
Por Manuel Gutiérrez
La medición del tiempo es un paso formidable en la medicina, la aviación, la mecánica, la navegación, su descubrimiento y su control. Inicialmente, se dio mediante relojes monumentales que servían a todo el pueblo; sus niveles astronómicos, agrícolas y la hora eran consultados por todos, y sus pautas marcaban el paso de los días y los años.
Un diapasón con vibración uniforme, conectado a un sistema de engranes mecánicos, poleas y flechas de transmisión, conforma su compleja composición. Sobre todo porque el tamaño tuvo que calcular la proporción del movimiento y este debe corresponder con exactitud al tiempo. La conquista del minuto es el inicio de la aventura de la ciencia en la humanidad.
En filosofía se dice que solo tenemos el presente: el pasado va a la historia y el mañana es la aproximación desconocida. Pero mejor vamos a algunas de esas asombrosas máquinas cuya visita es inevitable, agradable y gratificante en una estancia en Europa, aunque también hay algunas así en México.
Praga, Chequia
Una torre en la Ciudad Vieja, en el ayuntamiento, encierra tres carátulas. Una de ellas es para la astronomía e incluso la astrología, de cuando ambas estaban más cerca y no se consideraba a la segunda una pura superstición o interpretación mágica. Otro reloj ofrece el calendario y los ciclos agrícolas, indicando con precisión siembra y cosecha; además, añade el santoral por cada día del año. Una tercera esfera… da la hora.

La torre mide unos 50 metros; hay un café y escaleras para subir a la parte superior con costo adicional. El “show” ocurre a las 12 horas: primero una figura alegórica de la Muerte inicia un festival de cuatro minutos en el que desfilan los doce apóstoles, además de la Vanidad, la Lujuria, la Avaricia y “el Turco” (por la guerra de los otomanos en nombre del Islam contra la cristiandad occidental). Cierra todo un gallo dorado, desafinado a mi gusto o “descafeinado”; después de todo, ha cantado por más de seis siglos. Una observación fuera del tumulto permitirá observar más detalles, según los conocimientos y curiosidad del espectador.
Este reloj inició oficialmente su construcción en 1410. Sus constructores fueron Nicolás de Kadán y Jan Šindel, pero fue el relojero Jan Táborský quien lo mejoró en el siglo XVI. Para darnos una idea, este reloj funcionaba mucho antes de que se fundara Guadalajara. Se dice que Hanuš fue el constructor y que fue cegado para evitar que hiciera una réplica de la joya, pero es falso. La maldición dice que, cuando el reloj se para, suceden tragedias. Es el único reloj del mundo que mide la hora en relación con la estación, llamada “modo babilónico”, por las variaciones que puede tener ese lapso de tiempo. El reloj estacional lo hizo Josef Mánes.
El 8 de mayo, ante la resistencia checa, los alemanes se atrincheraron en esa zona y el reloj sufrió terribles daños al enfrentar la llegada del Ejército Rojo en feroz combate. El reloj se restauró en 1948, pero no quedó funcional, por decirlo de alguna manera. La restauración concluyó en 1983, con un mantenimiento y reparación adicional en 1994.

Por la zona donde se encuentra, es un sitio que padece la fiebre del turismo masivo, pero está muy justificado: con el Puente de Carlos y los edificios vecinos, es un retorno a la Edad Media. Pero no es el único; los conocimientos astronómicos eran importantes, así que se construyeron varios en Europa: en Norwich, Wells, Padua o Mesina. Como pretendo mencionar otros, aquí dejamos al Orloj.
Berna, Suiza
En lo que fue la fortificación medieval —que incluso entre 1344 y 1346 fue cárcel para mujeres, con preferencia para las que hubieran “pecado” con clérigos, lo que consideraban una falta grave— se encuentra otra joya.
La “ciudad de los osos” es muy singular. Su reloj del campanario en la torre es llamado Zytglogge. Comenzó su existencia en 1218, cuando eran parte del Sacro Imperio Romano Germánico. Inicialmente medía 16 metros, pero al obstruirle la vista el desarrollo urbano, le añadieron 7 metros más en 1270, junto con un techo inclinado.
Todo iba a tiempo hasta que, en 1405, la torre se quemó completamente. Las restauraciones terminaron en 1983 y el reloj desplazó a la cárcel; además, le añadieron el reloj astronómico. Pero un reloj así puede ser víctima de cosas como la moda: en el siglo XV, con la influencia del Ducado de Borgoña, modificaron sus escudos medievales con una nueva linterna y el hombre de metal que toca la campana. En 1527, Kaspar Brunner se dedicó a su reconstrucción por tres años; no sé cómo logró, como único operador, colocar las gigantescas manecillas, pero eso dicen.
En 1607 la torre fue modificada cosméticamente por Ringgli y Haldestein, quienes quitaron las torretas de las esquinas. En 1770 llegó la moda barroca con Niklaus Hebler y Ludwig Zehnder, que lo volvieron una pieza del barroco tardío. Finalmente, en 1890, le dieron otra “manita de gato” al gusto de la época en estilo rococó, por Rudolf von Steiger. Los relojeros originales quedaron en el olvido, porque el mecanismo fue renovado en el siglo XVI, aunque arrancó en 1220.
Berna es rara por lo radical de los suizos. Por ejemplo, su catedral protestante preservó los pórticos góticos con historias bíblicas, pero el interior está vacío acorde al magisterio luterano. Suiza sufrió con la Reforma y la Contrarreforma; les quedó tan mal sabor de boca respecto a las imágenes religiosas que optaron por enterrarlas frente a la catedral. Suizos prácticos al fin de cuentas: toleraron el regreso del catolicismo, que sigue en el centro urbano, pero su iglesia es discreta. En un arranque muy suizo, ahora desenterraron las figuras y las están restaurando; luego decidirán si las regresan a la catedral (ahora protestante) para añadirle atractivo turístico o las colocan en otro lugar. Sin embargo, la lucha de Lutero contra los misterios e indulgencias no les vino del todo bien, porque un 50% de los berneses se han inclinado hacia el ateísmo.
Si Suiza considera que algo está bien hecho y deja beneficios, son capaces de restaurarlo. Después de todo, es un país en el que el Rin corre transparente y puro; pese al frío dan ganas de sumergirse. No es el “Danubio gris”, sino un río con peces grandes y una cascada cerca del lago Titisee. Suiza pasó la Segunda Guerra Mundial protegida por su neutralidad y su orografía, que la hacen un bastión de Europa todavía. Sus monumentos han sufrido más por la moda que por la destrucción. Suiza encierra orden, limpieza y precisión; todo el país es un reloj a punto.
El Big Ben
Como todos en el mundo sabemos, el Big Ben es el reloj de la torre Elizabeth, al noroeste de Westminster, sede del Parlamento (excepto para los de la “nueva escuela mexicana”). Esta torre de 96 metros tiene un diseño gótico que se repitió en Ottawa para el Parlamento de allá, al igual que los símbolos masónicos que adornan ambos edificios.
El sonido del Big Ben ha marcado la vida de Londres. Con cuatro esferas enormes que sirven lo mismo para el vuelo de Peter Pan, su carátula luminosa de 7 metros se admira desde diversos lugares. Es tan singular y tan inglés que no puede ser de otra manera. El sonido de sus campanas, sobre todo de la principal —de donde viene el nombre—, pesa 14 toneladas. Subirla ahí fue una hazaña. Escuchar ese sonido ha sido representativo de la existencia del Reino Unido en medio de los avatares mundiales. Conmovedor e histórico, parte de la señal de la BBC, representa un emblema de libertad y sociedad civilizada frente a la amenaza de dictaduras de cualquier signo.
Tiempo de Don Porfirio: El Reloj de Pachuca
Una torre blanca de 40 metros, neoclásica, guarda un reloj construido por los mismos que hicieron el Big Ben (Edward Dent) y con un mecanismo similar. La obra fue terminada como parte del Centenario de la Independencia, mandada a hacer a Londres por Don Porfirio Díaz, cuando los presidentes no se robaban el dinero ni hacían alardes populistas de una falsa pureza. Sus nítidas y poderosas campanas embelesan, más si se tiene la suerte de hospedarse en el centro.
Es un monumento nacional y el alma de Pachuca, Hidalgo; fue una herencia para todos los mexicanos que aprecian el tiempo, el arte y el buen gusto. Don Porfirio deseaba reflejar el auge de la industria extractiva de los minerales cercanos a la ciudad. La obra, sin prisas, comenzó en 1904 y estuvo lista, probada y comprobada para su inauguración en 1910. Nada de falsos cortes de listón ni discursos rimbombantes para obras sin terminar, símbolo del oficialismo del siglo XXI o, mejor dicho, del populismo.
Desde entonces a la fecha, como su hermano el “Ben”, sigue funcionando. A las 18 horas toca el Himno Nacional; “Cielito Lindo” a las 21 horas, y “El Rey” de José Alfredo Jiménez a las 20 horas (no de Andy López Beltrán, aclaremos), aunque tiene un repertorio más amplio.
Compre un café o un helado, busque una banca entre los árboles de la plaza de Pachuca e imagine que el reloj da marcha atrás. Quizá pueda ver al venerable oaxaqueño con su gorro bicornio y máxima gala, cortando el listón de su tiempo, que sin embargo estaba en reversa, a punto de terminar entre los barruntos de tormenta de la Revolución Mexicana (inspirada en San Luis, Missouri, con recursos yanquis, y no en San Luis Potosí).
Todo el país tiene testimonios de la construcción, arte, buen gusto y obras de utilidad perdurables con que ese legendario y polémico presidente desterrado —que debería volver con grandes honores a su México— marcó su época. Fue uno de los mejores presidentes masones nacionalistas que ha tenido la Patria, capaz de un concordato que sanó a México de la división de la Guerra de Reforma y creador de nuestro calendario cívico, empezando por el Grito y el culto a Juárez.
Muchos autores lo han reflejado y su historia fascinante no acaba de contarse. Era tan imponente que en el exilio fue admirado en París, ciudad que le dio la Legión de Honor. Fue invitado a las cortes y a Prusia por el Káiser, y fue capaz, a su octogenaria edad, de cabalgar con gallardía en los Campos Elíseos en su corcel blanco, destacando por la cultura añadida a su cargo.
Es una gran deuda de México con su pasado. En una era de reconciliación y de preciso juicio histórico, será ensalzado mientras descansa en el panteón de París, mirando hacia Oaxaca.
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