
Por Laura Gutiérrez Franco
La educación en México no solo padece un rezago histórico, sino que ahora es el escenario de una lucha de poderes donde el Secretario de Educación, Mario Delgado, intentó pasar por encima de la autoridad de la Presidente al querer imponer un calendario escolar de manera unilateral.
Esta maniobra, que ignoró tanto la investidura presidencial como la autonomía de los estados -Jalisco desde un principio no se alineó a la SEP- y la voz de los padres de familia, buscaba someter a votación una estructura de días de clase que no nació del consenso con los secretarios de educación estatales, sino de un plumazo desde su despacho.
Al final, el Secretario tuvo que recular y el calendario regresó a su forma original de 200 días de clase, pero el daño político está hecho: quedó en evidencia un intento de imponer una agenda personal por encima de la jerarquía del Ejecutivo y del pacto federal.
A todo esto, parece que Mario Delgado se irá de la SEP, pero no porque guste, sino por las indagaciones que se hacen en su contra, junto con otros políticos. En los pasilllos se habla de que lo sustituirá Esteban Moctezuma, a quien acaban de quitar de Embajador de México en Estados Unidos.
Mientras en las oficinas superiores se pelean por el control político, en las aulas el panorama es desolador. México se mantiene en la mediocridad consagrada, ocupando el penúltimo lugar mundial en la prueba PISA de la OCDE.
El sistema ha adoptado la política de pasar a todos por decreto, una orden que ha llegado incluso a instancias judiciales para garantizar que nadie repruebe, aunque no sepan leer ni realizar operaciones matemáticas básicas. Esto ha provocado una privatización de facto; al igual que ocurre con la salud, las familias mexicanas están huyendo del sistema público Quien tiene un poco de recurso prefiere pagar una escuela privada para evitar que sus hijos queden atrapados en un modelo público que ya no garantiza ni siquiera el aprendizaje mínimo.
Sobre los libros de texto de Marx Arriaga y pese a que lo corrieron de su puesto en la SEP, la situación es de una parálisis ideológica. No solo no se están modificando para corregir los errores técnicos y los sesgos detectados, sino que se han impuesto a rajatabla en todo el país.
A pesar de las críticas de científicos, pedagogos y la lluvia de amparos, la Secretaría ha decidido ignorar cualquier intento de reforma a la Nueva Escuela Mexicana. Los libros actuales siguen vigentes sin cambios sustanciales, obligando a los maestros a trabajar con materiales que diluyen las materias fundamentales. No hay una ruta de corrección; al contrario, la orden es seguir adelante con un modelo que sacrifica la ciencia y la competitividad por la ideología, dejando a los niños mexicanos en una desventaja irreversible frente al resto del mundo. El sistema está dañado desde la cabeza, con un Secretario que desafía a la Presidente y una política educativa que castiga la excelencia.
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