
Por Manuel Gutiérrez.
Las vacaciones de verano eran tiempo libre para explorar, el verano con su calor, sus nubes era maravilloso. Mucha agua en todas partes y verdor.
Del parque González Gallo, de antes al acceso que había al patio de ferrocarril, había un túnel que pasaba por el par de vías de llegada. Los trabajadores ingresaban directamente a los talleres, y los habitantes de la colonia ferrocarril, iba y venían por ahí, desde escolares, a señoras con el mandado.
Al otro lado descubrí que existía: “Nunca Jámas” la tierra mágica de Peter Pan. Por principio era uno más de los niños que iban y venían a sus casas yo iba a jugar.
De hecho era furgones inactivos acondicionados como viviendas, algunos de ellos de gran limpieza, con ventanas improvisadas, que daban imagen de hogar. Muchos tenían flores y era una vivienda extraña, pero digna. Niños limpios, bien peinados.
Visto eso tenía una gran extensión el patio hacia la zona aduanal, en que era más reestringido, o el patio hacia los talleres y extensiones de vías. Primero descubrí una plataforma colosal de concreto y acero, sobre un riel que giraba lentamente.
Tenía altura de casi un metro, y sus dimensiones eran lo suficiente para que una locomotora diésel ocupara el centro. La plataforma giraba y colocaba a la locomotora en las vías de su espacio correspondiente, entre 20 lugares de la casa redonda y ahí sería objeto de reparaciones o mantenimiento.
En el taller trabaja mi tío Miguel, al que bastaba con saludar y aparecía con un mono cubierto de aceite de las máquinas. Seguía en su labor. Pero entonces quedaban muchos sitios para descubrir. El arenero, por ejemplo era una gran tolva que descargaba arena de mar en la nariz de las GM esta se impulsaba por aire comprimido a las ruedas y unos discretos tubos descargaban la arenilla en las ruedas de acero del tren. Con los frenos, la arena quedaba casi cristalizada, por calor y presión, pero ayudaba a parar un tren
El mantenimiento siempre en las máquinas, no en los furgones, cuya simplicidad y robusto diseño, eran como para funcionar hasta la eternidad, salvo algún balero que cambiar, porque en el centro de todo va un simple balero con esferas, que facilita la movilidad de las grandes ruedas de acero.
Todo lo demás era simple. Las agujas de cambio, con un seguro que les ponían, y los restos de luminarias fosforecentes, que eran usadas o dejadas como aviso de un tren parado. Luces divertidas de fósforo.
También se colocaban petardos que explotaban en el paso del tren, advirtiendo de la proximidad. Todo era un juguete. Me impresionaba la facilidad con que tiraban antes el acero, piezas grandes que eran desechadas como si nada, y que nadie le interesaban.
Aquello llevaba al puente rojo, abajo incansablemente noche y día se armaban y desarmaban convoyes. Estos se movían en una u otra dirección. Furgón con la muela abierta, decía“viene un tren a ensamblarse aquí”.
Los carros graneleros les hacían agujeros salía el maíz, el arroz, o el trigo, y luego de que los vivían en el patio completaban su olla, pero seguían tirando. Las bandas de aves agrarias y cuervos eran felices.
Los furgones tienen su chiste. Había muchos abiertos pero había un peligro. Eran frecuentemente fumigados, se les sellaba herméticamente y luego se dejaban abiertos para ventilar.
El veneno podía estar activo. Sólo un furgón que no huela a nada y sin huella de sellos, se podía estimar seguro.
La movilidad estaba asegurada. Los trenes se mueven lentamente en el patio, sólo cuando era muy largo en ocasiones se desplazaba hasta el KM4, cerca del gran Puente Rojo usado por colonos para llegar a sus casas, no ferroviarias, al lado del patio. Pero el patio tenía un tesoro, un manantial de agua limpia y fresca, con pesces chiquitosde colores. El agua era deliciosa, y salía del muro natural, para hacer un fresco arroyo. Era el paraíso.
A parte de mosquear trenes, el arte de subir y bajar. Estando en el Alamo discurrimos un juego extraño. Escuchabamos la llegada de un tren, y sabíamos la distancia exacta en que podías estar parado sin moverte, viendo el monstruo llegar, con todo su poder, su ruido, la vibración se sentía en la tierra.
El paso de las locomotoras, normalmente tres, era imponente, y nunca supe porqué, pero gritabas, aunque el grito lo desvanecía el estrepito. Juego que después recomendaron algunos psicológos, para extraer traumas a grito pelón, no exento de peligro.
Lo divertido era dominarte porque el pánico te podía empujar a hace algo tonto y en el tren nada tonto sobrevive.
Esperabamos nuestro tren de regreso, los de ruta eran más rápidos y difíciles, hay que saber en que momento disminuyen, en que partes aceleran. Y si ya estabas arriba, no pasaba de llegar a las Juntas, pero los de patio te llevaban a donde quisieras sin apuro.
El truco no era saltar en movimiento, lo que en las pelis todo mundo hace. No es recomendable, parientes garroteros, que saltaban de carro en carro por el techo, bajaban como arañas y subían, tuvieron accidentes severos.
Y nunca mover un cambio de vías, que podía hacerse en esa época de ingenuidad y confianza, pero te fijabas y podías hacerlo, pero siempre entendías que eran miles de toneladas, que el tren no era juego, aunque fuera un juguete.
Veranos fueron y vinieron y pescaditos a mi pecera. Nunca expliqué cómo se conseguían, en dónde, sólo referencie el manantial. Había vagabundos siempre, pero lo había amistosos, pero era mejor tener algo de distancia, siempre estaban medio-locos.
Antes de mi tren Plastimarx, con locomotora de vapor y vías de aluminio, tuve un tren real para jugar. Cuando llovía era irresistible andar ahí, porque todo era fresco, verde o el mejor lugar para ver la tarde.
En una ocasión, pase al taller, luego de la lluvia, a un lado de la casa redonda, en que estaba un tercio de máquinas GM con en ralentí, en una curva lateral del taller, frescas, húmedas protegidas por arañas anaranjadas frecuentes.
Era algo tan poderoso, tan armónico. Eran las que jalarían al Pullman de las nueve. Eran 750 toneladas y 3 mil caballos en sincronía, con los tanques de diésel, repletos. Algunas veces me dejaron subir los maquinistas, aprendí que todo era una palanca y no había dirección, sólo aceleración o desaceleración, el tren gira solito, los ferroviarios eran gente recia, pero honorable, decir 90 o 120 kilómetros para un tren, son palabras mayores con 50 mil toneladas.
Nunca me ha impresionado tanto en máquinas humanas,cómo el poderío de esas N de M, rojas y verdes. Entendí que los viajes no eran lineales, sino con esperas, con obligadas pausas, avanzando con precisión en su momento, a un promedio y en un tiempo dado. Me parecía mágico lo de los trenes, pero no fui ferrocarrilero.
Toda clase media desea lo mejor para sus hijos. Mi padre fijó que el asunto era estudiar, y el trabajaría para proveer todo. El resultado debería ser un profesional notable, y que mejor si fuera en la medicina, la vocación truncada de mi padre.
Tuvo expectativas demasiado buenas para mí. Y de hecho poco entendió lo de mi trabajo en periódicos, lo que no era tan respetable para él, como lo otro.
Pero una vez, corrí para emparejar el paso de un convoy acelerando…puse la mano en la escalera y lance el pie al pedal, lo haría hasta con ojos cerrados, pero este resbaló y supe que esta vez era en serio.
Una pierna quedó extendida cuan larga era, pero en riesgo de hacerse terriblemente corta. Las ruedas de acero se veíanpróximas y enormes, sentí que crecían, un brillo implacable hablaba del final.
Con la figura descompuesta, atorado, y en vulnerable posición poco a poco pude componerme. Seguí el trayecto hasta que vi seguro el salto. Cuando llegué a tierra supe que era mi última mosca. No era miedo. -Me dije a mi mismo. Pero lo fue y no hay que tentar la suerte-.
Un tren te hace papilla en un segundo: Agradecí por este juguete inverosímil para niños, y los tiempos cambiaron. Ahora, ingresar ahí es motivo de detención. Las acciones para evitar delitos patrimoniales, cosas caras que mueven los trenes, y la presencia indeseable de gente que buscaba robar, cerraron ese parque de juegos, el tren es vital para México.
Pronto el ferrocarril dejaría de ser un barril sin fondo, a verlo desde la economía, desde la eficiencia, y era detestable, anticuado, poco competitivo de pasajeros, solo la carga, el sistema multi-modal. Los ferrocarrileros tenían hasta una revista excelente, cultural llamada Ferronales, leí muchas de ellas, pero los presupuestos milenarios de millones se evaporaban en los trenes, el gobierno no es buen administrador.
Hoy en las redes sigo viendo admiradores del tren que graban su paso, que diferencian los modelos de máquinas nuevas, y que siguen admirando este sistema sin fin, porque nunca paran las ruedas del ferrocarril sean Ferromex o Canadian Kansas City Southern.
Y aún escucho como se aleja esa sinfonía de ruidos impactantes, que van disminuyendo a lo lejos, llevándose todo, cambiando los tiempos, hasta escuchar el triste adiós de las poderosas trompetas con que se anticipa el paso de un tren, y la tradicional campana, que cada vez se ve menos.
Era una aventura verlo, ir en la bicicleta con mi padre y el tío Miguel al Patio, a ver la salida del tren de las 7, un paseo insuperable.
Por ello me chocan las mal hechuras del Tren Maya Militar, o del Tren a Toluca, que “desliza” gruas, es de dar pena, y así no se regresa el tren, porque para ello debe ser del futuro, más avanzado y seriamente construido, profesionalmente operado y querido con el corazón, luego trabajaban ahí.
Un niño que no jugó con trenes, se vengó en su adultes, hizo el Tren Maya que costo 35,500 mil millones de dólares, y lo hizo llegar a la puerta de la casa de su rancho… en Chiapas, no hay dejar que el complejo de Peter Pan haga que los niños se hagan caprichosos de adultos, luego no entienden razones y menos lo cuestan las cosas y que no sirvan.
Tlatelolco en CDMX era un punto total de ese paraíso. Una foto en ese lugar de mi Tío, quedó para siempre. Humo, ruido, cuantos trenes, cuantas vías, que poder. Hoy en las noches alcanzo a escuchar el convoy que viene, el sonido del motor que me arrulla como un Polar Express y los tonos con que avisa que ya llegó. El tren es algo mágico.
Todo tiene significados, incluso las formaciones de las máquinas, como la elefante con una máquina a la inversa de la otra, pero ambas sincronizadas adelante.
Cuando murió el Tío Miguel, al salir de su misa, acompañado por muchos ferrocarrileros, con el entrañable azul de finas rayas en las gorras, algunas yompas de mezclilla. Las locomotoras sonaron todas a la vez, como si fuera año nuevo, fue su despedida, fueron hasta los ejecutivos de Ferromex.
Una de las mejores despedidas que he visto, digna a un hombre que amó a la Marina, los barcos, las historias y los trenes, y tuvo gran calidad humana, que vivió lo mejor de estos juguetes para niños.
Recordé mi patio de juegos. Y cruce lágrimas, por el legendario tío, por mi gran Padre, que tanto lo estimó, y porel pasado que no volverá nunca, pero un ferrocarrilero puede seguir siendo niño.
Hasta lo cantó Elena Poniatowska, en “El Tren Pasa Primero”, pero era el retrato de un líder Demetrio Vallejo, que quiso hacer la sociedad en rieles, pero fracaso y su caída arrastró al descreditó al sistema, la política en manos de los rieleros, porque los políticos tenían otras preferencias, porque florecían las carreteras, las autopistas, aumentaban los trailers y los autos y se postergaron los trenes ahora dicen que ahora regresan, pero carecen de la justificación que motiva que los construyan, la rentabilidad: Así sólo son juguetes para niños…
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