La opinión del experto y Mtro Horacio Villaseñor
La furia de la naturaleza es el pretexto favorito de los malos gobiernos para justificar su propia indigencia técnica. Cada temporada de lluvias se repite la misma comedia oficial: los funcionarios se desgarran las vestiduras culpando a atípicos meteorológicos, trombas históricas y huracanes lejanos de los colapsos que paralizan la ciudad. La verdad incómoda, la que duele en el presupuesto y en la desidia burocrática, es que las precipitaciones que hoy hunden a Guadalajara en el caos son las mismas de siempre, las de toda la vida. Lo que ha cambiado dramáticamente no es el cielo, sino la ineptitud monumental de un ayuntamiento incapaz de prever lo previsible. Un gobierno verdaderamente eficiente no se sorprende en septiembre de que llueva en verano; lo sabe, lo anticipa y presupuesta para ello. Sin embargo, la actual administración prefiere la inercia de la reacción a la disciplina de la planeación. Con frecuencia se recurre al cómodo discurso de culpar a la basura o a la falta de retiro de azolve, como si el problema se redujera a una cuestión de civismo ciudadano o escobas. No nos equivoquemos: el problema de fondo no es la basura, sino que el drenaje simple y sencillamente es insuficiente. Las redes actuales fueron rebasadas por el tiempo, la densidad y la falta de visión hidráulica profunda; pretender que el caos se resuelve limpiando alcantarillas es subestimar una crisis estructural con paños calientes. Tampoco podemos caer en el falso desvío de culpar a los desarrolladores inmobiliarios ni pretender eximir al gobierno de su responsabilidad exigiéndoles a los privados obras de mitigación que corresponden a la autoridad. Guadalajara debe crecer hacia arriba; la densificación vertical es el camino correcto para una ciudad moderna. Así como el desarrollador construye torres porque ese es su rol, el ayuntamiento debe asumir el suyo con altura de miras. El verdadero déficit está en la incapacidad municipal para dotar a la ciudad de infraestructura verde y áreas de esparcimiento que abatan el enorme rezago que existe de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS) y que, además, filtren el agua de lluvia. Anunciar intervenciones en espacios existentes o colgarse medallas con predios que ya eran públicos —como convertir el parque de La Ex Penal de Oblatos en un bosque urbano— no tiene mayor chiste. Hay que recordar que en el periodo de la administración municipal 1980-1982, que presidió Don Arnulfo Villaseñor Saavedra, el ayuntamiento adquirió con dinero propio y finanzas sanas ese espacio al Gobierno del Estado e hizo el parque. Esto significa que, si Don Arnulfo no lo compra en su momento, la actual alcaldesa hoy no tendría nada que presumir allí.Un buen presidente municipal compra terrenos o manzanas enteras, sin deuda y con recursos propios producto de una buena gestión, para abatir el déficit histórico de áreas verdes. Don Arnulfo adquirió sin endeudar a la ciudad, en solo tres años de su periodo, el 33% de la superficie de áreas verdes que hoy tiene Guadalajara. La actual administración no ha comprado para la ciudad ni un solo metro cuadrado de terreno. A esta miopía patrimonial se suma la negligencia en los servicios básicos urbanos: un arbolado enfermo y desatendido que termina desplomándose sobre los coches y un asfalto de pésima calidad que se disuelve como azúcar en agua cada vez que cae un aguacero. El resultado no es solo una ciudad estrangulada, sino una ciudad profundamente peligrosa: calles convertidas en torrentes mortales, socavones trampa y un caos vial absoluto donde el eslogan publicitario de “La Ciudad que te Cuida” queda desnudo como lo que siempre fue, un triste cuento de marketing político.Todo esto sucede simplemente porque quienes despachan en el Palacio Municipal están más ocupados en la simulación electoral y en administrar mediocremente que en visionar el futuro de la metrópoli. La crisis bajo la tormenta es el retrato exacto de una gestión que gobierna con los ojos cerrados: ignoran el ciclo natural del agua, desprecian la ingeniería urbana elemental, confunden la administración pública con la administración del desastre y carecen por completo de la audacia financiera de los verdaderos estadistas locales.Mientras el lodo y las aguas negras sigan llegando hasta las puertas de los hogares tapatíos, los gobernantes sigan echándole la culpa a las nubes y el erario se gaste en ocurrencias en lugar de visión de futuro, la verdadera tormenta seguirá soplando desde las oficinas de un poder indolente. ¡Pobre Guadalajara!
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