
Por Manuel Gutiérrez
Hijo de tigre, pintito. El Dr. José Ramón López Portillo Romano realizó la presentación de su tesis doctoral en la Universidad de Oxford, Inglaterra, convertida ahora en un libro que advierte a México sobre su próxima caída en una crisis más grave que todas las anteriores. Según el autor, esta crisis podría postrarnos totalmente ante un fracaso en la próxima era tecno-económica.
José Ramón (JR) fue subsecretario de Programación y Presupuesto y diplomático; aprovechó los afanes de su padre, José López Portillo y Pacheco, de convertirlo en un intelecto poderoso. Para él, las crisis anteriores de México fueron: la primera, el Nacionalismo, y la segunda, el Neoliberalismo. Su obra ha llamado la atención ya que no pretende críticas gratuitas ni lisonjas al pasado. Las tres crisis, bajo el sello Penguin, no es un escándalo, sino una proyección técnica de economista e historiador, bajo la dirección de Lawrence Whitehead, uno de los mayores expertos sobre México en el Reino Unido.
Durante su investigación, JR tuvo acceso directo para hablar con Echeverría, con su padre y con Miguel de la Madrid, así como con líderes empresariales. También accedió a documentos reservados de archivos oficiales de los Estados Unidos y el Reino Unido. Fue representante ante la FAO-ONU y cuenta con una amplia experiencia diplomática. Lejos de ambiciones políticas en México, su intelecto ha madurado bajo el severo método de Oxford; por tanto, es un mexicano que puede observar desde una altura inusual nuestra realidad, nuestro pasado y nuestro entorno.
“La política económica de la 4T es insuficiente por sus magros resultados y nos coloca en el rumbo de la crisis tecno-económica del siglo XXI. El crecimiento limitado y pobre en la creación de empleos nos ha debilitado. La 4T critica a los neoliberales como traidores a la patria y de concentrar los recursos en los ricos; estos, a su vez, critican a la 4T. Esto nos lleva de nuevo a no aprender las lecciones de la historia y de la economía, porque necesitamos una nueva gobernanza adaptativa a lo que viene: el mundo digital, la inteligencia artificial y las guerras económicas; factores que el gobierno actual no ha considerado en su totalidad. No ve más allá de su ombligo y de su ambición de centralizar el poder”.
Añade el analista con bases técnicas y económicas: “Una hegemonía política sin apego al Estado de derecho, sin transparencia y con un aparato estatal dominado por la lógica del corto plazo, no nos permitirá competir en nada. Sin capacidad de competir, seremos subordinados de las nuevas potencias”.
Indicó que el camino actual de la llamada “transformación” es dudoso porque no rectifica sus errores. “Si implica inhibir la oposición política y negar la participación de la sociedad, esto se reflejará en lo económico al inhibir la inversión extranjera, desacreditar a académicos y científicos, y descuidar la educación de calidad. Esto impedirá la innovación endógena y todo ello puede generar una desgracia para México”.
Urgió al gobierno actual a encontrar soluciones: “Lograr estabilidad política para que el país pueda dialogar consigo mismo. Libertad para el diálogo, para ver el pasado sin prejuicios y aprender de ello. Un esfuerzo en este sentido será muy positivo… pero debe comprender la realidad”.
En un país conducido por sombras ideológicas, por signos imprecisos y por errores políticos que debilitan la autoridad, lograr lo anterior se ve muy difícil; sería, acaso, un acierto por accidente.
José Ramón aceptó analizar el periodo de su padre y lo hizo sin que le temblara la mano: “En 1970 tuvimos un crecimiento del 8%, el ingreso per cápita era del 57% y teníamos una era de 50 años de control de la economía por la rectoría del Estado, que derivó en la economía mixta. La necesidad en ese tiempo era proteger y desarrollar la industria mexicana que se estaba forjando. Hoy las condiciones son diferentes, y es un error pensar que se tiene que decidir entre mercado o Estado, cuando ambos deben trabajar conjuntamente; de otra manera, no alcanzaremos el desarrollo ni buenos números. El Estado por sí solo es insuficiente”.
El experto, quien consideró el nepotismo como un hecho negativo para el país, aclaró con ironía que él fue «el orgullo de su nepotismo» porque, en su momento, José López Portillo se había debilitado tanto que le pidió ayuda ante un país en crisis.
La era de José López Portillo fue la aplicación de un discurso intervencionista bajo un gasto público masivo que pretendía dinamizar el mercado interno con recursos derivados de la explotación petrolera. Pero la intención falló ante factores macroeconómicos mundiales que provocaron la caída del precio del crudo. La orientación hacia los marginados y la búsqueda de igualdad en salud y educación se perdió en el colapso de un periodo en el que debíamos «administrar la abundancia».
La consecuencia para México fue tremenda: alta inflación y un endeudamiento exterior a gran escala para mantener un Estado costoso, lo que terminó en la nacionalización de la banca. Precisamente este modelo es el que intentó revivir López Obrador, con variantes, porque condicionó el gasto público a regiones favoritas y a grandes proyectos (AIFA, Tren Maya, Refinería Dos Bocas) sin sustento técnico.
El derroche y el endeudamiento llevaron al incremento de billones de pesos en el presupuesto bajo la premisa clientelar de dar subsidios directos. Aunque estos resultan insuficientes para modificar los parámetros económicos, representan un billón de pesos a repartir; para muchos es supervivencia, pero para el gobierno son dependientes que buscan perpetuar el poder.
Regresamos con José Ramón López Portillo: “Tenemos que encontrar una estrategia porque no lo hicimos en el pasado. En la crisis de 1982, pensábamos que ciertos contextos externos eran permanentes e iban a dar resultados para mantener la estabilidad; no ocurrió así. La entrada al neoliberalismo fue a golpe de crisis, no fue una ruta calculada. En el sexenio de Miguel de la Madrid —lo documento con sus propios archivos—, una serie de políticas monetaristas y ortodoxas erraron una y otra vez. Fue desde afuera, a través del Plan Brady y del Consenso de Washington, que se aplicó el neoliberalismo para reducir al Estado y abrirnos al exterior”.
“Luego, el neoliberalismo se topó con su propia crisis en 1994-95 que, a diferencia de la nacionalización bancaria, se trató de la nacionalización del endeudamiento privado (Fobaproa). Y en 2008, una crisis global pegó internamente al modelo. El país se sostuvo porque había heredado una estructura robusta en energía, agricultura e infraestructura, pero no se pudo sostener la liberación comercial sin protección al desarrollo interno. Luego surgió la 4T, con su propia ideología legitimada en las urnas, pero no consideran que eso no basta para enfrentar la crisis actual”.
López Portillo concluye: “La falta de instituciones orilló a errores personales o de gabinete. El propio sistema priista dio lugar a fallas en la toma de decisiones debido a la falta de información y mentiras; lo mismo ocurrió con Echeverría, López Portillo, De la Madrid y Salinas… incluyendo al actual. Yo documento cómo se trastocó la información. Parece que no entendemos la lección”.
Sobre la primera crisis (nacionalismo), señaló que el modelo de Desarrollo Estabilizador se agotó en 1968 al revelarse fracturas: falta de justicia social y falta de democracia. “El mundo de la Revolución Mexicana creó instituciones como el IMSS o el Infonavit, y un sistema de corporativismo que era un pacto político donde todos tenían un lugar. Pero ese mundo ya no existe. El presidencialismo continúa como un cesarismo democrático, pero insinuar que se quiere regresar a la política de los 70 es una forma equivocada, simplista e ingenua”.
López Portillo Romano advierte que las narrativas demagógicas no le sirven a México. Debemos prepararnos para una crisis global más poderosa y profunda que las anteriores. La profecía está hecha y el efecto Casandra también: los dioses le concedieron el don de ver el futuro, pero la maldición de que nadie le creyera.
“La tecno-economía representa ventajas y riesgos catastróficos. Tenemos que dejar las falsas narrativas y dejar de ser niños, porque no tenemos una política industrial, ni educativa, ni de innovación. Todos tenemos que dialogar para cambiar; eso es lo que abordo en mi libro”.
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