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Carlos Ramírez*

En la elección presidencial del próximo 3 de noviembre no está a debate la democracia imperial de dominación militar-financiera-mediática, sino la primera crisis de relevo generacional y de nuevos enfoques de seguridad desde el colapso de la Unión Soviética en 1989.

En los hechos, el Estado de seguridad nacional militarizado de los EE. UU. no pudo transitar hacia nuevas formas de dominación, pero sus liderazgos presidenciales resultaron frívolos, menores y sin pensamiento estratégico: Bush Sr. traicionó el enfoque de Reagan, Clinton se perdió debajo de las faldas de Hillary, Bush Jr. de casualidadpudo fijar el militarismo atrabancado en Irak y Afganistán, Obama se ahogó en su arrogancia y Trump supo anular al viejo Estado imperial sin construir una nueva fase.

Las élites estadunidenses posteriores a noviembre de 1989 carecieron de un enfoque económico, quedaron atrapadas en los viejos compromisos militaristas y no entendieron que el nuevo campo de batalla no era el ideológico de la guerra fría, sino en del comercio y la reconversión de la planta productiva para la competitividad. Por eso el hombre más rico de los EE. UU. ya no es el inventor de las páginas web Bill Gates, sino el comercianteJeff Bezos, dueño de la distribuidora Amazon y también propietario, como simbolismo mediático, del The Washington Post anti Trump.

La candidatura de Donald Trump en 2016 fue la de un externo del viejo sistema/régimen/Estado que entendió que la élite gobernante había perdido la alianza con la base social, sobre todo la de los condados. Y en estos tres y medio años, Trump ha buscado destruir ese viejo Estado militarista de complicidades políticas-militares-mediáticas, pero no supo construir una nueva estructura de poder. En cambio, el viejo régimen quiere rehacer la alianza élites tradicionales-comunidad afroamericana que nunca entendió Obama y que está reventando en las protestas violentas afroamericanas sólo en condados y estados gobernados por demócratas, lo que confirmaría el fracaso del experimento con Obama.

Todo el viejo Estado tradicionalista de la coalición demócratas-republicanos está conspirando contra Trump para impedir su reelección, porque en los próximos cuatro años es más posible que Trump y Mike Pence fortalezcan una nueva élite gobernante que la antigua sobreviva a Obama, a Nancy Pelosi y los republicanos aliados.

En este sentido, lo que se disputa en las elecciones presidenciales de los EE. UU. no es la inexistente democracia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, sino el control de la estructura del Estado en nuevas élites posteriores al colapso soviético. Los EE. UU. no entendieron que el desmoronamiento de la URSS debió haber provocado una transición ideológica estadunidense, pero a los demócratas Clinton y Obama y los dos Bush se les hizo fácilsustituir al comunismo soviético con el decadente terrorismo musulmán radical. La guerra que reventó a Moscú no fue la militar, sino la comercial de la globalización que se había iniciado en 1985 (año de ascenso de Gorbachov al poder) y que se institucionalizó en noviembre de 1989 con el Consenso de Washington para la apertura comercial de fronteras, justo sobre el cascajo del muro de Berlín.

Las posibilidades de victoria de Trump se deben medir con el nivel cada vez más intenso de oposición del viejo régimen, incluyendo a los grandes medios como The New York Times, The Washington Post y la CNN inventandonotas, destacando hasta el tamaño del órgano sexual del presidente y perdiendo la objetividad y el equilibrio informativo que fue la gran herencia del periodismo estadunidense.

Las elecciones las van a decidir los estados de ánimo de los estadunidenses de condado, a los que los analistas mexicanos agringados no alcanzan a entender ni a sopesar.

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Política para dummies: La política es, como decía Lenin, saber escuchar el ruido de la caída de las hojas.

 

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Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- México, vecino incómodo de Biden; hay intereses nacionales mexicanos

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Carlos Ramírez

Como no se había dado desde los tiempos de Lázaro Cárdenas y Luis Echeverría, la política exterior mexicana regresa con López Obrador al reconocimiento de la existencia de intereses nacionales mexicanos en la relación con el vecino del norte. Y como no había ocurrido antes en EE. UU. el disenso interior con Donald Trump le esta restando legitimidad a la política exterior imperial de la Casa Blanca.

Si se revisan con cuidad todas las advertencias mexicanas a López Obrador para no hacer enojar a Washington se descubrirá que son de aquellos grupos, sectores y corrientes que apoyaron de manera ciega a Joseph Biden sólo para mostrar su repudio a Trump. Es decir, que cayeron en la trampa estratégica del menor daño, pero sin debatir que toda política exterior se define desde la política interior y ésta, en la perspectiva mexicana de relaciones de poder con otras potencias, a su vez se decanta de la definición de los intereses ideológicos, geopolíticos e históricos mexicanos.

En un esfuerzo de sistematización de posicionamientos, los que critican a López Obrador por apoyar a Trump, por marcar distancia de Biden y por meter a México otra vez bajo el paraguas de seguridad nacional estadunidense forman parte de los grupos intelectuales cincelados por el neoliberalismo salinista del Tratado de Comercio Libre 1991-1993. Pero la propuesta posneoliberalde López Obrador de modo natural nopasa por el túnel del neoliberalismo. En todo caso, a la 4T le falta aterrizar su modelo de desarrollo nacional, su reformulación del Estado salinista y su reorganización total del sector público.

Los textos que sugieren que López Obrador acepte las condiciones de subordinación voluntaria a los criterios imperialistas de Biden niegan el esfuerzo mexicano de saltar el modelo priísta de marear a los estadunidenses. Durante años, Washington no pudo descifrar al PRI y prefirió convertir al PRI en el espacio de intermediación de la aceptación de la dominación imperial. En este sentido, EE. UU. pasó a formar parte de los sectores invisibles del sistema político priísta.

La propuesta de López Obrador pasa por una autonomía relativa del desarrollo respecto de las dominaciones del modelo expansionista imperial-financiero de Washington. En el caso de la seguridad, por ejemplo, México sabe que EE. UU. quiere el control del crimen organizado para regular acceso de droga, disminuir su potencialidad criminal y apropiarse del lavado de los recursos financieros del tráfico. En los hechos, EE. UU. no quiere terminar con la droga porque enfrentaría la violencia de 30 millones de adictos directos y de otro tanto de adictos indirectos. En este sentido, su estrategia es la de subordinar a México a los enfoques de la Casa Blanca, México, en cambio, tiene el proyecto de construcción de la paz.

Biden asistió a su encuentro con el presidente de México ayer lunes con la herida abierta de Trump, el asalto al Capitolio y la reactivación del trumpismo republicano el pasado fin de semana. El eje social y de poder de la Casa Blanca para la dominación mundial ha nacido del consenso interno sin importar filiaciones partidistas. Mientras Trump siga manteniendo el control de buena parte del Partido Republicano, Biden no podrá tener la legitimidad interna para el imperialismo externo. En este escenario podría interpretarse que López Obrador juegue con su alianza pasada con Trump, a condición de que obtenga concesionesmayores de Biden.

La capacidad interna de López Obrador va a depender, también, de su habilidad para romper el padrinazgo de EE. UU.-Biden a favor de los grupos mexicanos opositores al lopezobradorismo. El escenario repite lo ocurrido en 1995 cuando el demócrata Clinton apoyó al neoliberal Zedillo en la crisis salinista, a cambio de la alternancia en la presidencia hacia el PAN. Hoy Biden y su grupo estratégico no tienen un aliado mexicano interno para oponerlo a López Obrador, como ocurre en Cuba, Venezuela, Nicaragua y el mundo árabe en crisis.

Mientras Biden no fortalezca su fuerza interna ante Trump, su capacidad exterior dependerá de la sumisión de otros países, como ya ocurrió con Inglaterra, Alemania y en general Europa. Y en el juego de estrategias, China, Rusia, Corea del Norte e Irán ya están dentro de la orbita iberoamericana de la Casa Blanca.

Y México ya mostró su prioridad: los intereses nacionales mexicanos por encima de los estadunidenses.

 

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Política para dummies: La política exterior mexicana con respecto a EE. UU. consiste en engañar a la Casa Blanca y jugar ajedrez en un tablero de damas chinas.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Reforma energética: batalla por el Estado y contra neoliberalismo

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Carlos Ramírez*
En su desangelada pre-pre campaña presidencial por el 2024, el panista Ricardo Anaya Cortés difundió un video que pide –casi exige– la no aprobación de la reforma energética del presidente López Obrador. Lo que el derrotado candidato presidencial del 2018 no dice es que la propuesta actual va a borrardel mapa político la reforma energética del presidente Peña Nieto y su alianza con el PAN
y el papel de Anaya como presidente de la mesa directiva en 2013 que desdeñó las objeciones del PRD lopezobradorista.

Desde el sillón y con el martillo de jefe de la mesa directiva, Anaya aceptaba con paciencia las objeciones de la oposición perredista, las sometía a voto económica –a mano alzada– de los legisladores y luego, ante la minoría en contra, pronunciaba las palabras legales pero que negaban negociaciones: “en consecuencia, se desecha”. Hoy es lo mismo.

El debate sobre la reforma energética lopezobradorista se enmarca, quiérase o no, en dos enfoques polares: el modelo neoliberal de la reforma de Peña, el PAN y el Pacto por México para privatizar áreas publica y el modelo de rectoría activa y exclusiva del Estado. Se podrá estar de acuerdo o no, pero el actual modelo eléctrico de plano sacó al Estado de la regulación social del sector, con el dato agravante de que muchos de los funcionarios y legisladores de 2013 hoy trabajan para la industria eléctrica privada.

Las reformas de Peña Nieto en 2013 y 2014 que el candidato López Obrador dijo que iba a borrar si ganaba y que fueron bandera de campaña en contra y a favor salieron del acuerdo secreto del PRI con el PAN y el PRD chuchista en el llamado Pacto por México. El presidente electo quería una agenda legislativa informal, pero el PRI se amafiócon el PRD de Los Chuchos ya en pleno proceso de neoliberalizacion ideológica para fijar la segunda generación de reformas dentro del modelo de mercado del gobierno de Salinas de Gortari que prohijó la candidatura presidencial de Peña Nieto.

Este contexto político es inevitable el conflicto. El Pacto por México salió del fondo del proyecto neoliberal salinista de privatización de la economía pública, con la entrega a empresarios de las empresas estatales y paraestatales y la reforma del Estado para pasar, en el modelo conservador de Theda Skocpol, al “estado autónomo” de compromisos sociales, como fijó con precisión Salinas de Gortari en 1985 como arquitecto del proyecto neoliberal de De la Madrid-Salinas.

Las reformas lopezobradoristas a la educación, la luz y el petróleo fueron compromisos de campaña y fijaron la tendencia mayoritaria de votos a favor de López Obrador. En todo caso, la oposición PRI-PAN-PRD que avaló las reformas peñistas no ha sabido darle al debate su verdadero contexto: la cancelación, cuando menos por este sexenio, del modelo económico neoliberal salinista. La nueva mayoría legislativa opera como la anterior tripartidista-peñista.

En la configuración de las candidaturas a las elecciones legislativas federales de 2021 aparecen en la oposición los mismos liderazgos del Pacto por México: el PAN de Anaya, el PRI de Peña Nieto y el PRD de Los Chuchos; y lo grave para esta alianza, reforzada con el sector empresarial que se benefició de la economía neoliberal, es que carece de un discurso analítico, ha sido incapaz de reconocer que las reformas de Peña no beneficiaron a la sociedad y que a final de cuentas todo se redujo al negocio privado.

En este mismo vacío de argumentos, la oposición carece de capacidad política e intelectual para discutir el tema del Estado, de sus funciones y de sus compromisos sociales porque el Estado neoliberal polarizó la distribución de la riqueza a favor de la plutocracia que se beneficio con la privatización, con Carlos Slim Helú al frente de esa nueva casta social multimillonaria en un país de pobres y marginados. La propuesta lopezobradorista busca el refortalecimiento del Estado con la intervención directa en los procesos productivos, en tanto que la defensa opositora quiere que se mantengan los privilegios de la privatización del periodo neoliberal que ha involucrado a Salinas de Gortari, Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y Peña Nieto.

Las quejas opositoras suenan hipócritas porque en el pasado priísta-panista se dieron las mismas prácticas de uniformidad. Habrá que releer las versiones del debate de la reforma energética de 2013 para revivir la sumisión del PRI, el PAN y el PRD a la compra de votos por el gobierno de Peña Nieto.

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Política para dummies: La política efectiva es la que no se quiere discutir, sobre todo cuando están en juego privilegios de riquezas y cargos de pobreza.

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Biden, como Trump,  hace grande a América otra vez

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Carlos Ramírez*

Los primeros mensajes de Joseph Biden como presidente de EE. UU. insistieron en señalar que la Casa Blanca estaba de regreso al juego mundial del que nunca se fue. Lo único que cambio en los cuatro años de gobierno de Donald Trump fue el estilo: pasar de la arrogancia del poder grosera a… la arrogancia hipócrita del poder, una diferencia de estilos con los mismos objetivos. A su manera, Biden anunció su modelo trumpista de grandeza estadunidense.

En su primer discurso planetario en la Conferencia de Seguridad de Munich, el presidente Biden ha querido marcar una diferencia con respecto Trump. El problema, sin embargo, no son los estilos sino los objetivos estratégicos: los dos han representado la reconstrucción de la hegemonía militar, de modelo productivo y de confrontación dominante de EE. UU. ante China, Rusia, Corea del Norte e Irán.

La restauración de política de bloques con Biden restaura el poder centralizado a la Casa Blanca. La propuesta de Trump se basaba en la reconstrucción del poder económico e industrial interno y en la obligación de las potencias aliadas a compartir gastos militares. Biden regresa a los presupuestos militares estadunidenses basados en la lógica interna del complejo militar-industrial como motor de la economía.

El objetivo de Biden, según se desprende de su primer discurso mundial, se sustenta en el objetivo de regresarle centralidad al poder militar de EE. UU. Y el mensaje no ha sido disfrazado: la designación del general de cuatro estrellas y exjefe de un comando planetario estadunidense Lloyd Austin como secretario de Defensa y responsable de La Casa de la Guerra que es el Pentágono confirma las intenciones de dominación de Biden. Y los mensajes negativos hacia China y Rusia reafirmaron la estrategia de equilibrio dominante basado en la nueva amenaza militar mundial.

El análisis del discurso de Biden ante el Grupo Munich de jefes de Estado de la comunidad occidental deja muchas dudas sobre los enfoques estratégicos de Washington. Sobre todo, no presenta un diagnóstico acertado del mundo. Ante la crisis del viejo modelo de democracia occidental y cristiana que definió la seguridad nacional de la Casa Blanca desde Reagan (1981-1989) y el colapso del propio sistema político-electoral de EE. UU. con las recientes elecciones de noviembre y el asalto al Capitolio en enero, la participación de Biden quiso eludir explicaciones.

La conceptualización de Biden sobre la fragilidad del modelo de democracia no representativa sino de lobbies de EE. UU. no apareció en su discurso vía internet. La transcripción oficial de la Casa Blanca del discurso de Biden registra, inclusive, el tropiezo presidencial en el último minuto cuando dice: “demostremos a nuestros nietos, cuando lean sobre nosotros, que la democracia… democracia… democracia funciona y trabaja”.

Biden le debía a la comunidad mundial una explicación sobre la crisis política estadunidense de noviembre-enero. Y no era difícil de darse. El Capitolio como institución resistió el embate de los grupos ultraderechistas y milicianos que entraron a uno de los tres locales del poder –los otros dos: a Casa Blanca y la Corte Suprema–, se pasearon sin objetivos concretos, se robaron adornos y documentos y salieron protegidos por la policía.

No fue, pues, un golpe de Estado, sino una explosión popular de violencia de grupos simpatizantes de la ultraderecha estadunidense aliada a Trump. El sistema político quiso llevar al expresidente Trump a prisión y vestirlo con traje naranja de preso y las siglas de DOC —Department of Corrections–, pero el propio sistema político no solo salvo a Trump, sino que con su exoneración ayudó a evitar una fractura estructural en el avejentado edificio del poder de EE. UU.

Como presidente ganador y presidente en funciones, Biden ha enviado al mundo un mensaje insistente: EE. UU. “ha vuelto”. Se trata de una afirmación con muchas interpretaciones: en realidad, Washington con Trump nunca se fue del escenario internacional, mantuvo la línea militarista de largo ciclo Reagan-Obama, refrendó el poderío invasor de Bush Jr. en el medio oriente y marcó distancias no violentas con China, Rusia y Corea del Norte. En los hechos, Trump nunca quiso dinamitar la OTAN, sino que obligó a los países de la alianza atlántica a compartir gastos militares. En Iberoamérica dejó claro el mensaje imperial de “américa para los americanos” y acotó los avances de China, Irán, y Rusia en el continente.

Biden dijo que EE. UU. ha vuelto “para liderar al mundo”, pero en el entendido de que Trump, a su manera y con sus malos modos, siempre mantuvo ese liderazgo. El único cambio ha sido el estilo personal de imponer la fuerza: de forma arrebatada y grosera con Trump a tímida de Biden. Pero en el fondo se trata del mismo dominio imperial: militar, económico, comercial.

Al final de cuentas, el dominio hegemónico de EE. UU. es muy claro: el paraguas militar, la seguridad nacional estadunidense en sus incursiones armadas en el mundo y la vigencia del capitalismo de empresa privada de las grandes corporaciones estadunidenses. Al frente de estos objetivos se encuentra la mascarada de la democracia que defiende e impone EE. UU. en el mundo. Pero no se trata de la democracia de Jefferson (república de leyes e instituciones) ni de Lincoln (del pueblo, con el pueblo y para el pueblo), sino de la democracia de los lobbies de grupos económicos que financian legisladores vía los Comités de Acción Política y que cobran favores con apoyo a leyes para grupos empresariales.

Biden regresará a EE. UU. al liderazgo mundial porque los demás países capitalistas prefieren pagar protección para sus propios sistemas capitalistas internos. Por lo tanto, Biden regresa al mundo a la conocida guerra fría de modelos económicos, para vergüenza de Fukuyama y su fin de la historia que tampoco se fue.

El contenido de esta columna es responsabilidad exclusiva del columnista y no del periódico que la publica.

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