
Por Manuel Gutiérrez
La actuación en nueve países de África de las fuerzas creadas por Yevgueni Prigozhin, denominadas Grupo Wagner y conocidos como “Afrika Corps”, aparte de colocar en el tablero nuevos tributarios de Rusia —poniendo gobiernos africanos a su servicio—, se apodera de piedras preciosas, oro, tierras raras y simplemente trata a mercenarios invisibles como los nuevos esclavos del siglo XXI, entre otros crímenes contra la humanidad.
La situación de África es extremadamente difícil; es un continente rico pero inestable e inseguro. Es un territorio de caciques de la guerra que trafican de todo, que extorsionan a las actividades económicas, pero sobre todo con ejércitos irregulares en renta, sujetos a quien les pague por poner o quitar políticos. Los militares africanos se han convertido en una profesión muy rentable, sobre todo para los jefes de los grupos paramilitares que están en renta permanente y que mantienen estados de guerra y anarquía en un tercio del continente africano.
Un político keniano ilustró el sentimiento de desesperación que hace que los países más próximos a Europa generen oleadas inextinguibles de migrantes que prefieren arriesgarse a morir en las travesías que seguir en su país con cero oportunidades. Expuso este ejemplo: “Si un barco negrero atracara hoy en Mombasa con una pancarta que dijera: ‘Se necesitan esclavos en Occidente’, en corto tiempo no habría espacio desocupado alguno en ese barco”.
Parecería que la herencia de Prigozhin no perduraría, pero las fuerzas militares de Putin —luego de eliminarlo con un misil en su jet privado Embraer Legacy 600, por encabezar una rebelión de generales contra un Putin que no perdona a nadie— siguen actuando a placer en Mali, República Centroafricana, Libia (país rico en petróleo) y Sudán, en donde son parte de grupos en pugna por el poder en una guerra civil que Occidente ignora, pero que causa muertes cada día. Incluso hay que sumar a Mozambique, en el pasado un país pacífico bajo el calor ecuatorial, muy despreocupado por su desarrollo y con una forma de vida cómoda.
Pero eso se acabó con el estilo de los rusos, que mandan como los tratantes de esclavos del pasado. También se suma Burkina Faso, en donde los rusos son los oficiales de seguridad y emprenden operaciones de contrainsurgencia contra los rebeldes al gobierno.
Los objetivos de Wagner son hacer de la guerra un asunto rentable que deje ganancias (Prigozhin vivió como millonario y algunos mercenarios se dan gran vida) y hacen realidad sus instintos de matar. Aprovechan los vacíos en países africanos dejados por contratistas, empresas y fuerzas armadas de Inglaterra y, sobre todo, de Francia; en menor escala de España y Bélgica, que mantiene recuerdos sentimentales y vínculos de mestizaje con regiones del Congo.
Adicionalmente, en África, Rusia alienta a un país, Argelia, para convertirse en superpotencia militar, dotándolo de aviones que ni ellos mismos se atreven a usar, como el Su-57, equivalente en quinta generación al F-35 norteamericano. Argelia puede desestabilizar el norte de África, inquietar a España e incluso a Inglaterra y a sus vecinos africanos como Marruecos; incluso a Egipto le representa una severa incomodidad tener un ejército grande, preparado por Rusia y necesitado de aventuras de expansión, con un poder militar que se acumula para usarse.
Hoy, si alguien desea explotar un yacimiento en alguna de las grandes extensiones de países africanos, debe contratar mercenarios, y el grupo oficial, con reconocimiento del gobierno de Putin, es Wagner, el Afrika Corps. Las corporaciones occidentales de mercenarios no son competencia ante el número y poder de los soldados de fortuna de Rusia. Wagner ha pagado cuotas altas de sangre porque ha sufrido derrotas y aniquilaciones de contingentes completos en la ferocidad de los combates tribales de África, pero el saldo es favorable.
Ellos están creando una África dominada por Moscú, mientras los países europeos hacen penitencias y se purgan del “colonialismo” como un severo mal; pero la ausencia de autoridad en esos países fomenta el anarquismo. Quedan algunas instalaciones religiosas y asistenciales de comunidades de Occidente, principalmente cristianas. Pero el problema es que la religión es otro factor determinante para ser eliminado en países como Sudán, en donde comunidades minoritarias, como las de católicos, son perseguidas, pero nadie habla de esos asuntos.
Aunque quedó en muchos de los países coloniales infraestructura, carreteras e instalaciones ferroviarias, petroleras y mineras, la incapacidad de concertarse por gobiernos nativos y la fuerza de la política caudillista de sabor tribal reflejan la necesidad de cambiar el concepto de que se interviene para mal en esos países. Requieren tutoría porque ellos mismos se asolan, más si son fervientes devotos del comunismo que entienden de una manera salvaje; todavía no logran su propia autodeterminación y, si lo intentan, hay potencias que los desvían, como lo es actualmente Rusia. No hay condiciones para la democracia en África en su mayor parte.
Las tropas de Wagner tienen una acumulación de denuncias por violación de derechos humanos, crímenes de guerra y asesinato generalizado. Incluso hay una vertiente muy complicada para Occidente: Rusia recluta guerreros islámicos, con lo que esto puede representar para los grupos armados en resistencia contra Israel o contra los países ricos de la península arábiga, y con muchas aplicaciones en la confrontación mundial. El efecto de todo eso ha sido crear un nuevo tipo de mercenario invisible: el africano que combate para Rusia en Ucrania.
La historia de reclutamiento resulta burda, porque el africano aspirante firma contratos en ruso que no tienen traducción. No le dicen que será militar a la fuerza, solamente que trabajará en industrias con sueldos altos, no en la guerra. Ahora, muchos países africanos tienen controles sobre la salida por vía aérea de sus ciudadanos de 17 a 38 años, porque su destino final es Rusia, en donde se encuentran con la disyuntiva de capacitarse en corto tiempo y, en menos, estar expuestos en los frentes; con una corta duración de vida, nunca llegan a cobrar gran cosa.
Kenia, por ejemplo, ha perdido mil hombres jóvenes; con gestiones lograron rescatar a solamente 30, algunos de ellos heridos o mutilados, pero sobrevivieron a la guerra en Ucrania. Este conflicto es de alta mortalidad, con 1.2 millones de bajas para los rusos, a los que han sumado aliados como los norcoreanos, los mercenarios latinoamericanos o cubanos e incluso de Nepal. Este último, necesitado de empleos y con una población creciente que solo tiene el turismo de montaña como ingreso principal, termina siendo atraído a las fuerzas militares de Rusia. La ventaja de estos muertos es que no generan descontento entre los muros de Rusia. Los llantos en Nepal o en Kenia no se escuchan y a nadie perturban.
El problema es que la falta de una economía en desarrollo genera una carencia de empleos y una curva poblacional creciente. Muchos buscan empleos en los países ricos del golfo Pérsico, pero no tienen derechos de ninguna especie; son sirvientes despreciados. A la par, la gente negra que ha logrado consolidarse económicamente en África luce su riqueza con ostentación en los aeropuertos europeos, con ropa de diseñador, bolsos carísimos, celulares de última generación y en primera clase. Muestran un aire de superioridad poco condescendiente y el otro polo del éxito: la insensibilidad social. Pero estos privilegiados son explotadores de sus hermanos negros, por lo que consideran que, una vez llegados al bienestar y riqueza, la suerte de los demás les importa un comino; esto es otra tragedia africana. No hay solidaridad, una actitud nacional o una integración racial o económica y, si pueden, mejor radican en Europa.
Por ello, algunos sospechan, pero aceptan el riesgo de sumarse “voluntariamente” a las fuerzas rusas. Pero cobrar sueldos es un dilema; son explotados por los traficantes reclutadores y las cuentas tienen candados rusos, por lo que muchos descubren que arriesgan la vida por cuentas bancarias que nunca llegarán. Los números que llegan son “rasurados”, como los cubanos en servicio exterior, en medicina o seguridad, en donde su gobierno los esquilma.
Los países más afectados por el mercenarismo ruso de usar africanos son Kenia, Ghana, Nigeria e incluso Sudáfrica. El presidente Ramaphosa aprovechó formar parte de los países alineados con Rusia para pedir de forma amable que den oportunidad de regreso a los sudafricanos que han incorporado a sus fuerzas; no se sabe el resultado de la petición. Estos datos fueron presentados por el NYT a través del jefe de corresponsales de África, Matthew Mpoke Bigg, que intentó describir el reclutamiento ruso como un modelo de estafa y como reflejo de la esclavitud moderna.
Ucrania busca también en todo el mundo reclutar voluntarios. Incluso hay mexicanos en la Brigada Mixtli, argentinos, colombianos y chilenos, entre otras nacionalidades. Pero su trato hace llegar los restos mortales y las gratificaciones funerales acordadas; las cuentas se abren en los países de los contratantes para recibir los pagos y pasan por sus embajadas. Son serios. Para muchos, la guerra es una necesidad para expresar sus habilidades: soldados relegados o que sufrieron alguna forma de injusticia. De todos modos, es el “salario del miedo”, compensado con la muerte de todas formas.
Ambos contendientes tienen estilos y objetivos diferentes: Ucrania los integra como parte oficial de sus fuerzas armadas; incluso muchos se arraigan entre las comunidades ucranianas, son vistos como héroes y se vinculan con su suerte de diversas maneras. Muchos se integran con familias ucranianas y echan raíces en ese país. Son oficialmente parte del ejército, no piratas o aventureros sin estatus legal.
Pero para un africano, probablemente sea más alto el riesgo del hambre que el de las balas. Las doctrinas de liberación de África, desde Patricio Lumumba, ahuyentaron a Europa, pero el socialismo africano quedó en esbozos primitivos y salvajes. Las condenas al colonialismo —hoy añorado— solamente le abrieron la puerta al lobo más feroz: Rusia.
Prigozhin les dio la manera —sin ser oficialmente Rusia—, pero todo beneficio va rumbo a Moscú, aunque tenga huellas de sangre. Como los negreros europeos, asiáticos o islámicos de los siglos XVII, XVIII y XIX, que asolaban tribus africanas, raptaban hombres, mujeres y jóvenes y con cadenas los vendían en los mercados de esclavos haciendo grandes fortunas, hoy en el siglo XXI vuelve a funcionar por parte de Rusia, por el impulso imperial del nuevo zar con mercenarios sin fortuna.
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