
Amaury Sánchez
En la penumbra donde la violencia se mezcla con el rumor, en esa zona ambigua que en México llamamos “realidad”, dos vidas se extinguieron a las siete de la mañana en una avenida cualquiera de la Ciudad de México. El coche estaba detenido, quieto, como esperando que el destino cumpliera su condena. Un hombre de rostro escondido tras un casco miraba de reojo. Y cuando el motor rugió apenas, desató la tormenta: disparó con la frialdad de quien no teme ni a Dios ni al infierno. Fue una ejecución. Precisa. Cobarde. Irrefutable.
Ximena Guzmán Cuevas y José Muñoz Vega, colaboradores cercanos de la jefa de gobierno capitalina, Clara Brugada, cayeron sin haber declarado una guerra, sin empuñar armas, sin portar más que la costumbre de servir en una administración local.
La presidenta Claudia Sheinbaum lo anunció en plena conferencia matutina. Su voz no titubeó, pero quienes conocen los gestos saben que a veces el rostro es una casa donde habita la tempestad. El silencio entre la noticia y su anuncio fue corto, pero bastó para que la Nación entendiera que algo se había roto.
Algunos aseguran —sin decirlo con todas las letras— que los hilos invisibles del crimen organizado mueven ya sus dedos ensangrentados en el tablero político. Que el asesinato de Ximena y José fue más advertencia que venganza. Que alguien, tal vez alguien cercano al Cártel Jalisco Nueva Generación, quiso recordarle al poder civil que la calle no se gobierna desde el púlpito del Palacio Nacional, sino desde la sombra del miedo.
Y ese tal vez es una grieta. Porque en México, los tal vez matan.
Una semana antes, el gobierno federal había anunciado golpes quirúrgicos contra las estructuras del narco. Laboratorios desmantelados, toneladas de droga decomisadas, jefes de plaza capturados. Incluso la DEA, tan dada a sus propios espectáculos, colaboró. Fue una semana de victorias. Pero en el ajedrez de la violencia, cada avance tiene su contramarcha. Y cuando se encierra a la Bestia, colea.
Nadie ha dicho oficialmente que el CJNG está detrás del atentado. Pero el aire huele a pólvora vieja y advertencias nuevas. No es la primera vez. En 2020, Omar García Harfuch sobrevivió a un atentado que parecía escrito por Tarantino: granadas, fusiles, 414 casquillos sobre el asfalto. Sobrevivió, volvió y ahora está al frente de la seguridad del país. Su presencia, junto a Sheinbaum, es un mensaje en sí mismo.
Pero ¿qué significa cuando los disparos no van contra quienes portan el poder, sino contra quienes lo asisten?
Significa, quizás, que el narco ha entendido que para doblar al Estado no basta con confrontarlo. Hay que infiltrarle el miedo. Hay que sembrarle cadáveres en la periferia del poder, donde duelen más porque nadie los espera.
Y ahí entra la política. Porque la alcaldía Benito Juárez, donde ocurrió el crimen, está gobernada por el PAN, ese partido que aprendió a sobrevivir negando la realidad. Como Mancera en su tiempo, que juraba no ver cárteles donde ya habían levantado imperios. Hoy, la oposición aprovecha el cadáver aún tibio para señalar al gobierno, pero calla su propia complacencia en los territorios donde el narco floreció como un cactus entre el concreto.
Claudia Sheinbaum, con su temple académico y su voz de científica, enfrenta una paradoja cruel: ha golpeado al crimen como pocos, pero cada golpe devuelve un eco de sangre. Y aun así, la esperanza no ha muerto. Porque a diferencia de otros tiempos, hoy no se pacta en lo oscuro. Hoy se enfrenta. Y el precio, aunque altísimo, es parte de la batalla por la dignidad.
Ximena y José no deberían ser solo una estadística más. Son símbolos, mártires de una guerra que no pidieron, pero en la que fueron inscritos por su cercanía con un proyecto de transformación. Y en esta tierra nuestra, donde la muerte es rutina y el dolor no escandaliza, su memoria debería servir para recordar que el poder político tiene que ser más fuerte que el poder de las balas.
Porque mientras el narco mate a quien no puede defenderse, significa que aún teme a quienes sí pueden.
Y eso, por doloroso que sea, es una señal de que el Estado todavía está de pie.
Los contenidos, expresiones u opiniones vertidos en este espacio son responsabilidad única de los autores, por lo que A Fondo Jalisco no se hace responsable de los mismos.







