
Violeta Moreno Haro
Al ver los merecidos homenajes a Raúl Padilla López por su enorme legado cultural y educativo en Jalisco y en México, este 3 de mayo volvió a quedar claro que la Universidad de Guadalajara no se explica únicamente por sus edificios, sus centros universitarios o sus eventos emblemáticos. Se explica también por una forma de construir instituciones.

En días recientes escuché algunas voces que buscan reducir su recuerdo sólo a sus claroscuros. Y conviene decirlo con serenidad: criticar a una figura pública viva suele leerse como valentía; hacerlo cuando esa persona ya no puede responder exige mayor responsabilidad moral. La memoria pública no debe ser hagiografía, pero tampoco ajuste tardío de cuentas. Si se va a hablar de una vida pública, hay que mirar el balance completo: sus errores, sí, pero también su obra. Y cuando una obra pública tiene ese tamaño, lo mínimo es tratar esa memoria con respeto.
Aunque algunas voces quieran recortar al licenciado Raúl Padilla López sólo desde una parte de su historia, sería injusto omitir el tamaño de su legado cultural y educativo. Su obra permitió que la educación media superior y superior llegara a todas las regiones del estado, que jóvenes fuera de la zona metropolitana pudieran acceder a formación universitaria y que Jalisco entendiera la cultura no como adorno, sino como política pública, identidad y presencia internacional.
Raúl Padilla entendió algo que pocos entienden a tiempo: una universidad pública no sólo debe impartir clases; debe producir comunidad, pensamiento, cultura, interlocución y futuro. Por eso su legado no cabe en una sola etiqueta. Está en la Red Universitaria, en la Feria Internacional del Libro, en el Festival Internacional de Cine, en el Centro Cultural Universitario y en una manera muy concreta de colocar a Jalisco en la conversación nacional e internacional.
Pero los homenajes también sirven para mirar a quienes hoy tienen la responsabilidad de sostener esa continuidad. Al escuchar los discursos de Karla Planter y José Alfredo Peña Ramos, se observan dos perfiles distintos, pero complementarios, dentro de la comunidad universitaria.
Karla Planter representa una rectoría que entiende la Universidad como institución pública, comunidad académica y conversación con Jalisco. Su perfil combina formación política, trabajo académico, comunicación y experiencia universitaria. Eso le permite leer a la UdeG no sólo como estructura administrativa, sino como una red viva que requiere inteligencia, cuidado y conducción. En una institución de ese tamaño, gobernar no es únicamente ordenar; es escuchar, procesar tensiones, sostener equilibrios y cuidar una idea común.
José Alfredo Peña Ramos representa una forma de eficacia muy universitaria: la del cuadro que conoce la casa desde sus pasillos, sus aulas, sus regiones y sus engranes administrativos. Nacido en Atenguillo, formado en la Preparatoria de Jalisco y abogado por la UdeG, su trayectoria cruza espacios clave: servicios estudiantiles, educación media superior, Secretaría General, CUTonalá y el Instituto de Investigaciones en Innovación y Gobernanza. No es un perfil improvisado ni de ocasión; es de esos universitarios que entienden que una red se sostiene con oficio, paciencia y conocimiento interno.
Ahí está su sazón institucional: Peña no sólo ha administrado cargos, ha pasado por zonas donde se entiende la Universidad desde dentro. Desde la educación media superior hasta un centro universitario como Tonalá, su trayectoria habla de expansión territorial, gestión académica y continuidad.
También quiero mencionar al maestro Jorge Alberto Alatorre Flores, cuya reciente partida obliga a detenernos. Quienes tuvimos la fortuna de conocerlo en CUCEA sabemos que fue un maestro humano, de esos que dejan huella no sólo por lo que enseñan, sino por la forma en que tratan. Fue politólogo, académico, especialista en políticas públicas, transparencia, rendición de cuentas y diseño institucional. También fue el primer presidente del Comité de Participación Social del Sistema Estatal Anticorrupción de Jalisco.
Jorge Alatorre pertenecía a esa clase de profesores que entendían tanto la academia como el servicio público. No enseñaba desde la pose, sino desde el rigor. Sabía que las instituciones no se sostienen con ocurrencias, sino con método, responsabilidad y evaluación. Fue un maestro que extrañaremos. QEPD.
Estos días dejan una lectura clara: la UdeG es legado, pero también continuidad. Es memoria, pero también operación. Es cultura, educación, territorio y comunidad. Y quizá por eso sigue siendo una de las instituciones más importantes de Jalisco: porque ha sabido formar, construir y permanecer, pero también reconocer los legados de quienes han ido construyendo la Universidad.
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