Por Amaury Sánchez G.
El 26 de agosto, en el Hotel Virreyes de Tlaquepaque, se congregó la bancada federal de Morena de la Primera Circunscripción para definir la agenda legislativa que abrirá en septiembre. No fue una reunión más. Allí, bajo la conducción de Ricardo Monreal y con la anfitrionía de las diputadas y diputados locales Mery Pozos y Alberto Maldonado, se expresó un mensaje inequívoco: la tarea legislativa no admite dispersión ni frivolidad, sino disciplina y responsabilidad frente al mandato popular.
La reunión tuvo un propósito doble. Por un lado, ordenar la agenda con realismo: se habló del paquete económico 2026, de una reforma constitucional contra la extorsión y de treinta iniciativas en salud, bienestar, justicia y derechos indígenas. Por otro lado, reafirmar la unidad interna en torno a la Presidenta Claudia Sheinbaum, porque el poder legislativo, sin cohesión, corre el riesgo de diluir la voluntad transformadora que lo originó.
El hecho de que esta plenaria se celebre en Tlaquepaque tiene un valor simbólico: Morena reconoce que la transformación no puede ser monopolio de la capital de la República. Debe ser también un ejercicio de territorialización política, de llevar el debate y la presencia del partido a regiones donde la disputa por el rumbo del país es tangible.
Se ha anunciado la participación en la plenaria de Rosa Icela Rodríguez, Omar García Harfuch, Marcelo Ebrard, Ariadna Montiel, Ernestina Godoy y Édgar Amador, entre otros. La lectura es clara: el Ejecutivo no delega sus responsabilidades en la mera retórica parlamentaria. Comparece, exige y conduce. No como imposición, sino como recordatorio de que en un sistema presidencialista las mayorías legislativas no pueden volverse ornamentales.
Debe decirse con toda claridad: la disciplina que mostró Morena en Tlaquepaque no es un defecto, sino una virtud en el marco de un proyecto que busca transformar estructuras históricas de desigualdad y violencia. La dispersión en estos momentos equivaldría a traicionar el mandato popular. Unidad no significa silencio ante los problemas, sino capacidad de actuar con un mismo propósito frente a los grandes intereses que desean perpetuar el estado de cosas.
Sin embargo, la cohesión no debe confundirse con obediencia acrítica. La misión del legislador es, en primer término, velar por el bienestar general. El paquete económico y la reforma contra la extorsión deberán examinarse no desde la comodidad de un voto automático, sino desde la exigencia republicana de legislar con fundamento en la realidad del pueblo. Cada norma aprobada será juzgada no en los salones del Congreso, sino en la vida diaria de quienes padecen violencia, marginación o pobreza.
Lo acontecido en Tlaquepaque revela que Morena ha entendido que la política no se construye con gestos vacíos. Se requiere método, claridad de objetivos y capacidad de interlocución con los distintos poderes del Estado. Si la bancada mantiene esa línea, el nuevo periodo de sesiones podrá significar un avance real en la consolidación de la transformación.
La historia juzga no a los partidos por sus discursos, sino por las leyes que promulgan y los efectos que éstas tienen en la vida social. La reunión en el Hotel Virreyes será recordada en la medida en que las decisiones ahí tomadas se traduzcan en justicia efectiva, en seguridad real, en bienestar tangible. Todo lo demás
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