Por Laura Gutiérrez Franco
En el ágora pública actual y de manera muy evidente dentro de las filas de Morena, aunque el fenómeno no perdona color ni sigla partidista se ha multiplicado una figura tan entusiasta como trágica: el defensor oficioso de la política. Un ciudadano de a pie que ha decidido, por voluntad propia y sin sueldo de por medio, convertirse en el guardia de elite de la reputación de sus dirigentes.
Hacen un gasto de energía descomunal. Discuten en redes sociales, rompen amistades, confrontan a familiares y se enfrascan en batallas digitales dignas de causas históricas, todo con tal de blindar a un personaje público frente a cualquier crítica o cuestionamiento. Dan la cara, la palabra y casi la vida por ellos. Hay, sin embargo, un pequeño detalle en este pacto no escrito de lealtad absoluta: el político en cuestión no sabe que existen.
Si mañana ese simpatizante entregado enfrenta una emergencia familiar, un problema legal, un trámite administrativo trabado o una injusticia cotidiana, el político por el que arriesgó la tranquilidad personal ni le responderá la llamada, ni enviará un mensaje, ni moverá un dedo. Simplemente porque no lo conoce. En la escala de prioridades de la alta burocracia y la grilla partidista, el abnegado militante digital no es más que una cifra en una estadística de apoyo o un perfil en una pantalla.
Es por demás absurdo llevar la simpatía política a extremos de devoción casi religiosa. Admirar un trabajo bien hecho o respaldar un proyecto de gobierno racional es comprensible; convertir a un funcionario en objeto de culto intocable, rozando el apasionamiento ciego, no solo resulta inútil, sino profundamente perjudicial para el propio ciudadano.
La reciente visita de la presidenta a Jalisco para su informe fue una radiografía exacta de esta dinámica. Para presumir un musculoso control político ante la cúpula, las figuras locales que aspiran a un puesto en la próxima elección como Laura Imelda Pérez, Mery Pozos y Carlos Lomelí, volcaron todos sus recursos para quedar bien. Cientos de camiones y miles de acarreados abarrotaron la Arena VFG. El recinto se llenó, sí, pero la escenografía de respaldo total terminó por desmoronarse entre la realidad del acarreo.
A pie de pista estaban los abnegados de siempre: personas de la tercera edad que dependen de su pensión bimestral para subsistir, movilizadas durante horas bajo el sol, muchas de ellas sin comer ni recibir apoyo alguno, al grado de sufrir desmayos en pleno evento. Y cuando la logística falló y las porras no salieron como estaban presupuestadas en el guion, la gente simplemente comenzó a retirarse antes de tiempo. La masa, fatigada y desatendida, dejó las gradas a medio llenar mientras la mandataria recortaba su discurso. Aquella muchedumbre que los aspirantes usaron como moneda de cambio no recibió ni las gracias.
Conviene recordar el ABC del servicio público, un principio elemental que suele olvidarse entre el fanatismo y el ruido mediático: los políticos no le hacen un favor a la sociedad al ejercer un cargo. Están allí para servir al pueblo, no para servirse del pueblo. Cada centavo de sus sueldos, sus camionetas, sus asesores y sus viáticos sale del bolsillo de los contribuyentes. Viven, literalmente, de los impuestos que paga el ciudadano con su trabajo diario.
Por ende, la relación no es de subordinación ni de adoración, sino de rendición de cuentas. El mandatario es, en la definición más estricta del término, un empleado de la ciudadanía. Su deber es responder a las demandas de la gente y administrar con transparencia el dinero público, no valerse del poder para actuar con arbitrariedad, desatender sus responsabilidades o desatender el bienestar general.
Someter el criterio propio al antojo de un servidor público y pelearse con medio mundo en su nombre es un esfuerzo estéril. Al final del día, cuando las luces de los reflectores de la Arena VFG se apagan y las candidaturas se reparten entre la cúpula, los políticos continúan sus vidas y sus carreras intactas, mientras el ciudadano que “dió la vida por ellos” o el adulto mayor que se desmayó en la grada sigue enfrentando la realidad a solas, con las mismas carencias y sin que nadie, desde las alturas del poder, le dé las gracias.
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