
Por Manuel Gutiérrez
En 1941 comenzó la pesadilla que se prolongó hasta el 43. Entonces, la Luftwaffe empleaba los aviones Heinkel, los Junkers y los Stukas, y Moscú y San Petersburgo se convirtieron en los grandes blancos. 2026: Otra vez, Moscú y San Petersburgo son los objetivos, pero son atacados con aparatos no tripulados, con drones.
Si alguno de los militares del círculo de Putin hubiera previsto lo que ocurrió en los últimos cinco años, hubiera sido visto como un derrotista, como un demente y, con un peligroso paso, a ser considerado traidor a la patria.
En ningún momento Putin admitía en sus peores cálculos que sus capitales más occidentales, el centro de Rusia, quedarían expuestos ya a repetidos ataques.
Esto viene ocurriendo desde mayo, con intensidad. Incluso con incomodidad en el desfile de la victoria y, el colmo, ante los daños visibles ya ante los enviados al Foro Económico de San Petersburgo.
Todo comenzó en el tercer año de la guerra. Uno que otro dron lograba llegar a las orillas de Moscú, o ingresar a las zonas aledañas. Pero era tan leve como un solitario mosquito; sin embargo, la tormenta creció.
La semana pasada, entre Moscú y San Petersburgo se repartieron 600 drones ucranianos que dañaron una refinería cercana a la ciudad de Moscú, y fue inevitable darse cuenta del incendio, las explosiones, el humo y la escasez de combustible.
El 20 de junio, lo que los analistas militares juzgaron imposible sucedió. Fue similar al caso de Hermann Göring, que ofreció que si caía alguna bomba en Berlín se cambiaba de nombre. No cumplió en ninguno de los dos casos.
La verdad, cuando la batalla de Inglaterra estaba en juego y que perdió Alemania en un 3-1 en proporción de aparatos perdidos —aunque estuvo a punto de ganarla, porque las defensas de la RAF estaban agotadas—, hubiera sido el momento de una ofensiva aérea total.
Pero no ocurrió así, y Londres devolvió luego a las ciudades alemanas el infierno en una escala que reveló que no se necesitan bombas nucleares para desatar el final.
Pocos saben que el bombardeo de Tokio por los B-29 causó más muertos que Hiroshima con la bomba atómica, Fat Man (la fórmula fueron bombas incendiarias de fósforo y explosivas), y la estructura urbana y los materiales inflamables se encargaron del resto.
Esto revela que no era necesario usar a Japón para probar el material nuclear, pero esa es otra historia. Lo cierto es que nadie espera que le repliquen los bombardeos en ninguna guerra, invasión, intervención u operación que se llame como se llama la Z.
GUERRA EN CASA
Esta misma perplejidad sin duda la sienten ahora en Moscú, en donde el ciudadano común recibe noticias de la guerra, cena, ve televisión, conversa con su familia y todo parece normal. Pero ahora lo normal es la realidad de la guerra, porque ya están en el frente.
Ellos saben que Kiev, Odesa y muchas ciudades ucranianas cada noche enfrentan una lucha a muerte, pero ahora esa misma guerra está cerca del parque en que juegan sus hijos, la escuela a la que asisten, el hospital que los cura, y que su automóvil no tiene suficiente combustible porque está racionado y ardiendo en columnas visibles en todas partes; y en los llamados que generan huecos por las movilizaciones ofreciendo 6 millones de rublos para salir de pobres. Algo como 80 mil dólares a los firmantes.
Las noticias de golpes con drones contra mandos militares apenas se habían digerido, pero ahora la población reacciona: “No esperaba ataques tan grandes”, dicen mientras su refinería de Kapotnya ardía.
Y Putin, esta vez ante la evidencia, mejor no dijo nada. El gobierno ruso reaccionó con una campaña común en todos los medios grandes de Rusia, impresos o televisivos: “Por malo que sea para nosotros, Ucrania está sufriendo más”, y eso lo celebró Komsomólskaya Pravda, un diario radical pro-Kremlin.
En un retorcido sentido de contrapropaganda, el portavoz de Putin, Dmitri Peskov, declaró: “Deberían estar atentos a las imágenes provenientes de Ucrania”.
Pero para la población rusa real, la BBC sintetizó un comentario que circuló entre la gente: “No será el último, ni siquiera uno de los últimos”, y tienen razón: los golpes a los blancos energéticos y productivos para la guerra siguen sin parar, y la capital y San Petersburgo están a tiro de piedra para Ucrania, a dos mil kilómetros de distancia, en lo que no podía pasar, pero está pasando.
LA DEFENSA ANTIAÉREA: DE ORGULLO A ELEFANTE BLANCO
En los años 80 y 90 del siglo XX, los analistas de Occidente, al hacer ejercicios sobre un hipotético enfrentamiento contra Rusia, advertían que sus fuerzas aéreas serían eliminadas en el intento de alcanzar sus blancos. Era verdad: la Red Tallin hacía sentir un orgullo superior a los políticos y altos mandos rusos. En Occidente veían que, al igual que en el mar, estaban superados en todo.
Pero en el ataque masivo de drones se mostraron muchas cosas: un caos defensivo, con soldados rusos usando misiles portátiles disparando entre el tráfico de las autopistas. Incluso hay versiones de que el estallido de la refinería fue por un misil ruso desviado que erró el blanco e hizo impacto directo, y lo peor: la gente lo vio todo en videos.
Este fue el resultado de la estrategia de contragolpe de Ucrania; para ello construyó, compró y copió modelos de drones, desde Turquía hasta los modelos capturados a los rusos que eran iraníes. Hizo fábricas para disponer de miles de ellos a toda hora, para el frente y para contragolpear a Rusia en las profundidades.
Esto se hizo realidad y ha aumentado desde el 2024; las respuestas de Rusia a los ataques de drones fueron desorganizadas e impotentes.
La estrategia de atacar con muchos drones muchos puntos en la geografía de Rusia ha obligado a mostrar las fallas de falta de actualización de los sistemas que antes Occidente temía.
Ucrania procede de forma metódica: primero las zonas de detección por radar (16 sistemas rusos antiaéreos aniquilados en este año), luego sigue con las defensas (la versión es que ha destruido 1,452 sistemas antiaéreos rusos en lo que va de la guerra; este puede constar de equipo electrónico, vehículos, rampas para misiles, antenas de comunicación y radares).
Lo que ocurrió es que Rusia diseñó sus defensas para la gran guerra contra los Estados Unidos, no contra un país asimétrico pero tecnológicamente muy apto. Esperaban los bombardeos de los B-1, B-2 y los grandes B-52, los misiles de crucero o los ICBM, pero nada de esto aplica; como tampoco lo esperaban los Estados Unidos en la guerra intermitente de Israel contra Irán, que inundó de misiles caseros y drones baratos.
Los gigantes quedaron sorprendidos por la iniciativa y la tecnología, y porque no hay enemigo pequeño. En lo que Rusia reestructura —y eso requiere fondos y otra mentalidad— sus sistemas defensivos, incluso la aplicación que hizo de ellos puede ser para la guerra que viene.
Al igual que en la Segunda Guerra, llevó sus sistemas antiaéreos a la frontera con Ucrania, a los sitios de combate en el frente, y supuso que era suficiente.
Pero las grandes ciudades de Rusia, los jugosos blancos industriales, las concentraciones de tropas y toda la red logística —que es castigada y es causa de que no puedan armar una ofensiva seria como acostumbraban— quedaron vulnerables.
Ucrania sabe que puede llegar con sus drones hasta donde quiera y cada vez los han mejorado más.
La carga termobárica que comenzaron los rusos, una explosión que crea un vacío aniquilador, ya la aplican en los drones en el frente. Sentirla no es igual que no sentirla en carne propia.
Los racimos también aniquilan cualquier forma de vida en un área determinada; nada puede quedar vivo. La zona del miedo de 40 millas por los drones se mantiene día y noche con una efectividad asombrosa: un infante con cara de nerd de Ucrania, que parece que juega un videojuego, en realidad está reventando tanques rusos o llevando su arma a las profundidades de Rusia, que ahora ve que la pesadilla se ha regresado. Putin nunca leyó El juego de Ender; hoy esta es una realidad.
Ucrania renunció a tener armas nucleares y aceleró su desmilitarización. El Kremlin reubicó sus misiles. Pero olvidó quiénes los manejaban, fabricaban y entendían del tema: eran los ucranianos y, al forzarlos a la guerra con los incesantes bombardeos, retornaron a las mesas de diseño y, con simples computadoras caseras, pantallas y equipos de cochera, tomaron la ventaja en el sector moderno de esta guerra.
Rusia entra en facetas que revelan que no las trae consigo bien en nada. Pagarle 14 mil 400 millones de dólares a Norcorea es una muestra.
Y no siguió el ejemplo chino, que los mantenía amarrados, controlados y sin tecnologías que los alienten a emprender guerras. Cuando regalas un arma, nada garantiza que en cierto momento no se vuelva su uso contra ti, y China cuidaba de eso y de que no la metieran en un lío con Corea del Sur.
Tal vez la idea de que Ucrania la pasa peor será temporal, porque puede ocurrir más fatalidad de la que ha comenzado a sufrir Rusia, que desató una guerra que nadie imaginó antes.
E Irán está muy apurado con su propia supervivencia. Que le vaya mal a Rusia, verdaderamente mal, sin embargo, puede ser el mejor camino a la negociación de paz, en tanto Crimea, ocupada por los rusos, está por reventar: asediada, sin combustible, con ataques día y noche. Y el frente no se dinamiza para Rusia, que perdió desde hace 3 meses todo impulso coherente.
Rusia olvidó que la destrucción de las ciudades no basta para vencer a un pueblo determinado y que cada víctima es un discurso estridente, que cala.
Sus ciudades estarán en ruinas, pero, al igual que Alemania en la Segunda Guerra, en fábricas subterráneas estaban haciendo las nuevas armas que cambiarán la historia. En Ucrania eran los drones: quieren 5,000 diarios y alcanzaron a tenerlos en cantidad y calidad suficiente para modificar la guerra, sumados a un esfuerzo total para ganar el derecho a existir. Algo que Putin todavía no asimila, pero la gente común sí; pero la paz la hace el dictador.
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