Por Manuel Gutiérrez
Inicio un tema sobre la Cristeada, que fue una guerra por el cielo y por la tierra; tanto importó el primer asunto como el segundo. Primero, veamos las Leyendas de los guerreros
Si una guerra no tiene efectividad, contundencia en sus golpes ni resistencia en sus defensas, carece de lo necesario para ser considerada así. Será una escaramuza, pero pese a la escasez de recursos militares y a una red de inteligencia de aficionados, la Cristeada fue una confrontación en toda la línea que generó respeto entre los rivales, así como odios inextinguibles que no terminaron con los arreglos. No es una guerra convencional, fue una guerra popular-prolongada, y dos años bastaron para demostrarle al gobierno que no la podía ganar, pero por falta de recursos los cristeros tampoco; sin embargo, eso no obstó para dar golpes de mano, para una guerra sintética y para buscar desarticular la resistencia, a la par que para devolver en contragolpes la certeza de un estado de guerra por parte de los cristeros.
Entre las leyendas del tema surgen grandes guerreros; el más importante por el liderazgo militar nacional fue Enrique Gorostieta Velarde, militar del HCM y parte del Estado Mayor de Victoriano Huerta, un porfirista que anheló darle marcha atrás al reloj. Su esposa lo convenció de unirse a los cristeros cuando juntos presenciaron un acto represivo contra los católicos que salían de su rito dominical. Gorostieta, si bien no gozaba de los favores del gobierno, no le iba mal: introdujo los dulces Salvavidas con un hoyo en el centro, promovió el desarrollo de la industria de la radio y se adaptó a ser de clase media normal, con relativa tranquilidad económica; pero Gertrudis Lasaga Sepúlveda lo animó a levantarse en armas.
La Liga Nacional Defensora de la Libertad Religiosa, por medio de Miguel Palomar, lo contactó y le ofreció 3 mil pesos oro por la labor militar. Le entregó solamente uno. Gorostieta pasó a la historia como un masón renegado que por dinero defendía los intereses adversos al gobierno, pero las cartas de Gertrudis, publicadas en un giro especial de la UNAM, le dieron la vuelta al asunto, dado que Jean Meyer todavía lo pintaba así en su La Cristiada (3 tomos). Lo que sí era es que se mostraba reticente a tomarse fotografías (las hay muy malas, a contraluz) y portaba un crucifijo pectoral como distintivo de un ejército que no tenía uniformes.
Conocido de Plutarco Elías Calles —quien no confió en este talentoso militar y lo mantuvo marginado—, ahí la historia tomó otro camino. Enrique consideraba que Calles era un tirano que había corrompido con privilegios, dinero y ascensos inmerecidos a los lambiscones del ejército federal que él mismo había contribuido a formar. Tomó el mando simplemente como “un deber con el pueblo católico”. Su familia era de esta doctrina, y su correspondencia es una constante invocación a Cristo Rey, a la Virgen María, y a que todo podría ocurrir porque estaba en manos de Dios.
El padre guerrero Aristeo Pedroza era su confesor. Gorostieta murió en una emboscada traicionera en junio de 1929, ya con los arreglos a punto de perfeccionarse. Murió peleando, gritando «¡Viva Cristo Rey!». Para su cita final sufría de una severa conjuntivitis; las fuerzas federales celebraron haber dado un golpe mortal en la Hacienda del Valle, pero no fue así.
El mando lo tomó el general de la División del Sur (formación cristera castrense) Jesús Degollado Guízar, originario de Cotija, Michoacán, el 21 de junio del 29. Fue el representante militar al que le tocó la aplicación de los “arreglos” con la reapertura del culto y la desmovilización, u ordenó: “Guarden las armas”. Para algunos historiadores su papel fue de entreguismo, pero en realidad ya no quedaba mucho por hacer: sin armas y sin la fuerza moral de luchar por el cielo que los legitimó relativamente —ya que nunca tuvieron una aprobación de todo el obispado mexicano, aunque tampoco los desautorizaron—. Lo que pasó después provocó el rescoldo y las mayores bajas de la rendición acordada, pero más adelante explicaré algo que pocos han valorado en este tema: la lucha por la tierra.
Su historial de combates: toma de Arandas, de Atotonilco, San Julián, y victoria de Tepatitlán el 19 de abril del 29, en que derrotó al poderoso ejército del general Saturnino Cedillo.
EL CATORCE
Victoriano Ramírez es de los que hicieron la guerra más por la tierra que por el cielo. Nació en San Miguel el Alto; lo apodaron “El 14” porque corrió la leyenda de que se enfrentó como bandolero con el ejército federal y les ocasionó 14 bajas. Héroe popular a su manera, aportaba mucho a los que querían hacer la guerra por la tierra: los campesinos. Estuvo en la batalla de San Julián, en la que 400 cristeros se enfrentaron a 900 federales, un agarrón postrevolucionario de grandes dimensiones con victoria cristera. Tomó Cuquío e incluso Cerro Gordo. Hay un detalle interesante: no toda la población se sumó a la causa cristera; hubo gente que por principios liberales e institucionales se opuso a este movimiento, y sus fuerzas, mientras no tomaran las armas, eran toleradas. Pero necesitamos ver a otros protagonistas para entender el fin del 14.
Aquí confluye otro personaje legendario: Miguel Hernández, “El Tigre de los Altos”, de San Julián, un jefe que comprendía mejor las estrategias militares sin dejar de ser un ranchero alzado en armas. Fue el cerebro de los triunfos de Cuquío y San Julián en marzo del 27. En Tepatitlán lo dieron por perdido al enfrentar a 200 federales con solo 60 hombres; copado, resistió en el cerro Españita. Fue una derrota para los federales, que abandonaron el campo, las armas y dejaron muchos muertos.
Miguel Hernández era un testigo clave de la Cristiada, del asunto del juicio y ejecución del 14, pero no habló y murió pacíficamente en 1973 luego de amnistiarse. Sus soldados protegieron a San Toribio Romo y al mártir infantil José Sánchez del Río, pero la hora inexorable de su martirio llegó.
Parece entonces que la ACJM no era parte importante de la actuación bélica, pero sin ellos no hubieran logrado nada. Ciertamente muchos de sus jóvenes habían sido preparados para la lucha política, para asuntos doctrinales y culturales, y participaron; pero el mando real de las acciones de guerra fue cedido a los rancheros levantados, conocedores del terreno, valientes y experimentados jinetes. Incluso muchos cristeros se desplazaban a pie por senderos por ellos conocidos en las sierras y campos. No todos tuvieron caballos, pero hubo líderes militares que sostuvieron la campaña, como Dionisio Ochoa, de la ACJM en Colima, todo un intelectual convertido en guerrillero. Sí participaron muchos, pero el protagonismo fue de los campesinos.
Pero no se piense que los sacerdotes se mantuvieron al margen. Muchos se limitaron a su ministerio y a ser fusilados por ello, pero otros fueron de la cepa de Miguel Hidalgo en cuanto a incendiarios y de la estrategia tipo José María Morelos. Sí, los curas tuvieron pantalones; es el caso de los que les cuento. El primero de ellos, admirable, José Reyes Vega, el más bravo. La puntería de los cristeros era legendaria: el tiro en la frente era infalible en los combates. Ciertamente pedían a Dios un tiro certero, pero sin odio, y el parque era muy valioso para ellos.
En Arandas, el padre Reyes dio el golpe: con 200 hombres quemó la escuela socialista y el registro civil, liberó presos y arrestó al alcalde callista. Fue el primer hecho notable en la zona de los Altos.
Su parte en la batalla de San Julián, en que 400 cristeros mal armados y mal comidos enfrentaron a 900 federales al mando del general Espiridión Rodríguez Escobar. Tenían incluso artillería, pero en lo que le tocó, rodeó al pueblo y los hizo pedazos; se corrió la leyenda de que era invencible.
El lado polémico: el 19 de abril de 1927 se dice que participó en este lance Pepe Dinamita, como apodaba el gobierno al futuro cardenal mexicano José Garibi Rivera; sin embargo, no se comprobó su participación en el hecho. El lance del tren de La Barca quedó, por razones diversas, como responsabilidad de Reyes. Interceptaron un tren militar con soldados sobre la base de informes de que transportaban oro; pero en el combate mataron al hermano del padre Reyes. Enfurecido, ordenó el asalto del tren, que transportaba civiles y militares: murieron 51 personas quemadas y los prisioneros de guerra fueron pasados a cuchillo para economizar balas. El incidente dividió a la gente en los Altos, y Calles ordenó la guerra de tierra quemada, reconcentración de poblados y el uso incluso de bombarderos aéreos contra los cristeros.
La muerte del padre Reyes ocurre en la victoria de Tepatitlán, con 900 hombres contra 3 mil federales más 2500 agraristas que luchaban por la tierra. Muchos eran comecuras y ateos liberales contumaces; otros igual portaban estampas de la Virgen de Guadalupe, luchando contra rivales que portaban las mismas y creían en lo mismo. Al relevar a un guardia que custodiaba a 130 agraristas presos en un establo, un agrarista le metió un tiro en la frente. Tenía 37 años; era un guerrero, pero nunca dejó de ser cura.
Un mes antes, por causas un tanto oscuras, habían fusilado al 14 luego de una corte militar; determinaron la muerte del legendario guerrero. Meyer explica que comprometió por indisciplina una operación; otros dicen que se rebeló al mando y a las órdenes expresas de Gorostieta. El hecho es que los mismos cristeros acabaron con la leyenda del 14, pero no fue la única: falta el Pillaco, de Nayarit, otra versión del 14 e igual de imprecisa.
El Catorce era católico, pero no ferviente ni de misa diaria. Su lucha comenzó por la tierra, porque era pequeño propietario y los agraristas procedieron a incautarla para hacerla ejido. De ahí se resistió y vinieron los 14 difuntos. Al 14 no le gustaba la escuela socialista ni la tierra comunal. Su frase para la historia fue: “Yo no quiero dinero, quiero que dejen decir misa a los padrecitos y abran las iglesias”. Sin embargo, su grupo le respondía de forma personal; con 150 soldados, no le gustó la reorganización militar que impuso Gorostieta, la jerarquización y el orden operativo.
Hoy los historiadores buscan referencias precisas porque era un caso de pelear relativamente por el cielo, pero más por la tierra. Era un jefe natural; de haber estado en la Revolución, hubiera terminado de caudillo, pero era admirado y querido por la gente, que lo protegía. Era una leyenda.
Bueno, vamos con el de Acaponeta, El Pillaco. Pedro Quintanar era el jefe de la Brigada Quintanar. Se levantó cuando en Chalchihuites, Zacatecas, el teniente Blas Ontiveros aprisionó al cura Luis Batis, a Manuel Morales y a David Roldán, de la ACJM; intentó rescatar al cura y a los jóvenes, pero llegó tarde… aunque no tarde a la guerra.
El 29 de agosto del 26, Pedro tomó Huejuquilla el Alto con 100 hombres y derrotó al coronel Arredondo, enviado a recuperar el lugar. Fue el primero de los pueblos tomados; luego controló todo Zacatecas y parte de Nayarit: la sierra era de él. Logró reunir a 5,400 cristeros con armas en 5 regimientos, llegando hasta Sinaloa. Porfirio Mallorquín, “El Pillaco”, era un abarrotero de Acaponeta, Nayarit. Toda la aventura comenzó luego de un incidente en que mató a un colega; evadió la acción de la justicia y llegó la guerra.
Se dice que era salteador de caminos en Huajicori, pero luego respondió al llamado de Quintanar, con relación con los Acevedo y Federico Vázquez, de Zacatecas-Durango. No trató con Gorostieta; aplicó una guerrilla que asaltaba el tren de Guadalajara a Mazatlán, las minas de los gringos en El Rosario y haciendas hostiles de Chilapa. Es decir, otro que luchaba realmente más por la tierra y que hubiera pasado inadvertido como personaje secundario para Meyer en La Cristiada.
Pero el historiador (Q.E.P.D.) Enrique Bautista sabía de él porque era cora, y lo había escuchado en la tradición oral, incluso con los wixárikas, en donde estudió su papel en la contienda, otro rubro que está por descubrirse en amplitud. Hizo un libro corto del Pillaco, pero oficialmente en Nayarit el cronista Néstor Chávez Gradilla, con apoyo oficial, presentó su obra en el DIF de Nayarit.
No era un gran grupo militar: eran 30 famélicos campesinos que habían chocado con el nuevo orden ejidal y tenían atravesados a los agraristas. Pero será en la segunda parte cuando revisemos en qué acabó la aventura del Pillaco. Bautista murió dejando truncas investigaciones muy originales, documentadas y polémicas; fue una gran pérdida para el acervo de la U. de G. respecto a este autor, dado que la vida de Anacleto González Flores lo hizo reencontrarse con el cielo, y sus trabajos probablemente no serán valorados en su totalidad. Murió sabiendo quién traicionó a Gorostieta, pero no alcanzó a terminar ese libro incendiario.
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