Por Amaury Sánchez (con permiso y sin censura)
Era sábado por la noche, hora en que los cristianos duermen, los pecadores pecan y los presidentes enloquecen. En algún rincón iluminado de la Casa Blanca, Donald Trump apretó un botón, no el del bronceado ni el del peluquín, sino el de la guerra. Lo llamó con poesía bélica “Martillo de Medianoche”, como si Homero y Rambo hubieran colaborado en el nombre del operativo.
Los misiles cruzaron el cielo de Irán con la elegancia de un elefante en patines, y en segundos, instalaciones nucleares fueron reducidas a polvo, a historia, a advertencia. Y mientras el mundo contaba los muertos con la discreción de un contador de almas, Trump hacía lo que mejor sabe: no pensar, sino hablar. O mejor dicho, escupir con elocuencia de matón escolar.
Pero no lo hizo desde el Despacho Oval ni desde el podio de Naciones Unidas, sino desde el altar sagrado de su autoelogio: Fox News, el único canal que le aplaude aunque hunda el Titanic y diga que era un simulacro.
Ahí, entre preguntas suaves como masajes tailandeses, arremetió contra CNN y MSNBC, a quienes llamó sin titubeo “escorias” y “perdedores sin agallas”. Porque en la lógica trumpiana, todo medio que no repita sus frases como salmos de culto, merece ser aplastado con la furia verbal de un emperador ofendido. Qué altura de estadista. Qué diplomacia de cantina. Qué nivel de bullying geopolítico.
CNN y MSNBC —a diferencia de Fox, que transmite desde el recto presidencial con WiFi directo al ego— osaron cuestionar si el ataque fue necesario, legal, proporcional. ¡Herejía informativa! Porque en el mundo según Trump, pensar es traición, y preguntar, terrorismo mediático.
Pero los ataques verbales no son lapsus, son estrategia. Trump no quiere gobernar; quiere provocar. No necesita construir acuerdos, sino enemigos. Si no los hay, los inventa. Y si los hay, los insulta. Su diccionario tiene tres entradas: yo, los míos, los traidores.
Así, mientras Fox le da tratamiento de profeta con corbata, los medios críticos le recuerdan que el mundo no es un rally electoral, sino un tablero de ajedrez donde una pieza mal movida puede desatar incendios de décadas. Pero Trump no juega ajedrez. Juega boliche con países.
Y mientras tanto, Irán responde con promesas de venganza, Rusia levanta una ceja, China afila los colmillos, y los BRICS —ese club emergente que a Trump le provoca urticaria— se acomodan en el palco VIP del nuevo orden multipolar. El tablero se mueve, pero el expresidente sigue aferrado a sus fichas de Monopoly, soñando con hoteles en Teherán.
Y es que cada bomba lanzada por EE.UU. no solo destruye instalaciones, sino también certezas. Y cada insulto lanzado desde Fox News no solo degrada a la prensa, sino a la democracia misma.
Porque si hoy un presidente puede llamar “escoria” a quienes informan, ¿qué le impide mañana llamar “enemigo” al que piensa diferente? ¿Qué le impide declarar traidor al que escribe esta columna?
Y en medio de todo, el ciudadano común —usted, yo, su tía que ve las noticias mientras cena— queda atrapado entre fuegos: el de la propaganda y el de la pólvora real.
Cierre con pólvora:
Ya no estamos en la era de la diplomacia. Ni siquiera en la de la razón. Estamos en la era del espectáculo armado, donde el presidente de la nación más poderosa del planeta confunde la guerra con un episodio de The Apprentice… versión Teherán.
Y lo más peligroso no es que Trump insulte. Es que millones aplaudan.
No es que declare la guerra desde un set de televisión.
Es que haya quien cambie conciencia por rating.
Y verdad por slogans.
Y futuro por votos.
Porque mientras los periodistas caen bajo ataques de palabras, los pueblos caen bajo ataques reales.
Y en esta tragicomedia global, cada vez es más difícil distinguir entre un presidente…
y un pirómano con micrófono.
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