Por Carlos Ramírez
La grave declaración del presidente Donald Trump en el sentido de que México no es un país amigo marcó el inicio de una fase de intervención estadunidense directa en la vida política mexicana por las elecciones legislativas de 2027. Pero el problema no es de amistad sino del hecho de que México y EU se han convertido en el mutuo problema número uno de seguridad nacional y geopolítica, pero con la circunstancia agravante de que México depende más de su vecino que al revés.
El asunto es geopolítico como para responder con las salidas por peteneras de siempre: sí somos amigos.Washington tiene cuando menos tres instrumentos clave que influirán en el proceso político-electoral mexicano de 2027 con miras a las presidenciales del 2030: el Tratadocomercial con sus castigos arancelarios por razones políticas,las visas americanas que están identificando a narcopolíticos locales y la amenaza de invasión militar americana para destruir a cárteles aquí.
La respuesta de Palacio Nacional a Trump no sólo busca ganar tiempo y dar la idea de que para un pleito se requiere a dos, pero desde La Casa Blanca tienen muy claro el estilo de fabricar adversarios a la medida de los intereses geopolíticos, como ha ocurrido con Cuba, Nicaragua,Venezuela, en marcha contra Brasil y sobre todo en el escenario operado de manera directa por el secretario de Estado, Marco Rubio, de intervenir en procesos electorales que beneficien a la ola conservadora proestadounidense en América latina y el Caribe.
Palacio Nacional mantiene el estilo lopezobradorista de luchar aislados contra el mundo y evitar cualquier tipo de acuerdo político con las fuerzas opositoras mexicanas, porque implicaría lo que ya ocurrió con acuerdos similares en los gobiernos de Salinas de Gortari, Zedillo Ponce de León, Fox quesada, Calderón Hinojosa y Enrique Peña Nieto: pactar concesiones que reviertan algunos de los avances del partido en el poder.
Pero sin un acuerdo con la oposición y con las fuerzas políticas nacionales no partidistas y más aún con medios de comunicación que juegan un papel importante en la construcción y consolidación de consensos, el Gobierno de la presidenta Sheinbaum quedará a merced de los bombardeos reiterados de frases, mensajes, ironías y castigosde la Casa Blanca.
A favor de un acuerdo nacional corre el escenario de que EU no tendría –cuando menos hasta hoy– alguna figura del conservadurismo mexicano con capacidad para encabezar un movimiento opositor alternativo a la 4T yademás existe el hecho de que Trump está pidiendo mayor subordinación de México –cuando menos en escenarios públicos– sólo a la política antidrogas que ha sido definida de manera oficial por la Casa Blanca como narcopolítica de Estado, desde luego que con acusaciones, señalamientos e insinuaciones de que los cárteles del narcotráfico mexicano que producen droga para contrabandearla a EU tiene la protección de políticos nacionales y locales del lopezobradorismo.
Trump no tiene ningún proyecto ideológico para México porque sabe que la clave del corto y mediano plazo de México depende del Tratado de Comercio Libre que controla Washington con el manejo de aranceles y plantas productivas y que los gobiernos mexicanos de Salinas de Gortari a Sheinbaum Pardo han carecido de un proyecto de construcción de un programa nacional de desarrollo industrial, agropecuario, de servicios, tecnológico y cualquier castigo americano pega con dureza en las bajas expectativas de crecimiento económico nacional.
El costo por pagar será también para la mediocre y poco profunda geopolítica mexicana: abandonar Cuba, como ya lo está haciendo México; deslindarse de las locuras de los monarcas Ortega-Murillo en Nicaragua; no participar en alianzas con un Lula que tiene su propia agenda y que no confía en la fragilidad de los acuerdos con México; cerraraún más las compuertas a China y Rusia primero de México y después en el continente americano. Paulatinamente y agobiado por las presiones de Washington, Palacio Nacional ha tenido ya que adelgazar su política de apoyo a nacionesque están en la mira de EU para cambiar a gobiernos conservadores.
Hasta ahora, en Palacio Nacional prevalece el criterio aislacionista de López Obrador no sólo de no pactar con la oposición y con sectores sociales crítico no partidistas, sino de confrontarlos, arrinconarlos y cerrarles sus espacios tibiamente democráticos. Pero la fuerza política de México es mucho menor como lo demostraron las derrotas geopolíticas de gobernantes nacionalistas que tuvieron que ceder ante Washington: Echeverría, López Portillo, Fox Quesada, Calderón Hinojosa y Peña Nieto. Salinas de Gortari y Zedillo estuvieron atados al Tratado y entregaron el nacionalismo mexicano al altar de la Casa Blanca.
Por ello puede decirse que el domingo arrancó el proceso político de Trump para capturar a México.
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Política para dummies: la política sirve cuando desde el poder quieren que sirva y no sirve cuándo tampoco quieran que sirva.
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