructura legal al proyecto neoliberal: el paso del Estado social de la Revolución Mexicana o lo que quedaba de ella después del gobierno de López Portillo al Estado autónomo de los compromisos sociales históricos.

Las reformas constitucionales de De la Madrid y Salinas de Gortari desmantelaron las funciones del Estado histórico y lo dejaron como una estructura funcional a la economía de mercado. La 4-T y su proyecto posneoliberal quiere regresar al Estado como eje de la economía y a los compromisos de equidad social que el mercado no se preocupa por atender. Sin embargo, estas metas de la 4-T serán imposibles de lograr si no se reforma al Estado constitucional neoliberal y si no se define, de manera simultánea, un nuevo proyecto de desarrollo, una nueva economía mixta y un nuevo Estado de bienestar.

Ahí es donde el presidente de la república ha estado operando, sólo que de manera aislada, individual, sin contar con una élite intelectual constructora del nuevo pensamiento, sin un partido que reorganice y movilice a las clasessociales y sin una propuesta de redefinición del Estado. De la Madrid y Salinas dejaron al modelo neoliberal muy atado a la Constitución, metido en las estructuras del PRI con los comités Pronasol sustituyendo a los seccionales del partido y una nueva política presupuestal ajena al papel del Estado para dinamizar la economía.

El modelo de Estado autónomo fue tomado por Salinas de Gortari, para las reformas constitucionales delamadridistas del 19 de enero de 1983, de la corriente del neoliberalismo salido del marxismo arrepentido de Theda Skocpol en Harvard por los mismos años en los que Salinas de Gortari estudiaba su doctorado en la misma universidad. El Estado dejaba, explicó en un discurso de 1985, de ser el campo de batalla de las clases sociales, se colocaba al margen de la disputa por la dirección política de los gobiernos y administraba recursos en función de programas carentes de bases sociales. Ahí, en ese modelo, el PRI de Salinas de Gortari y Luis Donaldo Colosio perdieron bases sociales y llevaron a la sustitución de la Revolución mexicana por el modelo juarista de “liberalismo social” que no era otra cosa que las bases del capitalismo mexicano.

En este contexto, a las decisiones de la 4-T le faltan estructuras constitucionales. La Guía Etica para la Transformación de México requiere de reformas constitucionales para tipificar de manera delictiva la corrupción. En diciembre de 1982, al tomar posesión. De la Madrid presentó el discurso de la renovación moral de la sociedad, pero lo acompañó de la reforma constitucional para caracterizar nuevos delitos y someter a funcionarios a la penalización de corruptelas. Sin castigos incluidos en las leyes, la guía ética quedará como referencia simbólica.

Sin una reforma al Estado neoliberal delamadridista-salinista, los alcances de la 4-T serán sexenales, dependerán de la fuerza personal del presidente en turno y podrían modificarse con los reacomodos electorales. Ahí es donde ha fallado Morena como el aparato político-ideológico de partido de la 4-T y ahí estaría el desafío para Mario Delgado como nuevo dirigente.

El presidente López Obrador entra a su segundo tercio de gobierno con el desafío de llevar a la Constitución el Estado posneoliberal.

 

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Política para dummies: La política es fuerza, no ética.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- México-Biden (y 10). Con EE. UU. sólo una diplomacia posneoliberal

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Carlos Ramírez* 

Como la política exterior es una extensión de la política interior y como los EE. UU. son para México un asunto de política interna y el relevo en la Casa Blanca marcó la llegada de los halcones de la seguridad nacional imperial demócrata-republicana, las posibilidades de la 4-T como proyecto del grupo gobernante requerirá la cancelación de la diplomacia neoliberal mexicana que dejó muy atada el proyecto salinista y una nueva diplomacia posneoliberal.

Con las conclusiones de 1988 de la Comisión sobre el Futuro de las Relaciones México-Estados Unidos tituladas El desafío de la interdependencia y el contenido estratégico de seguridad nacional de los EE. UU. en el Tratado de Comercio Libre del Memorándum Negroponte de 1993, México tuvo que modificar su pensamiento histórico sobre su vecino y subordinarse a la lógica de la seguridad nacional imperial de la Casa Blanca.

El enfoque nacionalista, de mercado interno y posneoliberal del gobierno del presidente López Obrador pudo eludir las doctrinas imperiales porque el presidente Trump carecía de un pensamiento estratégico de seguridad nacional imperial y buscó sólo que México no se aprovechara de la globalización a costa de empresas y empleos estadunidenses. Sin embargo, el equipo de política exterior del presidente Biden es una mezcla de la dominaciónrepublicana de la seguridad nacional autoritaria y las sonrisas demócratas para aplicarlas.

Una buena parte de los votos a favor de Biden estuvo estimulada por el mensaje de que Trump había hecho declinar el poderío estadounidense de dominación en detrimento del confort estadounidense y que se requería el regreso a la diplomacia de las cañoneras y del big stick (gran garrote). En este sentido, México debe prepararse para una fase de presión estadounidense que lo obligará a apoyar iniciativas militaristas estadounidenses.

En este sentido, los grandes temas de la agenda de Biden con México se van a reducir a dos puntos: migración y narcotráfico, las dos con una mayor intervención de la Casa Blanca en las políticas mexicanas. Biden hará máspresiones de las que hizo Trump en esos dos temas, con la diferencia de que Trump aplicó coacciones para contener conflictos, en tanto que el equipo de seguridad nacional y política exterior de Biden las usará para controlar a México y alinearlo a las prioridades estadounidenses contra China, Rusia, Venezuela e Irán.

El corto ciclo seguro de cuatro años de Biden en la Casa Blanca –en realidad los primeros dos, porque los otros dos serán de lucha por la candidatura presidencial estadounidense de 2024– obligará a México al replanteamientode una política exterior posneoliberal y no ortodoxa, fuera de las tradiciones conservadoras de la diplomacia burocrática de la cancillería. Los primeros indicios revelan que el canciller Marcelo Ebrard entiende de estos juegos de poder, pero la burocracia diplomática está presionando en Palacio Nacional para subordinar a México a la lógica del poder de la Casa Blanca dominada por la alianza militarista y de seguridad nacional entre demócratas y republicanos.

Lo peor que le puede ocurrir a México será jugar con las reglas de las tradiciones diplomáticas bilaterales, porque ahí la burocracia de poder de la política exterior estadunidense se mueve de manera articulada, en tanto con Trump se basaba en los caprichos personales. En este sentido se localiza uno de los primeros mensajes internacionalistas de Biden: “los EE. UU. (durante su gobierno) están listos para liderar el mundo”. Washington pasará del aislacionismo de Trump al hegemonismo de Biden.

En este contexto, el principal desafío que plantea Biden a México será dar el paso de la diplomacia neoliberal de Salinas de Gortari y las obligaciones geopolíticas del Tratado a una política exterior dinámica, de seguridad nacional hacia el exterior y basada en un replanteamiento de todos los acuerdos de cooperación firmados de 1970 a la fecha porque todos ellos cedieron la soberanía mexicana a los intereses, enfoques y principios estadounidenses. Y el primer paso sería limitar el intervencionismo de la Casa Blanca de Biden en asuntos mexicanos.

 

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Política para dummies: La política es un acto soberano frente a los demás.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Biden y el imperialismo necesario

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Carlos Ramírez*

El peor rechazo y repudió a Trump no pareció haber sido por su estilo brusco, vulgar, racista y desagradable de gobernar, sino por su incapacidad para hacer funcionar el imperio estadunidense. Paradójico: Trump demostró que el mundo no puede funcionar sin una conducción imperial.

Los primeros anuncios de Joe Biden fijaron la prioridad en acuerdos multilaterales que Trump había abandonado: la OTAN, el cambio climático, la ONU, La Organización Mundial de Comercio. Durante cuatro años los países del mundo tuvieron la oportunidad de recuperar una autonomía relativa en temas militares, económicos, sociales, pero no supieron funcionar sin el padrinazgo autoritario de la Casa Blanca.

La disminución de la importancia de la OTAN para Trump ofreció la oportunidad para transitar el modelo de equilibrio militar y nuclear que quedó sobreviviendo después de la desarticulación del frente soviético del Pacto de Varsovia y la incorporación de expaíses socialistas a la OTAN. Era la gran posibilidad de construir nuevos equilibrios no militares ni nucleares y de romper la dependencia del poder nuclear de Washington como el defensor de países débiles.

El mundo no supo construir un equilibrio diferente después de 1989 y le dio la oportunidad a los EE. UU. de inventar –magnificándolo– al terrorismo como sucedáneo del comunismo soviético; pero en los cuatro años de Trump se vio que el terrorismo perdió fuerza y legitimidad –si acaso alguna vez la tuvo– y en la Casa Blanca potenciaron entonces la amenaza del narcotráfico y el crimen organizado como amenaza mundial para recentrar su estrategia de seguridad nacional. Trump se quitó de enfrente de Putin y el ruso disminuyó su influencia, se reunió dios veces con el norcoreano y abrió una batalla comercial con China. Y antes de tener que dejar la Casa Blanca, Trump anuncio el retiro de las tropas de Afganistán.

La estrategia de Trump de fortalecimiento del dominio de los EE. UU. no se basó en las cañoneras ni en los marines, sino en el fortalecimiento interno de su economía, inclusive alejándose de la globalización. Se vio con claridad con el replanteamiento del Tratado de Comercio Libre con México: el regreso de fábricas a territorio estadunidense y castigos arancelarios para equilibrar ventajas. No terminó con el Tratado, sino que logró más beneficios para la economía estadunidense. México se había confiado en su posición cómoda de exportar bienes primarios y abandono la policía industrial. Con la reforma tendrá que igualar competitividad con los EE. UU.

El mundo demostró en cuatro años que no sabe vivir sin una conducción imperial. La queja de los líderes europeos contra Trump fue en el sentido de resentir el abandono del dominio estadunidense en economía y militarismo. Salvo el Medio Oriente y por razones de Washington, las guerras han disminuido su presencia globalizadora.

Los EE. UU. intervinieron en el mundo después de la segunda guerra mundial cuando se percataron del expansionismo soviético. El modelo político imperial de Stalin y Brézhnev justificó, en la teoría de los dos demonios, el militarismo capitalista estadunidense: Corea, Vietnam, Cuba, Chile y los avances de los partidos comunistas en Europa occidental explicaron el endurecimiento de la diplomacia de las cañoneras.

El petróleo árabe y el conflicto árabe-israelí descompusieron la región, aumentaron la presencia estadunidense y encontraron al demonio del terrorismo. La invasión iraquí a Kuwait ocurrió menos de un año después del desmoronamiento del Muro de Berlín. Y la zona entró en zona de guerra hasta llegar a los ataques del 9/11 del 2001 y el asesinato de Osama bin Laden por instrucciones del presidente Obama en mayo de 2011. Los dos presidentes Bush, petroleros en sus negocios privados, incendiaron el medio oriente. Pero llegó Trump y disminuyó la presencia militar en la zona, el terrorismo disminuyó y las contradicciones religiosas internas están acotando el activismo externo del radicalismo árabe religioso.

En este sentido, Trump retrocedió la política exterior imperial y abandonó a sus aliados, sin que hubiera un avance militar de Rusia, China, Corea del Norte, Irán o Cuba. En todo caso, lo significativo fue la estrategia de política exterior de China basada no en la exportación del comunismo ni en la promoción de revoluciones, sino en programas de inversiones productivas en áreas de infraestructura, sobre todo en zonas abandonadas por las inversiones estadunidenses, de manera significativa en Iberoamérica.

Los aliados estadunidenses, sumidos todos en una fase de aislacionismo regional y de bloques propios, no pudieron entenderse con Trump y de manera política votaron pro Biden y su regreso a la policía imperial de dominación intervencionista. Se trata, cuando menos hasta ahora, del ejercicio del poder imperial blando, pero igual con la amenaza de las cañoneras.

Biden va a regresar a los EE. UU. como policía del mundo, aunque, sin decirlo de manera explícita, con la lógica de sus intereses económicos y de exacción de recursos naturales. La OTAN será revalidada y de nueva cuenta Europa podría entrar en zona de tensión con Rusia en fase de novorrusia de poder de Putin. Se prevé que Biden regrese las tropas a Afganistán y de nueva cuenta escale tensiones con Irán. En Iberoamérica Obama definió el modelo de crimen organizado trasnacional para intervenir en los países e imponerles modelos de desarrollo funcionales a las necesidades de los EE. UU., sin olvidar que en diciembre de 1989 Bush Sr. invadió Panamá para arrestar de manera extraterritorial al jefe del ejército panameño por estar al servicio del narco.

En este contexto, el imperio estadunidense tradicional viene de regreso con Biden.

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