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El Juglar de la Red

Desde el gobierno de la República hay un monólogo que centra todas sus acciones en el combate a la corrupción y que se niega a escuchar cualquier otra voz que disienta, difiera u opine en sentido contrario de la visión gubernamental, como si la razón y la verdad estuviera solamente en el lado de la 4T y todos los demás estuviéramos equivocados, en el peor de los casos a favor de la corrupción.

Se suspendió la construcción del nuevo aeropuerto en la Ciudad de México porque había corrupción y los empresarios que lo construían formaban parte de la “mafia del poder”, pero ahora resulta que esos mismos empresarios corruptos están en el paquete que construye el aeropuerto en Santa Lucía.

¿Había o no había corrupción en esos empresarios? Todo indica que no.

En la lucha contra el robo de combustible –huachicoleo–, el presidente López Obrador volvió a argumentar que se trataba de combatir la corrupción generada en Pemex y sin mayores razones cerró ductos de abastecimiento que generaron un serio problema en 8 entidades del centro, bajío y occidente de México, fueron 30 millones de personas afectadas y miles de millones de pesos los que se perdieron.

¿El resultado? Una inversión de 87 millones de dólares para comprar pipas que no son aptas para el traslado de combustible y ningún personaje de relevancia detenido por robar combustible; pero lo más grave son las personas que perdieron la vida en Hidalgo cuando estalló un ducto de gasolina porque la instrucción fue que no se les molestara mientras llenaban bidones de gasolina.

Lo más triste es que el discurso gubernamental en torno al manejo futuro de Pemex, no solamente es limitado, también generó desconfianza en las calificadores y afectó directamente la situación crediticia de la paraestatal; todo eso representa mucho más dinero del que se perdió con la corrupción que se dice combatir.

El gobierno federal también eliminó los recursos que se destinan a las estancias infantiles, lo cual representa un duro golpe a las madres trabajadoras de México; la decisión se tomó con base a presuntos actos de corrupción que la Presidencia de la República aduce sin mostrar prueba alguna.

La decisión no solamente es lesiva para madres de familia, tiene un impacto directo en cerca de 400 personas que trabajan en esas instancias y que han expresado directamente su molestia al presidente López Obrador sin que este se hubiera tomado la molestia de escucharlas.

Al igual que en los casos anteriores, no hay elementos que muestren la corrupción sobre la cual se apoya la decisión, pero basta la sola palabra presidencial y entonces eso no se puede cuestionar.

El Presidente de la Repúblico volvió a decepcionar a las organizaciones de la sociedad civil que acudieron al llamado para opinar y proponer en torno a la creación de la Guardia Nacional; no solamente se desoyeron todas sus sugerencias, el proyecto final va en el sentido original que fue enviado la primera vez.

Las mesas de análisis, debate y propuestas fueron solamente una escenografía, una mascarada, una simulación que no sirvieron para nada y que en nada modificaron la propuesta de decreto para la creación de la Guardia Nacional.

En todo esto aparece una constante, y no es el discurso presidencial de combate a la corrupción porque realmente ese solamente es el pretexto, lo grave es que apareció el carácter intolerable de Andrés Manuel López Obrador, ese que lo dibujó durante muchos años y que parecía más una actuación que una realidad.

Hoy, lo que vemos los mexicanos es a un Presidente de la República cuya cerrazón no solamente cuesta dinero, también viene dinamitando instituciones y proyectos sociales que impactan directamente en la sociedad.

López Obrador dijo en su discurso del 1 de julio por la noche que no se convertía en un dictador; vamos a reconocer que no llega a esa categoría porque apenas va en la de “dictadorzuelo”.

La política presidencial de “se hace lo que yo digo, porque yo lo digo” no es un buen augurio pues representa la presidencia imperial que habíamos superado.

Rafael Cano Franco es reportero y conductor de noticias, también preside el Foro Nacional de Periodistas y Comunicadores A.C.

Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Reportero y conductor de noticias, también preside el Foro Nacional de Periodistas y Comunicadores A.C.

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Nacional

El Juglar de la Red- El paraíso socialista de Cuba, es un infierno

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Por Rafael Cano Franco

De manera sorpresiva miles de cubanos salieron el domingo a protestar a las calles de las ciudades de Cuba: para los amantes del socialismo eso fue una herejía, para los detractores de la dictadura comunista aquello no es más que el deseo inherente en la persona de tener libertades y poder aspirar a tener lo que su esfuerzo personal les pueda granjear.

Los cubanos protestaron por varias cosas: la falta de alimentos, lo caro de las medicinas, los constantes “apagones” de energía eléctrica, las restricciones por la pandemia y exigiendo vacunas para paliar los efectos del Covid-19 en la isla.

Ante las manifestaciones, la reacción del presidente Miguel Díaz Canel fue hacer un llamado a los comunistas cubanos para que salieran a las calles y que defendieran al régimen de la desestabilización que promovía el gobierno yanqui.

No hay noticias de que esos comunistas salieran a enfrentarse a sus compatriotas; lo que sí resultó evidente fue como policía y ejército, a la par, reprimieron la manifestación y se ensañaron con los protestantes, la mayoría jóvenes que aspiran a una vida diferente de la que han tenido.

En México, la visión que se tiene de Cuba está polarizada: los seguidores del comunismo ven en Fidel Castro y Ernesto “Che” Guevara dos figuras emblemáticas, románticas, que se enfrentaron al imperialismo yanqui y trasformaron Cuba en un paraíso socialista.

Para los defensores de la libertad, el régimen castrista-comunista no es otra cosa que una dictadura anquilosada, que privó a los cubanos de libertades, que los llevó a la miseria y los convirtió en una nación donde abunda el discurso pero falta todo lo demás.

En su conferencia “mañanera” el presidente Andrés Manuel López Obrador aceptó la versión de su homólogo cubano y señaló que detrás de las protestas estaba el gobierno de Estados Unidos.

No hay absolutamente ningún indicio de que eso sea verdad, pero al final de cuentas se trataba de echarle la mano al amigo Díaz Canel en desgracia.

En México, los seguidores del castrismo-comunismo no alcanzan a entender como un pueblo que “tantos beneficios” recibe de su gobierno se revelen contra éste. La única explicación para comprender la rebelión es que la promueven extranjeros. No alcanzan a ver que el hartazgo llegó al límite y que las restricciones a la libertad tienen un costo que generalmente se paga con un estallido social.

Desde la perspectiva de muchos mexicanos de izquierda, quienes en base a la protesta se hicieron escuchar,  las manifestaciones en contra del gobierno Cubano, no tienen esencia social, por ello no alcanzan –o convenientemente no quieren– visualizar que detrás de ellas lo que realmente las mueve es ese deseo aspiracional de las personas por mejorar sus condiciones de vida, de que sea su esfuerzo y no un régimen de gobierno quien defina lo que poseen, que es lo que van a comer y cuando lo harán, son los jóvenes cubanos los que están hartos de ser pobres por decreto.

Una rebelión de los cubanos, o al menos de sus jóvenes, se convierte en un desmentido para aquellos que propalan la versión de que ahí hay libertad, que hay desarrollo y que el comunismo es un régimen donde se garantiza que todos vivan en las mismas condiciones.

Lo que ahora vemos es precisamente lo contrario, un grito de rebelión al estar limitadas sus aspiraciones, al estar condenados a vivir en el estancamiento social, sin movilidad, a menos que deban dejar su país para poder mejorar económicamente.

También vimos como un gobierno que se dice democrático, recurrió a la estrategia “derechista” de reprimir la manifestación, utilizar toda la fuerza del estado para someter a los manifestantes, fuimos testigos de que la violencia es el recurso para mantenerse en el poder.

El gobierno de Miguel Díaz Canel seguirá culpando al “Imperialismo yanqui” de ser el promotor y con ese argumento como pretexto volverá a echarle el ejército al pueblo; va a reprimir la protesta y encerrará a Cuba para que el mundo no vea el castigo ejemplar que aplica a quienes identifica como los líderes de la revuelta.

Seguramente en México, los comunistas van a aplaudir tamaña contrariedad y defenderán la dictadura; porque si no lo hacen entonces cómo podrán justificar su ideología, como explicaran ese romanticismo con el cual contemplan a la dictadura y se regodean de los grandes logros alcanzados por el régimen comunista.

Pero a pesar de eso el grito de ¡Libertad para Cuba! resonó en el mundo.

 

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Rafael Cano Franco

La fórmula de la felicidad según AMLO

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El juglar de la red

Estamos a una semana de la presentación del Primer Informe presidencial de Andrés Manuel López Obrador, con ello nos aprestamos a ver el análisis que desde dentro del gobierno de la 4T hacen del trabajo que han realizado y que por los spots publicitarios que ya manejan, es muy positivo.

Al parecer existe un divorcio entre lo que piensa la sociedad y lo que percibe López Obrador; si bien su accenso al poder fue legítimo y con un enorme respaldo social, al paso de diez meses de gobierno, ese apoyo disminuyó notablemente pero el Presidente sigue pregonando que la trasformación que encabeza generó un mejor ánimo social y solamente eso importa.

Hace apenas unos días el Inegi corrigió el dato del crecimiento económico y lo ajustó a un cero por ciento, a pesar de eso el presidente López Obrador dijo que eso no era importante pues la riqueza estaba mejor distribuida y con ello se generaba un estado de felicidad en el pueblo.

Para medir el desarrollo de la economía de un país, su principal indicador es el crecimiento económico; eso significa que hay confianza de los empresarios y no temen invertir su dinero, eso también da cuenta de un incremento en la generación de empleo, punto básico porque implica hay un ingreso estable para los trabajadores; que no haya crecimiento económico nulo, solamente indica el estancamiento de un país y eso termina por afectar a la sociedad y también al gobierno.

Pero eso es algo que se desestima por el presidente López Obrador y confunde a propósito la distribución de la riqueza con la entrega de dinero que hace su gobierno a través de varios programas sociales.

Todos saben que el Gobierno no genera riqueza, eso está reservado para las empresas de la iniciativa privada; el gobierno crea programas sociales que fondea con los impuestos que pagamos todos y luego distribuye ese recurso en sectores vulnerables o a quienes desea cobijar, pero eso nunca significa que se está distribuyendo la riqueza, eso es solamente un reflejo de que hay empresas y ciudadanos pagando impuestos para financiar la actividad gubernamental.

Si no hay crecimiento económico, las empresas y los trabajadores no generan los impuestos requeridos por el gobierno para fondear sus programas sociales y eso obliga a suspenderlos cuando se es responsable o a tomar dinero de otros rubros para mantenerlos, afectado aspectos como el de la salud, la educación o la obra pública.

En el caso del gobierno de López Obrador, se presumió que solamente con el combate a la corrupción y un intenso plan de austeridad se generarían los recursos necesarios para fondear programas sociales y sostener un aparato gubernamental, barato pero efectivo.

El problema es que la austeridad implicó cerrar estancias infantiles, cancelar servicios de salud, quitarle recursos a la promoción de la cultura y a la investigación científica; esa misma austeridad determinó no utilizar el avión presidencial para ponerlo a la venta, pero no usarlo cuesta dos millones de pesos diarios, solamente por almacenaje; se suspendió un proyecto estratégico como era el Nuevo Aeropuerto Internacional –lo cual tuvo un costó multimillonario que ahora pagamos todos– y se sustituyó por otro que no puede arrancar y ya presupuestalmente igualó al cancelado.

La austeridad implicó despedir a empleados gubernamentales, los que sabían cómo hacer el trabajo, eso genera que en muchas áreas exista parálisis gubernamental y también se reflejó en los indicadores de empleo los cuales indican la menor tasa de creación de puestos de trabajo en los últimos 18 años.

El presidente dice que ahora el pueblo es feliz y esa felicidad generó un mejor ánimo social; pero la realidad es que los niveles de percepción de inseguridad pública han aumentado, sobre todo por el grado de violencia que se manifiesta en el incremento del número de asesinatos y en los números de las encuestas de aprobación gubernamental, la figura presidencial no deja de seguir cayendo y por primera vez apareció una encuesta –en redes sociales—que lo ubicó en 47 por ciento de aprobación, si se considera que en febrero su aprobación era de 75 por ciento, en cinco meses se desplomó.

No hay una encuesta donde no se documente la caída en las preferencias por López Obrador, eso de ninguna manera refleja un pueblo feliz con su gobierno y menos deja constancia de ese buen ánimo social que presume.

Esperemos ahora para ver el México que Andrés Manuel López Obrador nos dibuja en su primer informe presidencial, esperemos sus resultados, logros y si tiene un poco de autocrítica.

Rafael Cano Franco, es periodista y conductor de noticias, preside el Foro Nacional de Periodistas y Comunicadores A.C. 

 

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Rafael Cano Franco

La luna de miel se acaba

“En retrospectiva, los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, iniciaron y terminaron con buenos porcentajes de evaluación”

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El Juglar de la Red

El filósofo griego Aristóteles sentenció alguna vez: “El mejor gobernante es aquel al que el pueblo quiere”. La palabra “quiere” puede entenderse bajo dos interpretaciones: en el sentido de que es el gobernante y/o gobierno que desea tener y lo escoge para ponerlo al frente de un estado; o quiere en el sentido de que le genera una aceptación sentimental, lo admira, respeta y le tiene cariño.

La última acepción cada vez es más difícil conseguir por los políticos, pero siempre aspiran a ella. Por ello ya no es cariño sino aceptación o aprobación lo que los ciudadanos otorgan a sus gobernantes,

La aceptación que hoy tiene un gobernante se mide a través de encuestas y cuando estas no están sesgadas sirven para evaluar el grado de conformidad que un pueblo tiene con las medidas que se han tomado.

Enrique Peña Nieto es el presidente de México cuya popularidad fue la más baja al terminar un sexenio; su gobierno inicio con un 61 por ciento de aprobación, pero a la mitad del sexenio esa cifra se redujo al 34 por ciento con un 64% desaprobándolo; terminó con un 17 por ciento de popularidad, según Mitofsky; el Periódico “Reforma” le dio el 12 por ciento de aprobación al terminar su gobierno.

En retrospectiva, los gobiernos de Vicente Fox y Felipe Calderón, iniciaron y terminaron con buenos porcentajes de evaluación; Fox inició con el 63 por ciento y terminó con un 61 por ciento; Calderón empezó con 62 por ciento y terminó con 52 por ciento.

Curiosamente, el mejor evaluado de todos los mandatarios al finalizar su sexenio es Ernesto Zedillo, quien inició con apenas el 43 por ciento de aprobación y terminó con un muy alto 69 por ciento; es curioso porque le tocó atender el conflicto “zapatista”, el llamado “error de diciembre” y fue el consumador de la aplicación de la política neoliberal que el presidente López Obrador acaba de mandar al panteón.

Los primeros meses de su gobierno, al menos hasta febrero, el presidente Andrés Manuel López Obrador mantiene altas notas aprobatorias en las encuestas; los números más pobres le dan 70 por ciento y los más altos indican tiene el respaldo del 80 por ciento de los mexicanos.

El bono democrático que le otorgaron 30 millones de votos y ganar la elección con el 63 por ciento de las preferencias electorales, dan congruencia a esos números; pero también hay que decirlo, el nivel de la expectativo de bienestar que generó es tan alta, que puede generar un desplome violento en caso de no cumplir.

El viernes de la semana pasada, cuando el presidente López Obrador llegó a Acapulco, Guerrero, para participar en la Convención Bancaria, fue recibido por manifestantes que le lanzaron abucheos y hubo quienes le corearon “Andrés, nos fallaste”.

Eran trabajadoras y madres de familia, en su mayoría, quienes reclamaban el recorte presupuestal para las instancias infantiles quienes con gritos de “¡Fuera, Fuera!” y “¿Dónde está y dónde está, el Presidente que nos iba a apoyar?” hacían sentir su inconformidad en un abucheo generalizado.

Ese fue el preludio de lo que López Obrador viviría al día siguiente, durante la inauguración del estadio de béisbol “Alfredo Harp Helú”, en plena Ciudad de México, bastión morenista y uno de los lugares que más apoyos electorales ha dado al Presidente de México actual.

El abucheo y la rechifla fueron generalizados, al grado que el Presidente López no atinó a más que descalificar los abucheos como parte de una “porra Fifí”.

Un par de abucheos no determinan una baja en la aceptación que tiene el presidente López Obrador, pueden ser cuestiones anecdóticas sin mayor trascendencia, pero tampoco pueden ser minimizadas y considerarlas parte de un grupo antagónico que se organizó para darle esa rechifla.

Hay muchos elementos que pueden ser erosivos en la popularidad de un gobernante: aumentos de precios en insumos y canasta básica, cancelaciones presupuestales de programas sociales de alto impacto, cancelar obras estratégicas de inversión, malas decisiones que comprometen el desarrollo a futuro, descalificaciones a los opositores, exposición excesiva e innecesaria en medios de comunicación, contradicciones entre el gobernante y su equipo cercano; López Obrador ha tocado todos esos botones, es obvio que no puede salir indemne.

Son apenas cuatro meses de gobierno, con un equipo legislativo y gubernamental que no le ayudan mucho; dedicados a polarizar y hacer sentir su razón por encima de la de las mayorías; eso no le va ayudar mucho en el futuro y de seguir por ese camino su popularidad puede sufrir una violenta recaída.

Un gobierno de transición, que promueve un cambio tan radical como el de la 4T, no puede darse el lujo de irse en picada en la aprobación ciudadana antes de las elecciones intermedias, tal y como le pasó a Peña Nieto,  y menos si quieren ir más allá de un sexenio como parece ser es la intención.

Por lo pronto el abucheo no le gustó, pero puede ser una luz en el tablero del gobierno avisándole de que hay 50 millones de mexicanos que no votaron por él y que no están contentos con sus decisiones.

Rafael Cano Franco es reportero y conductor de noticias, también preside el Foro Nacional de Periodistas y Comunicadores A.C.

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