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Gabriel Torres Espinoza*

Las recientes elecciones para presidente de EE. UU. han sido de gran incertidumbre, por altamente competitivas. Para destacar, lo anacrónico de un sistema de elección que data de 1787, previsto por sus ‘Padres Fundadores’. Uno en dónde el que más votos recibe, puede perder la presidencia. En el corto y mediano plazo, resulta poco probable que cambie esta regla, por: I) los republicanos se benefician actualmente de la influencia electoral de los estados rurales menos poblados; II) de acuerdo con la consultora Gallup, el 61% de los norteamericanos y el 89% de los demócratas apoyan la abolición del Colegio Electoral, no obstante, apenas el 23% de los republicanos lo avalan.  

A excepción de EE. UU., no existe un país con sistema presidencial en el Mundo, en el que el Jefe del Estado no sea elegido de manera directa y por voto popular [un distintivo fundamental para este sistema de gobierno]. Vamos, el caso es tal que, en situación de empate, si ningún candidato consigue la mayoría de los votos del Colegio Electoral, quien designa al primer mandatario y/o al vicepresidente, es el Legislativo [ya sucedió en tres ocasiones: en 1800, 1824 y 1837; y llegó a considerarse en la elección actual debido a un cálculo preliminar de 269 votos para cada candidato]. Esto último evocaría una característica fundamental de un sistema parlamentario de gobierno.

En el siglo XX, este sistema de elección ha ‘fallado’, en términos democráticos, en dos ocasiones [en el siglo XIX sucedió en tres ocasiones]: en 2000, con George W. Bush; y, en 2016, con Hillary Clinton. Ambos perdieron en colegio electoral, a pesar de triunfar con la mayoría del voto popular. De hecho, en no pocas ocasiones llegó a considerarse esta opción en la reciente elección presidencial: Biden, evidentemente ganaría en voto popular, pero Trump (inéditamente y por segunda ocasión consecutiva) podría ganar en colegio electoral para hacerse de la Presidencia. Una contradicción para una democracia que se precia de ser referente.

Esta elección acusa la participación electoral más alta en 120 años: al menos el 66.7% de los electores votaron en ella, la tasa más alta desde 1900, cuando el índice fue del 73.7%. Incluso, Biden es ya el candidato más votado en la historia de la Unión Americana: al momento, con más de 71.48 millones de sufragios, para superar el record de Obama, que obtuvo 69.5 millones en 2008. Según se puede advertir, esta sería la séptima ocasión en que se impugna una elección en EE. UU.: en 1860, generó una Guerra Civil, después de que Lincoln resultara electo; y en 2000, el republicano George W. Bush y el demócrata Al Gore se vieron envueltos en una disputada votación en Florida. La Corte Suprema puso fin a la controversia, y Gore aceptó su derrota públicamente. Desde 1996, nadie gana la presidencia sin ganar en Florida, hoy ya ganada por Trump [vamos, desde 1924 solo han existido dos excepciones a esta regla]. Es importante señalar que, al igual que en 2016, las encuestas no fallaron, sino los pronósticos.

Todo parece indicar que Joe Biden será presidente con 270 votos electorales. Mientras que Trump, registrará 268. Es previsible que la judicialización de la elección sea una ruta, como en 2000, para que la Corte, que sí es Suprema, decida al ganador.

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Maestro en Filosofía por la UNIVA. Actualmente es Director General de Canal 44 y Canal 31.2 de la Universidad de Guadalajara (UdeG); Institución en donde además ha ocupado los siguientes cargos: Vicerrector General Ejecutivo, Rector del Centro Universitario de la Ciénaga, Director General de Medios UdeG y fundador de la Licenciatura en Periodismo. Es Presidente del Consejo Consultivo de Notimex y Vocal Propietario ante la Junta de Gobierno de la agencia de noticias del Estado mexicano. Y recientemente fue nombrado director de la Asociación de Televisiones Educativas y Culturales Iberoamericanas, ATEI. Twitter: Gabriel_TorresE

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Gabriel Torres Espinoza

Biden: la derrota de la estridencia

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Gabriel Torres Espinoza*

Con independencia de lo inusual que fue la Ceremonia de Investidura del Presidente 46º de EE.UU., Joe Biden, destaca que su discurso inaugural y primeras acciones fueron cargadas de simbolismos y significados que resultan tanto alentadores como orientadores.

Biden hizo especial énfasis en la “unidad” de los norteamericanos, y señaló: “Tenemos que terminar con esta guerra civil que contrapone a republicanos y demócratas, a conservadores contra liberales”. Frente a los sectarismos políticos azuzados desde el poder; la respuesta es la conciliación entre la divergencia. Para el clima de polarización y crispación social; palabras que llaman a la unidad, sin dejar de reconocer la pluralidad en ella. Se trata de un importantísimo mensaje de mesura, desde el epicentro de la democracia norteamericana, ante los extremismos políticos-ideológicos, que ganaron adeptos en todo el Mundo, por la insurgencia de liderazgos que llegaron por medios democráticos al poder, pero que a la postre se convirtieron en los principales disidentes de ella.

En cuanto a la pandemia, fueron evidentes los contrastes. La constante de Trump fue la minimización del virus, para darle la ‘espalda’ al consejo de los científicos; el desprecio por la evidencia científica, se retrataba ‘de cuerpo entero’ en su desdén por el uso del cubrebocas; sin contar la trágica frivolidad, que fue indemne ante la tragedia que evidenciaban los indicadores que situaban a EE. UU. como el país con el mayor número de víctimas en el planeta -tanto de infectados como de muertos-.

Por el contrario, en su mensaje inaugural, Biden, con palabras de solidaridad ofreció un minuto de silencio por las víctimas de la pandemia. Recientemente anunció un Plan de Rescate a la economía estadounidense, reconociendo una doble crisis derivada de la pandemia: la sanitaria y la económica. Ante “el fracaso estrepitoso” en el programa de vacunación de Trump, se ha planteado un reto titánico, pero viable con voluntad política: vacunar a 100 millones de personas en sus primeros 100 días de gobierno. Por otro lado, él y su equipo usan siempre el cubrebocas, y exhorta reiteradamente a la población utilizarlo. Además, EU se reincorporará a la OMS. De forma que se restablece el diálogo con los científicos y la autoridad de la ciencia.

El Presidente, ‘mato dos pájaros con un solo tiro’, en estas decisiones cargadas de significados 1) revalidó la importancia en la integración y la cooperación internacional, y 2) refrendó su compromiso de combate al calentamiento climático, con el regreso al Acuerdo de París.

La ‘respuesta’ de Biden ante el ‘supremacismo’ racial y la misoginia, fue la alineación del gabinete más plural -en términos étnicos y de género- en la historia de EE. UU. y su decisión de incluir, a Kamala Harris, como su compañera de fórmula. La xenofobia, fomentada por su predecesor, ha sido puesta en ‘jaque mate’ con el anuncio de una reforma migratoria “radical” que otorgará la ciudadanía a migrantes indocumentados y crecerá el número de refugiados. Finalmente, en su primer mensaje, destacó el llamado a la defensa de la verdad en la vida pública, de cara a las “mentiras que se dicen para conseguir poder”. Otro duro revés para las fake news, y nuevos bríos para la libertad de prensa.

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Gabriel Torres Espinoza

¿A dónde irá el voto de castigo?

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Gabriel Torres Espinoza

El voto es un acto cargado de significados culturales, que refleja en su distribución costumbres, hábitos, preferencias, filias y (aquí lo importante) ¡fobias políticas!. Al sufragar se pueden expresar las lealtades político-electorales, clientelares, deseos e incluso expectativas. También se mezclan miedos y, en no pocas ocasiones, el mal humor social, mediante carga negativa. El sufragio es la expresión jurídica de la voluntad popular, mediante la cual el elector acude a buscar solución a sus problemas, a sus urgencias y da salida a sus emociones mediante filias o fobias.

En las elecciones cada vez está más presente el denominado ‘voto de castigo’ o ‘voto opositor’. Se constituye por esos ciudadanos que acuden a la cita con la urna, bajo la premisa de expresar rechazo, oposición, censura o malestar. Ocurre generalmente contra el partido que se encuentra en el gobierno, como consecuencia del desgaste por largos periodos de tiempo en el poder, o por el cúmulo de errores cometidos. Se trata de ese voto que lo mueve el hartazgo, el descontento, la inconformidad, el malestar e incluso la irritación social. Es parecido a un voto duro, pero a la inversa. Se trata de un porcentaje de electores que tienen muy claro por quién NO desean votar, debido a la percepción que, fundado o infundado, los votantes advierten del gobierno y sus resultados. Es ese sentimiento negativo, muy asociado a acciones y decisiones de gobierno. Se trata del voto derivado de la antipatía. Es, básicamente, un voto “en contra”.

De forma que resulta importante considerar que, la elección intermedia de 2021, será una ‘elección plebiscitaria’, tanto para el gobierno de López Obrador como para el de Alfaro. Parte del sufragio de esta siguiente elección será motivado por un ‘efecto arrastre’ de ambos gobiernos, toda vez que la aprobación de estos dos mandatarios supera el 40%. De acuerdo con Mitofsky, en diciembre de 2020, Alfaro marcaba una aprobación del 49.7%; mientras que en diciembre de 2020, según Mitofsky, López Obrador registra una aprobación en Jalisco del 43.2%. Considerando lo anterior, conviene destacar que el ‘voto de castigo’ o ‘voto opositor’ -indisociable en una elección intermedia- resulta ineludible o inevitable para aquellos que son gobierno: federal (Morena) y estatal (MC).

René Delgado señala que “los comicios electorales no sólo son oportunidades para elegir políticas, sino oportunidad, también, para castigar agravios” (René Delgado: ¿Democracia sin demócratas?).

De forma que la pregunta del millón es, ¿quién conseguirá el ‘voto de castigo’ o ‘voto opositor’?. De acuerdo con Reforma (diciembre de 2020), el segundo partido con mayor rechazo a nivel nacional, para la elección de diputados federales, es MORENA (16%), después del PRI (40%). En Jalisco este porcentaje podría ser mucho mayor para MC, que ha acumulado su propia carga negativa. Así que habrá un porcentaje -nada desdeñable- de electores inconformes que votarán en protesta, a favor de otro partido contendiente, que sea capaz de atender esa inconformidad. ¿Morena será capaz de captar el voto anti MC en Jalisco? ¿MC, podrá ser opción para los que rechazan a Morena? ¿Qué partidos podrán articular un discurso y propuesta, para estos electores inconformes?

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Gabriel Torres Espinoza

¿Qué busca el segundo impeachment a Trump?

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Gabriel Torres Espinoza*

El día de ayer, la Cámara de Representantes de EE. UU. -erigida en Jurado de Acusación- aprobó por 232 votos, frente a 197 tantos, el inicio de impeachment al presidente Donald Trump.

El mandatario estadounidense pasó a convertirse en el único presidente, en la historia, que ha sido dos veces sometido a este proceso de enjuiciamiento. Conviene señalar que, antes de él, sólo los expresidentes Andrew Johnson (1868) y Bill Clinton (1998) se les había instaurado este mecanismo de responsabilidad [Nixon renunció antes de ser sometido a él]. De forma que, durante tan sólo en un periodo de mandato, Trump igualó la marca prevaleciente en 232 años.

Pero ¿qué sentido tiene instaurarle impeachment a Trump a tan sólo una semana de que termine su gestión? Aunado al temor fundado en lo impredecible de su carácter, que no es poca cosa cuando se tiene acceso a los códigos nucleares del país más poderoso del Mundo, la razón de esta medida tiene que ver con el objetivo de inhabilitarlo políticamente, para que no pueda volver a postularse a un cargo.

Es importante destacar que el proceso de impeachment podría seguir su curso, incluso cuando Trump pierda su investidura, al dejar el cargo. En 1876, la Cámara sometió a juicio político al secretario de Guerra del presidente Ulysses S. Grant, después de que este renunciara a su cargo. Esto adquiere mayor sentido toda vez que el líder republicano del Senado, McConnell, ha señalado que no convocará a la Cámara Alta antes del 19 de enero. Al parecer, los republicanos temen que los demócratas logren sumar a los 17 senadores republicanos que les hacen falta para alcanzar una mayoría de 2/3 para poder condenarlo, sabedores de que ya lograron tener el respaldo de 10 congresistas en la Cámara de Representantes, para el inicio de su 2do impeachment.

Respecto de la inhabilitación, por vía del impeachment, habría que precisar lo siguiente. Si el Senado, con el voto de las dos terceras partes de sus miembros presentes, aprueba declarar culpable y condenar a Trump por el cargo oficial que se le imputa (incitación a la insurrección), la inhabilitación resulta un asunto mucho más sencillo para la bancada demócrata -que es lo que verdaderamente persigue-, pues únicamente requeriría ‘mayoría simple’ en la Cámara Alta para poder inhabilitarlo -siempre y cuando antes le sean aprobados los cargos que se le imputan en el impeachment-.

La Constitución de los EE. UU. no establece una ‘mayoría calificada’ (2/3) para tales efectos. También existen antecedentes de ello. En toda su historia, únicamente en tres ocasiones el impeachment ha concluido de manera aprobatoria en ambas Cámaras -los tres eran jueces federales-, y para su inhabilitación sólo se requirió de ‘mayoría simple’. Desde luego, es previsible que esta batalla concluya en tribunales -como indican algunos especialistas norteamericanos-.

Pero le quedaría otro ‘as bajo la manga’ a los demócratas. Inhabilitar a Trump invocando la XIV Enmienda que señala: “Las personas que habiendo prestado juramento previamente en calidad de miembros del Congreso, o de funcionarios de los Estados Unidos (…) [que] hubieran participado de una insurrección (…) [no podrán] ocupar ningún empleo civil o militar que dependa de los Estados Unidos”.

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