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Seguridad y Defensa

El nuevo equipo de seguridad del gobierno de López Obrador tiene que cargar con la responsabilidad de los enredos en la formalización de la Guardia Nacional. El problema no radica en la oposición a crearla, sino en la falta de difusión de argumentos sólidos para crearla.
El asunto de la GN se ha centrado en la militarización del nuevo organismo porque sus cuadros de tropa vienen de la Policía Militar y de la Policía Naval, sus mandos superiores son militares y dependería de la Secretaría de la Defensa Nacional. Pero la razón de fondo radica en que todos los cuerpos civiles en materia de seguridad podrían estar comprados por el crimen organizado.
El segundo punto radica en el hecho de que los militares tienen la disciplina castrense para operar en situaciones extremas, en tanto que los cuerpos civiles viven cómodamente su situación laboral. Las policías federales, estatales y municipales fueron penetradas por el crimen organizado. Por tanto, el nuevo cuerpo de la GN necesita nacer con garantías de blindaje interno mínimo.
Y en tercer lugar la sociedad carece de un diagnóstico de la crisis de seguridad y la capacidad de operación de los cárteles del crimen organizado. El enfoque humanista –por decirlo de algún modo– basado en la pobreza contrasta con la capacidad de seducción de la delincuencia. Hay indicios de que el gobierno ya entendió que la legalización de las drogas tampoco disminuirá la violencia criminal. Y que el modelo de garantía de plazas por parte del gobierno apenas ha disminuido ciertos grados de violencia, pero a costa de administrar desde el Estado el poder de los cárteles.
El tema de la seguridad fue manoseado por el candidato López Obrador cuando asumió el enfoque social y llegó al punto de primero anunciar una guardia nacional, luego anularla y más tarde revivirla. El secretario de Seguridad, Alfonso Durazo Montaño, fue instruido por López Obrador desde hace más de dos y medio años para elaborar un programa integral de seguridad. O sea, que el programa no ha sido inventado en unos días.
Los problemas en la elaboración de una verdadera estrategia ocurren por la necesidad de un cuerpo coercitivo y los compromisos de derechos humanos. López Obrador centró su enfoque de seguridad en un asunto de seguridad nacional del Estado después de una reunión que tuvo como presidente electo con el entones general secretario Salvador Cienfuegos Zepeda. Ahí conoció muchos secretos de la inseguridad, pero sobre todo uno: la penetración del crimen organizado en instituciones del Estado y los nombres de funcionarios presuntamente involucrados en la protección de delincuentes.
El debate sobre la GN en el Congreso tiene que ver con el hecho de haber comenzado con el final. Antes de la guardia, el diagnóstico y la implementación de programas debió de tener una Ley de Seguridad Interior; si la de Peña Nieto fue destruida por la Suprema Corte, el nuevo gobierno debió haber redactado la suya para poner orden en los tiempos del nuevo programa de seguridad.
La militarización de la seguridad pública no significa la militarización de la republica y sus instituciones civiles. La disciplina militar es clave en los nuevos cuerpos de seguridad. Los mandos militares en la GN no implican un fuero militar en seguridad civil ni en la capacidad de operación. Inclusive si la GN depende de la Sedena, sus acciones serán vigiladas por cortes civiles. Pero sin una disciplina militar los nuevos cuerpos de seguridad caerían fácilmente en la desidia y la corrupción.
Las nuevas autoridades de seguridad le deben al país un diagnóstico descarnado de la inseguridad, en datos tan indispensables como los cómplices civiles del Chapo o las relaciones de poder que han permitido la expansión del Cártel Jalisco Nueva Generación en entidades de la república o las razones por las que Ismael El Mayo Zambada opera como el gran capo sin ser alcanzado por los brazos de la ley. O las complicidades institucionales en bandas criminales diezmadas por toda la república.
Por su formación política, Durazo Montaño entiende bien el valor de la información para la toma de decisiones.
Por tanto, los problemas reales alrededor de la GN no están en la militarización de sus cuadros, sino en el diagnóstico que tienen las autoridades de la situación real del crimen organizado en México.
Y falta saber el papel clave que van a jugar los EE. UU. en la estrategia mexicana contra el crimen organizado, toda vez que la política de seguridad nacional de Washington se basa en el enfoque de organismos criminales transnacionales que extienden las acciones de la Casa Blanca dentro de México. Los cártelesmexicanos, según organismos estadunidenses, dominan la venta al menudeo en tres mil ciudades americanas.
El sentido político de Durazo Montaño puede desenredar la crisis en la GN. Si lo dejan.
Barandilla
·      La actriz Kate del Castillo regresó a México con ganas de demandar a todos de su relación secreta con Joaquín El Chapo Guzmán. Culpa al actor Sean Penn de la captura del narco, pero ya quedó claro que las autoridades mexicanas la siguieron a ella y a su abogado. Así que debería tenerle mas miedo al Chapo, aunque sigue sin aclararse la profundidad de las relaciones entre el narco enamoradizo y la bella actriz.
·      La desaparición del cuerpo de granaderos dejó al gobierno de CDMX sin un cuero de contención de multitudes. La crisis en el Palacio Legislativo el viernes 21 careció de una policía de atención a eventos masivo,
·      El juicio del Chapo en Brooklyn está dejando muchas pistas de mensajes sobre la penetración del crimen organizado en estructuras del Estado, lo suficientemente solidas como para seguir una limpia radical. Y el dato mayor es que las nuevas autoridades de seguridad no confían en nadie en la reorganización de los cuerpos de seguridad porque no saben quiénes siguen a sueldo de los malandrines.
El autor es director del Centro de Estudios Económicos, Políticos y de Seguridad.
seguridadydefensa@gmail.com
@carlosramirezh
Las opiniones expresadas por los columnistas son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente el punto de vista de Expedientes Afondo

Nacido en la ciudad de Oaxaca en 1951, Carlos Ramírez comenzó su vida profesional en el periodismo en 1972. Y desde entonces ha estado ininterrumpidamente en el periodismo mexicano. Además de la práctica periodística, ha sido profesor de periodismo en la Universidad Nacional Autónoma de México y en la Universidad Iberoamericana, además de ser un conferencista cotidiano en universidades de todo el país. Autor de la columna; Indicador Político Twitter: @carlosramirezh Página Web: http://indicadorpolitico.mx

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Trump-Biden, lectura estratégica: el resentimiento y los 538 votos reales

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Carlos Ramírez*

Uno de los errores más comunes en el análisis periodístico de sucesos que afectan a la sociedad es asumir la interpretación personal de los analistas como si fueran los estados sociales de ánimo. El debate Donald Trump-Joe Biden se está pasando, en los EE. UU. y México, por el filtro de los que los autores suponen que debe ser la política: la ética y el buen comportamiento.

Sin embargo, hubo dos enfoques ausentes en los análisis posteriores al debate: el perfil del estadunidense medio que se mueve en función del resentimiento, la codicia, la explotación y el bulling social y los 538 votos electorales que son los que elegirán al próximo presidente sin importar los que vieron el debate y decidirán su voto popular en función de los comportamientos de los candidatos peleando a cuchilladas la presidencia.

La sociedad electoral estadunidense, la de la calles, la de los intereses egoístas, la que busca ganancias, es otra cosa: votó antes por el imperio invasor para construir un nivel de vida basado en la exacción de recursos, aceptó derrocamiento de gobiernos que afectaban ese confort, reeligió al tramposo de Nixon y lo derrocó el establishment del FBI, se divirtió con las calenturas de Clinton, quiso a Obama por el color de la piel y se decepcionó por sus resultados y por ello voto enseguida con enojo por Trump y no por Hillary Clinton.

Para esa opinión del establishment, Trump perdió el debate; pero para la base estadunidense enojada con los políticos, encarada contra el fisco del Estado, decepcionada porque no les hacen caso, racista por configuración genética y violenta contra quienes quieren romper el orden interior formal y se encuentran con la brutalidad policiaca como medio de control social de minorías resentidas o radicalizadas a la izquierda, Trump refrendó su propuesta presidencial de 2016.

Quienes van a elegir al próximo presidente de los EE. UU. serán esas bases sociales celulares con sus propias contradicciones. Ahí fue donde Trump hundió a Dormilón Biden: el presidente enarboló, con enojo, el argumento de ley y orden contra los disturbios en ciudades –y lo subrayó varias veces Trump– gobernadas por apáticos y atemorizadas autoridades locales del Partido Demócrata, mientras Biden convocaría a la Casa Blanca a una reunión entre sociedad, policías y gobierno para buscar una salida.

A los analistas liberales suele no gustarles estos métodos sociales analíticos, pero en realidad la función del análisis es la de exhibir la realidad; si imponen sus puntos de vista, entonces se trataría de opinión y su mercado es menor. Y hasta ahora pocos han analizado la realidad de la sociedad estadunidense: Myrdal en el caso del problema negro, Katherine Cramer en el perfil del estadunidense medio resentido con el Estado, Wright Mills con su perfil de la élite de poder que manda e impone gobiernos.

El resultado del debate del martes debe medirse en función del estado de ánimo del estadunidense medio –la mayoría silenciosa que despertó Nixon– que está harto del Estado, que admira a quienes defraudan al Estado, que apoya la fuerza, que es racista hipócrita y que, en fin, sabe que su confort depende de gobiernos que tienen que ensuciarse las manos para invadir países y explotar personas y que se la pasa leyendo los movimientos en la bolsa de valores porque vive de la especulación codiciosa en el mercado accionario y no de sus salarios.

Lo que ha sido tipificado como concepto sociológico como las buenas conciencias –a partir de una novela revalorada de Carlos Fuentes– suelen dictar los enfoques en medios, pero no representan los intereses o las pasiones del estadunidense ahogado por la pandemia, el confinamiento y el desempleo y que no se preocupa por los muertos si éstos significan que la economía deba abrirse para trabajar.

 

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- Complejo militar-mediático-seguridad- inteligencia-espionaje contra Trump

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Carlos Ramírez*

Como no se había visto desde que el subdirector general del FBI, Mark Felt, se alió Bob Woodward y al The Washington Post para forzar la renuncia del presidente republicano Richard Nixon, ahora de nueva cuenta la comunidad de los servicios de inteligencia y seguridad nacional civiles y militares acaban de dar un paso público para pedir el voto a favor del demócrata Joe Biden y contra el republicano Donald Trump.

Detrás de las acusaciones de arrogante, grosero, racista, autoritario, impulsivo y sobre todo antisistémico se localiza el hecho de que Trump ha ido desmantelando y depurando los servicios civiles y militares de inteligencia y seguridad nacional porque se convirtieron en un poder autónomo dentro del Estado estadunidense, con capacidad para arrinconar, acotar e imponerse sobre los presidentes civiles. Con los relevos poco educados de funcionarios del área de seguridad Trump logró demostrar que esos servicios son un nido de intereses y de corrupción.

En este sentido debe leerse la carta abierta del pasado 24 de septiembre de 489 generales, almirantes, altos funcionarios, embajadores y servidores civiles del área de seguridad nacional –todos retirados— a favor de Biden. Leída con enfoques de seguridad nacional, se trató el primer paso de lo que pudiera ser un intento de golpe de Estado de funcionarios de alta jerarquía de seguridad contra el presidente que no les hizo caso ni les respetó.

La carta tiene, además, otro contexto que iría completando el Estado profundo que siempre denunció Trump: una estructura de intereses reales de poder económico, mediático, político, militar y de seguridad para dictaminarsobre posibilidades presidenciales. Aun en el supuesto caso de que todas las acusaciones contra Trump fueran ciertas, la carta de exfuncionarios de seguridad y los pronunciamientos de The Washington Post y de la revista The New Yorker ofrecerían el panorama de un poder oculto que está moviendo preferencias a favor de Biden, justo cuando comienza a declinar en encuestas clave como la de Florida.

The Washington Post ha dedicado ocho editoriales para ofrecer un racimo inflexible de críticas severas contra Trump y ninguna contra Biden; al contrario, el diario pide votar por el demócrata. La tesis central radica en la argumentación de que con Trump “nuestra democracia está en peligro”, aunque los comportamientos del diario violen la objetividad en el tratamiento periodístico de asuntos electorales. Inclusive, dice el diario que uno de los objetivos de Trump es Jeff Bezos, dueño del Post y de Amazon y el hombre más rico de los EE. UU. con una fortuna de más de 100,000 millones de dólares por actividades dedicadas al comercio. La revista The New Yorkerigual pide votar contra Trump y celebra los acercamientos de Biden con el exprecandidato socialista Bernie Sanders.

En este contexto, el principal adversario de Trump no es el demócrata Joe Dormilón Biden, sino el complejomilitar-industrial-mediático-inteligencia que representa el verdadero poder en los EE. UU. y cuyos intereses fueron dañados por Nixon a mediados de los setenta y ahora por Trump. Y en el fondo estaría un asunto oscuro: la posible intervención de Rusia en las elecciones estadunidenses a favor de Trump, presuntamente descubierta por los servicios de inteligencia y seguridad nacional de Washington. Sin embargo, hay otros analistas que señalan que esa versión es parte de la estrategia demócrata de campaña para debilitar a Trump.

Lo grave, en todo caso, fue la carta abierta de 489 exfuncionarios de inteligencia y seguridad nacional civiles y militares contra el presidente en funciones, dejando indicios de una guerra interna en la estructura del poder que sólo tendrá dos opciones: echar a Trump y retomar el poder y que gane Trump y profundice la limpia de funcionarios de inteligencia y seguridad nacional. Esta lectura tiene el contexto del hecho de que Nixon renunció en 1974 por una alianza FBI-The Washington Post.

 

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Carlos Ramírez

Indicador Político- EE. UU. recta final: si Trump se reelige, revienta al establishment

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Carlos Ramírez*

En la elección presidencial del próximo 3 de noviembre no está a debate la democracia imperial de dominación militar-financiera-mediática, sino la primera crisis de relevo generacional y de nuevos enfoques de seguridad desde el colapso de la Unión Soviética en 1989.

En los hechos, el Estado de seguridad nacional militarizado de los EE. UU. no pudo transitar hacia nuevas formas de dominación, pero sus liderazgos presidenciales resultaron frívolos, menores y sin pensamiento estratégico: Bush Sr. traicionó el enfoque de Reagan, Clinton se perdió debajo de las faldas de Hillary, Bush Jr. de casualidadpudo fijar el militarismo atrabancado en Irak y Afganistán, Obama se ahogó en su arrogancia y Trump supo anular al viejo Estado imperial sin construir una nueva fase.

Las élites estadunidenses posteriores a noviembre de 1989 carecieron de un enfoque económico, quedaron atrapadas en los viejos compromisos militaristas y no entendieron que el nuevo campo de batalla no era el ideológico de la guerra fría, sino en del comercio y la reconversión de la planta productiva para la competitividad. Por eso el hombre más rico de los EE. UU. ya no es el inventor de las páginas web Bill Gates, sino el comercianteJeff Bezos, dueño de la distribuidora Amazon y también propietario, como simbolismo mediático, del The Washington Post anti Trump.

La candidatura de Donald Trump en 2016 fue la de un externo del viejo sistema/régimen/Estado que entendió que la élite gobernante había perdido la alianza con la base social, sobre todo la de los condados. Y en estos tres y medio años, Trump ha buscado destruir ese viejo Estado militarista de complicidades políticas-militares-mediáticas, pero no supo construir una nueva estructura de poder. En cambio, el viejo régimen quiere rehacer la alianza élites tradicionales-comunidad afroamericana que nunca entendió Obama y que está reventando en las protestas violentas afroamericanas sólo en condados y estados gobernados por demócratas, lo que confirmaría el fracaso del experimento con Obama.

Todo el viejo Estado tradicionalista de la coalición demócratas-republicanos está conspirando contra Trump para impedir su reelección, porque en los próximos cuatro años es más posible que Trump y Mike Pence fortalezcan una nueva élite gobernante que la antigua sobreviva a Obama, a Nancy Pelosi y los republicanos aliados.

En este sentido, lo que se disputa en las elecciones presidenciales de los EE. UU. no es la inexistente democracia del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, sino el control de la estructura del Estado en nuevas élites posteriores al colapso soviético. Los EE. UU. no entendieron que el desmoronamiento de la URSS debió haber provocado una transición ideológica estadunidense, pero a los demócratas Clinton y Obama y los dos Bush se les hizo fácilsustituir al comunismo soviético con el decadente terrorismo musulmán radical. La guerra que reventó a Moscú no fue la militar, sino la comercial de la globalización que se había iniciado en 1985 (año de ascenso de Gorbachov al poder) y que se institucionalizó en noviembre de 1989 con el Consenso de Washington para la apertura comercial de fronteras, justo sobre el cascajo del muro de Berlín.

Las posibilidades de victoria de Trump se deben medir con el nivel cada vez más intenso de oposición del viejo régimen, incluyendo a los grandes medios como The New York Times, The Washington Post y la CNN inventandonotas, destacando hasta el tamaño del órgano sexual del presidente y perdiendo la objetividad y el equilibrio informativo que fue la gran herencia del periodismo estadunidense.

Las elecciones las van a decidir los estados de ánimo de los estadunidenses de condado, a los que los analistas mexicanos agringados no alcanzan a entender ni a sopesar.

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