
Horacio Villaseñor
La gestión de la Zona Metropolitana de Guadalajara revela una contradicción obscena: mientras se destinan fortunas a maquillar la ciudad para el escaparate de la FIFA 2026, la realidad cotidiana de sus habitantes se hunde en un deterioro sistémico. Hoy, gobernar se ha reducido a la política del espectáculo, ignorando que la ciudad, más allá de las luces del estadio, está hecha un asco: sucia, descuidada y sumida en una inseguridad galopante que ha robado la paz de sus barrios.
Existe la falacia de que un empresario gobernará mejor bajo el argumento de que “no hay empresa fracasada”. Sin embargo, se olvida que una empresa que no genera utilidades simplemente cierra; en cambio, los gobiernos —por ineficientes que sean— no pueden desaparecer. Su lógica es intrínsecamente distinta: la visión empresarial no solo es ajena a lo público, sino que termina pudriendo la función pública al intentar aplicar métricas de rentabilidad privada a derechos humanos fundamentales.
Es inaceptable presumir vanguardia internacional cuando la infraestructura básica es un desastre y el entorno urbano se ha vuelto hostil; la realidad es una movilidad colapsada que castiga sistemáticamente al tapatío, un sistema de agua fétida que brota de los grifos y la condena de inundaciones recurrentes que paralizan la metrópoli ante cualquier tormenta. A este abandono físico se suma una inseguridad crónica que convierte el espacio público en territorio del miedo, evidenciando el cinismo de una autoridad cuya policía se ocupa más de la logística de los eventos masivos que de proteger al ciudadano de a pie.
Esta crisis solo se detendrá cuando el gobierno deje de priorizar estadios y atienda la deuda histórica del déficit de áreas verdes, que en Guadalajara roza el 70%. Se ha intentado mitigar el problema plantando árboles de forma improvisada en sitios inadecuados, convirtiéndolos en problemas futuros para drenajes y banquetas. Se ignora que la Organización Mundial de la Salud (OMS) no recomienda “árboles”, sino metros cuadrados de suelo permeable por habitante para garantizar servicios ecosistémicos que impacten en la salud pública.
Si el gobierno municipal no garantiza estos espacios vegetales próximos a la ciudadanía, nadie más lo hará. Claro, esto es mucho más complejo que remodelar una glorieta o pintar una avenida para que se vea bien en la televisión. En una ciudad donde urbanistas ambiciosos y “paleros” del poder omitieron exigir se crearan las áreas verdes necesarias, la única solución real —aunque costosa— es ahora la adquisición y demolición de manzanas estratégicas para devolverle suelo permeable a una ciudad asfixiada por el concreto y la basura.
Esta “estafa de las prioridades” sacrifica la salud y la seguridad —que hoy no es más que un cuento chino— para financiar una vitrina privada. Al final, la visión empresarial sobre lo público es un espejismo de eficiencia alimentado con recursos ajenos; un ejercicio de cinismo donde se privatizan las ganancias políticas y se socializan las carencias de una ciudad abandonada a su suerte.
El Estado ha perdido la brújula al ignorar que su esencia es garantizar el bien general y la justicia espacial, asegurando que el derecho a la ciudad no sea un lujo de palco, sino una realidad equitativa y segura en cada barrio. No se puede presumir una casa con fachada de mármol cuando los cimientos se desmoronan, las calles son peligrosas y el interior huele a podrido. El éxito de un gobierno no se mide por los goles celebrados, sino por la dignidad recuperada de una sociedad que ya no tiene presupuesto, ni paciencia, para costear fiestas ajenas. Ni hablar.
Horacio Villaseñor
Máster en Gobierno y Administración Pública Municipal y Estatal.
Es Doctorando en Geografía y Ordenación Territorial
Miembro titular de la RedIGLOM Asociación Civil que aglutina a los investigadores y profesionales más destacados en materia de gobierno, política, administración pública y miembro de la Red Temática CONACYT. Contacto: horaciovillasen@gmail.com
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