
Por Manuel Gutiérrez
¿Quieres ver la guerra del futuro? Asómate a Ucrania, que ha logrado poner de cabeza todos los manuales de guerra y las ideas aplicadas en la Segunda Guerra Mundial, enfrentando un rompecabezas variable. Por ejemplo, los defensores han descubierto que no bastan las cuantiosas muertes para detener la marcha de Rusia.
Este momento de la guerra, sin servicio de satélite, ya le ha costado a Rusia la pérdida de 300 kilómetros cuadrados que había ganado con grandes esfuerzos en su campaña invernal. El reporte del ISW (Institute for the Study of War) es completísimo; abarca cada uno de los frentes y detalla incluso las fuerzas de Rusia empeñadas en las operaciones y los recursos de los defensores, pero no puedo citarlo todo porque resultaría demasiado prolijo, aburrido y extenso.
Lo cierto es que el desconcierto de Rusia sigue, y Ucrania continúa aprovechando cada instante para recuperar territorios perdidos. Curiosamente, Rusia tiene una gran ventaja estratégica que los Estados Unidos, con Trump, negaron para igualar las fuerzas: el uso del misil Iskander, así como algunos de tipo Oreshnik, que son aptos para llevar cargas nucleares y tienen características hipersónicas porque rebasan los mil kilómetros.
Sin misiles de crucero Tomahawk, Ucrania se las ha ingeniado para resolver con sus cohetes Flamingo, que parecen una copia de la V-1 de Alemania —con un motor externo de avión conectado al fuselaje del proyectil—, pero los han mejorado.
Todas las operaciones siguen su curso. La fuerza aérea de Ucrania está operando a toda su capacidad y Francia ha prometido una nueva donación de otro lote, incluso del Mirage 2000, más apto para bombardear. Podrán agregar aparatos como el Super Étendard, que puede ser un serio dolor de cabeza por su capacidad de lanzar misiles (como las versiones rusas de los Tupolev 130 y 96) a gran distancia, además de llevar grandes cargas de bombas modernas.
En tanto, la Unión Europea recicla aviones que parecían destinados a la extinción, como el Panavia Tornado, porque los altos costos de los aparatos de quinta generación hacen que se opte por naves más simples, resistentes, de fácil mantenimiento y operables en pistas improvisadas o carreteras; además, ese aparato tiene capacidades que todavía no adapta el F-35.
Ucrania sabe que este momento circunstancial de la guerra es para sacarle el máximo provecho, y que la contienda no se va a ganar solo incrementando la mortalidad de soldados rusos. Incluso hubo planes ucranianos destinados directamente a provocar elevadas bajas en las fuerzas de Rusia —que siguen mezclando tropas de élite, de “relleno” y sacrificables, incluyendo a cubanos, norcoreanos y otros aliados africanos y asiáticos reclutados—. Sin embargo, planes como provocar 50,000 bajas en plazos de cuatro meses han sido descartados en la “nueva guerra” de Ucrania, que ha descubierto que lo ideal es pegar a profundidad.
Se busca destrozar la logística de los invasores y castigar a los rusos antes de que lleguen al frente; no esperar a que sufran bajas en la línea de fuego, lo cual puede ser demasiado tarde. Este enfoque hace el conflicto más complejo porque tiene que combinar todas las fuerzas. Rusia ha soportado bajas increíbles; los estudiosos dan cifras de 4,500 tanques y diversos vehículos blindados, pero Rusia tiene una asombrosa capacidad de absorber esas pérdidas. En cuanto a elementos humanos, se habla de 1.2 millones de soldados.
Por razones de economía, prefieren reservar el T-14 Armata del siglo XXI para la “próxima invasión a no sé dónde”, en lugar de arriesgarlos por su elevado costo y compleja construcción. Los tanques modernos son ahora un alarde de radares, miras ópticas avanzadas, centros de cómputo, equipos infrarrojos, defensas contra drones y misiles, y cañones sofisticados de 155 mm con recarga rapidísima y velocidades nunca vistas; algunos incluso son sumergibles.
Rusia descarga el peso de su guerra en la serie T-90M, que resulta insuficiente ante los embates de artillería como los cañones franceses CAESAR —considerados de los mejores del mundo— desplazados sobre camiones, todos de calibre 155 mm. También enfrentan equipos estadounidenses M777, tanques Abrams, Challenger británicos y el favorito: el alemán Leopard, además de las piezas soviéticas mejoradas que emplea Ucrania.
Por increíble que parezca, la conclusión del alto mando de Ucrania es que, mientras Rusia pueda reemplazar sus bajas y reponer unidades, la contabilidad de guerra se vuelve en contra de Ucrania al caer en una tendencia de desgaste que no puede soportar, aun recibiendo ayuda europea. La única solución es la eliminación de corporaciones militares rusas dejándolas inviables, y eso significa operar en “zonas de muerte” que no están en el frente, sino en la profundidad, con golpes variados y constantes.
Como explicamos anteriormente, los operadores de artillería —que en conflictos pasados tenían mejores tasas de supervivencia por operar lejos del frente—, así como los centros de mando y de drones, son ahora puestos de alta peligrosidad. Les pegan antes de cualquier operación. Ucrania también ha sufrido embates a media distancia, pero ahora devuelve la receta a los rusos.
La oportunidad en este febrero es inolvidable para los ucranianos, porque las formaciones rusas han quedado expuestas, sin coordinación ni operatividad. Actualmente, la filosofía de “matar a cuantos más se pueda” ha cambiado. Las corporaciones invasoras deben convertirse en una pesadilla para Moscú: se les cerca, aísla, golpea y desmorona. Para colmo, alguien en Moscú canceló Telegram, otro medio que usaban las tropas para comunicarse; y usar celulares es ponerse en la mira de un misil.
Para no cansar al lector, expondremos un caso entre muchos: en Zaporiyia se busca destruir al 36.º Ejército Ruso. Esto ocurre en todas las direcciones: sur, este, oeste y norte. Pero no es una operación como en la Segunda Guerra Mundial, con grandes desplazamientos blindados y aviones atacando en masa, sino una presión constante golpeando la retaguardia. No es una ofensiva espectacular, sino una operación de caza con fuerzas reducidas y bien colocadas que, de forma metódica, trituran partes del ejército ruso en un cambio total de doctrina.
Lejos queda la fórmula de Vietnam de “busca y destruye” sin orden alguno. Ahora son ataques sistemáticos que impiden retirarse, reorganizarse o cubrir huecos. Los francotiradores, las ametralladoras pesadas y los tanques aparecen y desaparecen. En ocasiones, el nudo lo resuelve una bomba o cohete de un Mirage o F-16 colocado con precisión.
Esta nueva forma de guerra ucraniana tiene parecido con la idea del “caldero” ruso, que dista de las “bolsas” de la Segunda Guerra Mundial (donde genios como Von Manstein o Guderian encerraban y aniquilaban posiciones). Esa historia ya no aplica hoy debido a las nuevas tecnologías. Ahora, hay espacios para intentar salir, pero te faltan municiones, suministros o información clave, y la sangría es efectiva y constante. ¿Y la fuerza aérea de Rusia? La retiraron del frente. Ahora les toca recibir golpes sin poder devolverlos.
Starlink podría llamarse a esta hora de la guerra. La superpotencia sigue mostrando puntos débiles. Tienen aviones de quinta generación como el Su-57, pero no los arriesgan porque no pueden reemplazarlos y prefieren venderlos a Argelia. Occidente, en tanto, ahorra pero compra F-35, Rafale, Eurofighter Typhoon y el más barato Gripen de Suecia. Aún operan aparatos de los noventa actualizados, e incluso los checos L-159 ligeros están resultando exitosos.
Esto se debe a que no todos los aviones pueden ser usados como bombarderos. Muchos fueron diseñados para combates a gran altitud y velocidad supersónica, no para bajar en picado. En eso, Rusia no tiene aparatos flexibles y ligeros; pensó en una guerra de misiles aire-aire, algo que el versátil F-16 y el Mirage sí pueden hacer en diversas misiones sin arriesgar tanto la célula del aparato. La forma determina la función, como ocurrió con el F-104 Starfighter (apodado “hacedor de viudas”), que causó la muerte de cientos de pilotos al exigirle ataques en picado cuando era un avión-misil diseñado para la estratosfera.
La economía de Rusia, aunque consagrada totalmente a la guerra, está en una zona delicada. Los ataques a sus “flotas fantasma”, el castigo a sus refinerías y los ataques a sus ciudades principales siguen reduciendo su capacidad operativa. Es una guerra extraña y novedosa. La falta de un satélite operativo para coordinar esfuerzos les costó el avance invernal. No hay “generales nerds” ni expertos en cibernética en los puestos clave rusos; Ucrania es mejor en eso.
Ucrania sigue resistiendo con una población exhausta, soportando pérdidas familiares y un frío mortal, jugando a la “ruleta rusa” en el frente o en las ciudades bajo bombardeos de misiles y drones que Rusia no ha podido optimizar por falta de Starlink. Y poner un satélite propio no es “enchílame otra”.
Esto, que para Putin era la tarjeta de presentación de una marcha victoriosa para forzar una negociación abusiva (donde pide el desconocimiento de Zelensky y un gobierno títere pro-ruso), se ha convertido en una pesadilla que Ucrania sigue aprovechando.
Asómense al ISW; la precisión de sus informes los sorprenderá. A quienes gustan del detalle técnico, les parecerá fascinante. Lo diremos en cuatro palabras, como diría el gran Fernando Marcos: “La iniciativa es de Ucrania”.
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